Vengo del cine de ver el remake del clásico ochentero “Pet Sematary” y la verdad es que ni vale la pena molestarse. Véala bajo su propio riesgo.

Vi además el avance de lo que será el reboot o reinicio de la franquicia de “Child’s Play”. Sí, Chucky, el diabólico ente mitad muñeco, mitad Ricardo Anaya, está también de regreso.

Este año se espera además la conclusión de “It” y el estreno de “Doctor Sleep”, precuela de “El Resplandor” –The Shinning–, ambas basadas en trabajos del escritor Stephen King.

Pero lo cierto es que ninguna abominable criatura que Hollywood, con sus ideas recicladas, nos pueda traer de regreso se puede comparar con el espeluznante retorno de los Moreira en la charro-política comarcana.

Fuimos enterados hace unos días del registro del Partido Unidos, una nueva franquicia política pirata, de esas a las que tan acostumbrados nos tiene la autoridad electoral local y que, por lo imaginativo del nombre, cuenta con mi voto desde ahora –“¡denme ya esa boleta que quiero votar por el PUN!”–.

Nada en absoluto tendría de relevante que algún vivales emprendedor dejase la vida godínez para incursionar en el mundo de las contiendas electorales, el acarreo, la compra de votos, la recolección de firmas y el mapachismo.

Lo importante, lo que verdaderamente le da color a esa nota insípida es el nombre de quien logró el registro del tal Partido Unidos, y que no es otro sino Rubén Humberto Moreira.

¿Dijiste “Humberto Moreira”, columnista? ¿Acaso escuché “Rubén”?

Ambas preguntas se responden “afirmatoriamente”, como dijo el rancherito cuando le prestaron un equipo de radiocomunicación.

Sucede que la familia Moreira, que no deja de ofrecer a la vida pública lo mejor de su linaje, trae para nosotros un nuevo engendrito que sintetiza lo mejor de los últimos dos sexenios y así nos lo grita desde su nombre de pila.

Rubén Humberto –de apellidos Moreira Guerrero– es hijo del profesor y exgobernador coahuilense, exlíder del PRI y amigo del “Mono” Muñoz, Humberto Moreira Valdés y, por consiguiente –y aunque diga que le pesa mucho– es sobrino del sucesor de aquél, el siempre carismático e inteligentísimo Rubén Ignacio Moreira Valdez.

Sin mayor mérito que haber reunido cinco mil firmas –tan sólo de puros Moreira se consiguen fácil como tres mil–, el entusiasta joven logró el registro de su partido y esto, como era de esperarse, generó algunas notas en distintos medios noticiosos, sobre todo de aquellos que ya ponen en razonable duda la existencia de vida inteligente en nuestra entidad.

Uno de estos medios fue Milenio, que le hizo una entrevista tan a modo al flamante dirigente político que no puede ser sino un servicio pagado.

¿Por qué sabemos que es pagado? Por pura lógica elemental. El de los Moreira es uno de los nombres más cuestionables, no sólo de Coahuila sino de todo México.

Cualquier conversación, profesional o informal que involucre a este apellido necesariamente deriva en temas escabrosos, peliagudos y puercos. No obstante, la “comunicadora” de Milenio se abstuvo en todo momento de incomodar a su entrevistado y le trató como si en efecto fuese la revelación política que el mundo estaba esperando.

Incluso manejaron, muy casual, así como quien no se da cuenta, la posibilidad de postular para algún cargo al queridísimo y siempre bien evocado profesor. Aclaro, lo de querido y bien recordado sólo lo afirma su hijo.

Total que para no ir muy lejos ni andarnos por las ramas, esta parece ser la desesperada estrategia para capitalizar lo que queda de este apellido, que no es sino posicionamiento entre las clases marginales, porque cualquiera con servicios básicos en su casa, como el drenaje, sabe que Humberto no es prófugo de la justicia en este País nomás porque la justicia es un circo manejado por payasos como el propio Moreira.

Sepa el joven Rubén Humberto o Humberto Rubén –no me acuerdo cuál es el orden de su nombre ni me interesa– que sobre su padre no pesa el desprestigio natural que persigue a cualquier político mediocre luego de su paso por el servicio público.

No, su padre es señalado como responsable de la total devastación financiera y moral de la entidad y como capo de una organización delictiva que se persigue con mayor seriedad y diligencia allende nuestras fronteras.

No sea tan ingenuo que todas las entrevistas serán tan tersas como la que le hicieron en Milenio –a menos que pueda seguir comprando prensa a modo–. Pero si le piensa entrar al chiquero, defendiendo el apellido y la reputación de su padre, sepa que le esperan mil y un cuestionamientos muy arduos que le harán arrepentirse del día que tuvo la desafortunada idea de seguir los pasos de su bailado progenitor.

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