La locura viene de los dioses y de las musas. Hay una locura terrena, de humanos, por enfermedades de humanos, pero, hay otra forma de locura, es algo divino. Esta viene o corresponde a cuatro divinidades: a Apolo le asignan la inspiración profética, a Dionisio se le achaca la mística, a las Musas la locura poética y la locura erótica a Afrodita y Eros. La anterior taxonomía es de Platón, aparece esta definición en “Fedro o del Amor”. Los escritores, tocados irremediablemente por el hálito de la melancolía (para irnos directamente y también por la situación o estudio de la antigüedad de los cuatro humores o flemas del ser humano), son tocados por la locura divina. Pero, esta locura aunque inspira, sigamos con Platón, las obras más excelsas y perfectas, lleva invariablemente a “entregarse a los dioses”. Es decir, a la muerte.

En la revista semanal “360” de esta casa editora, la cual dirige atinadamente Rosa Martha de la Peña, hace algunas lunas, publiqué un díptico sobre Ernest Hemingway el cual fue bien leído y replicado. Allí y por ser columna de tipo gastronómico, abordamos la arista culinaria del escritor y periodista ganador del Premio Nobel. Pero hoy y en este díptico a la vez, abordaremos, nos vamos a zambullir en otras aristas igual de interesantes o más que la veta culinaria. Nos vamos a sumergir en la vida personal y tormentosa (al igual de varios de sus personajes de sus textos, siendo modelo arquetípico él mismo) del norteamericano Ernest Hemingway (1898-1961), quien vivió asediado por los demonios de los dioses y las musas. Es decir, sus propios demonios materializados o encarnados en su madre, a la cual culpó no pocas veces del suicidio… de su padre. Le gritaba y le definía como “perra”. Hoy todo se trata de explicar a través de enfermedades las cuales reciben bautizos para sujetarlas en corsés de una realidad asfixiante. Hay un ensayo de diez páginas de un prestigiado doctor (Christopher D. Martin) el cual leyó toda la obra de Hemingway, sólo para dar un veredicto médico el cual ya conocíamos y sin ser doctores: “trastorno bipolar”.

Este año se cumplen 121 años del nacimiento del Premio Nobel de Literatura, al maestro Hemingway se le asocia con justa razón, con la rudeza, con el vigor físico, con la naturaleza. Ernest cultivó bien su leyenda de amante de la caza y la pesca (“El Viejo y el Mar”, claro), a la par de ser un amante de la buena vida: la comida y la bebida hasta el hartazgo, lo cual exploramos en los textos en la revista. Herido de gravedad en la Primera Guerra Mundial, en su literatura y periodismo está entonces impregnados de harto fatalismo donde se explora el vacío existencial (no hay mañana, es sólo hoy), el ser humano siempre está solo ante el mundo, hay una imposibilidad de relacionarse con algún humano de tiempo completo (una mujer) y la soledad y al final del túnel, el suicidio, son la solución.

ESQUINA-BAJAN

Pero en medio y ante esta pérdida de fe en un futuro el cual no existe, sólo nos queda entregarnos mientras tanto, a los apetitos inmediatos del ser humano (satisfactorios y distractores a la vez): el sexo, la bebida, la comida. Viene lo duro, lo fuerte: en cuatro generaciones de la familia Hemingway, siete de sus miembros se han suicidado. ¿Hay entonces un germen hereditario por lo cual es imposible salvarse y todo desemboca en un terrible y salvador suicidio? Sí, lo leyó bien, lector: salvador suicidio. Y este es un problema en nuestro Saltillo y nuestro Coahuila de ignorancia, el suicidio es visto como un problema. Pero para los tristes de alma y corazón lo ven como una solución.

Avanzamos. No pocos personajes salidos de la pluma del maestro Ernest, piensan y deambulan con el suicidio en sus enjutos hombros. Casi todos sus personajes son victimas de la terrible ictericia (están atiriciados y beben licor a litros) y caminan por la vida con una cruz de melancolía en la frente, como un perpetuo miércoles de ceniza. La escena es muy conocida y ha sido narrada montones de veces: el domingo 2 de julio de 1961, el escritor se levantó temprano en su casa de Ketchum, Idaho. Había salido hacía poco, de una clínica de rehabilitación. Hemingway tiene 62 años y pesa apenas 90 kilos, una sombra de sí mismo. Es alcohólico, tiene asaltos de paranoia, ya no escribe nada, no puede empuñar la pluma más. Disminuido físicamente, su virilidad ya es afectada, es un recuerdo macilento. Preso de su pegajosa y triste realidad, ese día decidió poner fin a sus letras y su vida: se pegó un escopetazo en la frente, en plena cara.

¿Hay un gen hereditario que induce invariablemente y sin salvación alguna al suicidio? Tengo documentados varios casos de hermanos que se han suicidado en familias coahuilenses con una frecuencia que ya raya en pandemia. La Secretaría de Salud de Coahuila ni caso hace (Ricardo Bernal se muestra apático y alejado de su cargo). El padre de Ernest se suicidó (igual que el escritor, de un tiro en la cabeza). Arrastró con ello toda su vida. Al día de hoy, de esta familia, de este linaje, van siete suicidas (hay una de ellas, bella como pocas, la nieta Margaux). La actriz y nieta del escritor, Mariel Hemingway, ha escrito un libro perturbador al respecto, el cual subtituló: “Superar el Legado de Enfermedad Mental, Adicción y Suicidio en mi Familia”. Hay una película y un documental basado en este libro. ¿Hay una molécula de ADN la cual se hereda marcada para el suicidio? 

LETRAS MINÚSCULAS

Ernest Hemingway es inconmensurable. Regresaremos al tema con un texto más.