ESMIRNA BARRERA
No se requiere tanto para vivir; lo más hermoso de la vida es lo que no se puede comprar

A mi hija Mony.  ¡Felicidades!

Hoy comparto algunos extractos de escritos, de temas varios, que he desarrollado a través del tiempo con la intención de que, en el prólogo del último mes del año, puedan abrir la posibilidad a la reflexión y brindar combustible para fortalecer el espíritu, hoy agobiado por una interminable pandemia repleta de incertidumbre y quebranto.

DESCUBRIRNOS

Si nos aventuráramos a ir más allá de la dura cáscara que recubre nuestras almas tal vez comprenderíamos que no se requiere tanto para vivir, que lo más hermoso de la vida es lo que no se puede comprar: escuchar a Mozart o Bach, leer sin preocuparse de como las palabras agotan el tiempo, disfrutar al hijo que crece sin poder penetrar ni siquiera en sus sueños, recordar el “sí” eterno dado al ser amado, viajar con la mochila al hombro, el mensaje recibido de un añorado amigo, el perdón obsequiado o recibido, la bocanada de aire tomada en el alba, el rojo atardecer, el sabroso helado de chocolate, el gozo de trabajar y descansar, el día lluvioso o el más soleado, o simplemente descubrirnos en ocasiones adultos y en ocasiones niños.

PARAR

Si tiramos una piedra a un estanque y luego queremos ver el fondo, hay que esperar a que la turbulencia pase, a que las partículas se asienten. Así mismo, si deseamos hacer un arqueo del trecho andado, de lo vivido, padecido, llorado y también de lo gozado, entonces es recomendable buscar espacios de reflexión, entonces es bueno estacionarse por un momento al lado del camino de la vida.

Y luego, sin equipaje, podríamos descender a las profundidades de nuestra alma, pero advierto: esta es una labor riesgosa, pues ahí mismo podríamos percatarnos de la tiranía del tiempo, de esos años que, sin aviso, se nos han escapado como si fueran estrellas fugaces.

‘PEQUEÑECES’

La acción agradecer es una cualidad del alma que desafortunadamente en estos tiempos es poco conocida o bien deliberadamente desdeñada, sobre todo cuando tiene que ver con los pequeños servicios que cotidianamente recibimos y que los damos por hecho, inclusive en nuestro propio hogar (desayuno, ropa limpia, casa limpia, etcétera) sin percatarnos que éstos guardan la grandeza, la sabiduría y el tesoro aludido por Bernanos: “las cosas pequeñas, que parecen de ningún valor, son las que dan la paz. La pequeña llave del detalle abre más corazones de lo que imaginamos”, y esto sencillamente porque estas “pequeñeces” no aportan contabilidad económica.

JAMÁS DEL FRUTO

No creo que las personas estemos tan atareados para obviar compartir tiempo abundante con la familia o con las personas que apreciamos y amamos; más bien pienso que lo que sobra es desorganización, pretextos y la incapacidad para priorizar lo más valioso de la existencia. 

Somos dueños del esfuerzo, jamás del fruto; de ahí que sería útil frenar un poco para evaluar la manera en que sembraremos diariamente nuestros afanes y preocupaciones, nuestras horas. Sería gravísimo que, en el ocaso, descubriéramos que lo más inestimable lo tuvimos siempre muy cerca y que jamás nos percatamos de ello, sería espinoso saber que lo sembrado no fue siempre cuidado con esmero, respeto y cariño.

Bueno sería saber que comprender tarde, en las cosas fundamentales de la vida, es como jamás haber comprendido.

SABER TRABAJAR

Pensemos por un momento la razón por la cual las personas trabajan y veremos que muchas de ellas no saben cuál es el sentido de su oficio. Algunos trabajan para sobrevivir, otros tantos para triunfar (materialmente), pero sólo algunos –muy escasos– dirían: trabajo por el gusto de hacerlo, para labrar la vida, para trascender, para dotar de sentido a mi existencia.

Intuyo que son poquísimas las personas que saben que el gozo de trabajar se encuentra en comprender que somos responsables por lo sembrado, no tanto por lo cosechado; que el esfuerzo que permite vivir en continuo gozo es el que vale la pena emprender, que hay que “aprender a hacer lo que se ama, o bien aprender a amar lo que se hace”.

