Caminamos por calles abismales con el alma intubada. Nuestros pasos no resuenan ni encuentran eco alguno. 

Pero insistimos en caminar para encontrarnos en el abrazo con nosotros mismos a través del otro; en la fusión con los desiertos, los bosques, las montañas y el agua de ríos y mares; y la conexión última con nuestro rostro más esencial constelado en el universo.

No paramos de caminar con la cabeza gacha. Mientras un abismo sucede al otro, nuestra esperanza vestida de harapos apenas sonríe, aunque va cargada sobre nuestros hombros. 

Nuestro corazón insiste en palpitar acelerado para aferrarse a una vida cada vez más difícil de describir en estos tiempos. Cierto, es una vida efímera diluida en un instante de consciencia, pero descrita en palabras de los hombres, adquiere siempre una eternidad luminosa incrustada en la memoria de los tiempos. Pero aun así, fugaz o no, es nuestra vida.

Mientras caminamos, nuestros ojos intentan distraerse con el paisaje para no mirar hacia nuestros adentros; a ese lugar coloreado por la paleta más extensa de grises de nuestra condición humana. Donde residen nuestros más íntimos laberintos grafiteados por el amor y el odio; la esperanza y la desesperanza; la alegría y la tristeza; la comprensión y la incomprensión; la plenitud y el vacío; el todo y la nada, el encuentro y el desencuentro. 

Pero no podemos mirar esos paisajes porque los altos edificios -cual columnas de acero clavadas en los cielos y las tercas nubes remolonas, oscurecen el atardecer; mientras los brillantes rayos del sol perecen en el intento, uno tras uno. 

Caminamos y sabemos: estamos condenados a mirarnos hacia dentro para pintar el corazón con nuestros grises y abrazar desde ahí a los laberintos incomprensibles de nuestras vidas. Porque no tenemos otra alternativa; todos caminamos por calles abismales con el alma intubada sin remedio. Mientras nuestra harapienta esperanza imagina mirar y sentir -algún día- el sol; elusivo e indiferente.

@Canekvin 

Luis García Abusaíd