RECORDAR…

Que bien sería que al decir una verdad pensemos en el bien común, no sólo en la ausencia de la mentira, que sepamos que una verdad completa consiste también en la manera en que la decimos y, sobre todo, las razones que nos impulsan a evidenciarla, a descubrirla ante los demás, no vaya a ser que esa verdad encierre apariencias propias, o peor aún: odios, amarguras o rencores escondidos en lo más recóndito de nuestros corazones. Por eso la verdad bien intencionada es la que hace libres a las personas.

Para saber decir la verdad, sencillamente hay que recordar lo que Don Quijote, precisamente el caballero de la vedad, pregonaba: “donde está la verdad está Dios”, y para eso, entre otras cosas, hay que romper con las apariencias.

SÓLO DECIMOS

Hablamos de justicia, pero en los actos predomina la conveniencia e ilegalidad por  creer que la rectitud es  cosa de santurrones; hablamos de la verdad, pero recurrimos a mentiras piadosas; hacemos de la tolerancia un himno, pero criticamos las diferencias; proclamamos la solidaridad como un valor social, pero en la comunidad priva el interés personal, el egoísmo, el “primero yo”; nos interesa la autenticidad, pero la falsedad, la incoherencia, la piratería y la hipocresía prevalecen en lo que se emprende; prometemos fidelidad, pero es usual olvidar la propuesta empeñada y en los tiempos de desgracia nos escurrimos de aquellos que quisieran sentirnos leales; pregonamos la bondad, pero es escasa la amabilidad y la comprensión. Y aún más indigente es la compasión que deberíamos sentir por los débiles, pues rápidamente racionalizamos sus realidades a fin de justificar los pecados de omisión. Para nuestro infortunio, pronunciamos la palabra gratitud, pero nos es poco ser deudores de quienes nos alientan.

PROPONGO

Es necesario reconocer lo que padece México, pero sin dejarnos secuestrar por la amargura, reconociendo también lo bueno que somos.

Los titulares de las noticias describen desgracias, pero no ignoremos que son muchas más las personas que en México generan vida y esperanza, todos los días, desde sus trabajos, sus hogares o sus propias trincheras.

La luminosidad de México se encuentra en todo eso que cotidianamente sucede, que ciertamente no es noticia, pero sí vida, sí motivos de esperanza. Propongo evitar desanimar al prójimo, pues tal vez, la esperanza, sea lo único que a diario tiene para degustar la vida.

¡PERDER TIEMPO!

Propongo una idea descabellada: saber perder el tiempo. Perder el tiempo para disfrutar de la vida. Perder el tiempo para ganar tiempo. Perder el tiempo para incrementar el placer de la existencia. Perder el tiempo para aprender a ser mejores personas, más felices y plenas.

Recordemos al Principito que gracias a su inocencia se dio tiempo de domesticar al zorro sencillamente para convertirlo en su amigo. Es cierto, no hay mejor tiempo ganado que ese que se “pierde” con lo apreciado; por ejemplo, el tiempo nunca agotado con ese amigo que tanto nos deja y que, desgraciadamente, no damos el espacio para disfrutarlo.

Entonces, empecemos a “perder” tiempo con los amigos: dejemos que se enfríe una taza de café en el calor de esas conversaciones que solamente nacen con los que uno quiere, y con aquéllos que nos quieren.

AL FINAL

La vida es colmada de breves goces. Con el paso de los años mejor comprendo la sentencia expresada en el sabio Talmud: “al final de la vida también seremos juzgados por los placeres lícitos no gozados”.

Qué pena caminar por el lado oscuro de la vida, el de vivir muriendo, de trabajar sufriendo, de caminar fatigados y quejosos, olvidando disfrutar la vida tal como llega: sin rodeos, sin ambages. Es sensacional presenciar a infinidad de personas que alimentan su alma con el deleite de los pequeños placeres que la existencia sin regateo, ni recato, a cada instante regala a todos los que desean disfrutarlos.

SILENCIOSA

La muerte anda en puntillas, silenciosa suele arribar, así camina entre nosotros; tal vez para sorprendernos o quizás para recordarnos que el dinero, lo materia y el poseer, son, ante lo inevitable, totalmente efímeros e insignificantes. Entonces: despertemos, soñemos, andemos y hagamos.