Ilustración: Alejandro Medina

Karla Valdés, directora de la facultad de psicología de la UAdeC, mencionó ayer en este mismo medio la existencia del “síntoma de la cabaña”, del que yo no había oído hablar, consistente en la dificultad de regresar a una vida normal luego de un largo periodo de aislamiento. La cosa es que no sabrá uno si lo tiene antes de salir de nuevo a la calle. Padecer ese síndrome dependerá de las características personales tanto como de las perspectivas que se tengan en este ya largo confinamiento.

En artículos anteriores hablé de la experiencia de los prisioneros uruguayos que estuvieron en celdas diminutas durante ocho años. Los militares tenían la seguridad de que enloquecerían. Después de esa larga tortura, porque lo era, los presos, entre los que se encontraban el gran dirigente social Raúl Sendic y el ahora expresidente de Uruguay José Mujica, regresaron a la vida política de inmediato, aunque no podían siquiera tenerse en pie. Sendic no pudo enderezarse cuando dio su primer discurso.

Otra experiencia que viene a la mente es la que viven los espeleólogos. Uno de éstos se metió en una cueva profundísima en el municipio de Acuña. Estuvo ahí abajo seis meses y salió feliz de la vida. Aclaremos que estaba preparado para eso, tenía un teléfono, comida, luz y libros, y lo hacía porque eso estaba estudiando. Pero para él no había día ni noche y llegó a tener “días” de 36 horas, porque sin sol no se advierte el tiempo acostumbrado. La tercera es la del ruso que se mantuvo en una cápsula espacial meses y meses. Claro que al regresar batalló para caminar, pero había estado en contacto con sus superiores y se la pasó leyendo y realizando experimentos.

Volvamos a lo nuestro: ¿si seguimos en confinamiento tendremos el síndrome?, puede que sí, puede que no, y depende de las ideas que se tenga, de los proyectos de vida y de las relaciones interpersonales que se hayan cultivado. Me alegró escuchar que, en general, los niños y adolescentes no se han dedicado a ver televisión en estos meses, sino que inventaron maneras de divertirse y de estudiar. Ignoro si el que lo informó tiene datos fidedignos, pero prefiero creerle. En mi caso, veo más televisión que antes (me repugna) porque es una especie de descanso para mis ojos fatigados de leer o, peor aún, de la computadora. He visto programas muy bellos sobre animales, historia, ciudades o música. Escuché cinco maravillosas entrevistas a Carlos Monsiváis, cosa emocionante por su formidable memoria y el manejo de un español perfecto y sencillo. Recordé a Monsiváis en Saltillo en una feria del libro. 

Alguien le hizo la pregunta de siempre: ¿qué piensas de Saltillo? Un poco juguetón, un tanto burlón, dijo cosas positivas y otras no tanto: ¡es una ciudad muy conservadora!, y añadió: ¡tienen un gran obispo en la persona de Raúl Vera, cuídenlo! Y, en estos días de encierro, leí su libro sobre 10 autores mexicanos. El capítulo que más me emocionó es el que dedicó a Julio Torri.

El encierro te lleva a donde no imaginas, por ejemplo, al recuerdo de hechos de infancia o adolescencia. Y no todos son felices. Algunos fueron dolorosos, pero los buenos son todavía un obsequio de la vida, como las primeras amistades, los aciagos enamoramientos, las atrevidas tomas de decisión que forzaron a la existencia a dar un vuelco. En la memoria aparecen los buenos maestros a los que les debe uno tanto y los malos que nos ocasionaron daños innecesarios. Pero todo es parte del pasado, por lo tanto, del presente.

¿Qué pasará cuando se acabe el peligro del coronavirus?, ¿quién podría saberlo? Lo que vemos es que algunos países han tenido políticas oportunas y que la gente regresa a la normalidad como si no contara con 30 mil muertos. El virus está resucitando en algunos lugares. Será importante llegar a aceptar que la vida ha cambiado. Y la idea tiene sus bemoles: decenas de artículos serios dicen que el mundo será distinto; otros lo contrario: nada cambiará porque el capitalismo neoliberal necesitaba al coronavirus para reafirmarse. Unos creen que deberíamos vivir sin tantos artículos de consumo, sin tanto ataque a la naturaleza, sin pobres. Nos queda un mundo qué inventar, aunque sea entre los más cercanos. Es posible y es necesario.


De Habla y Tiempo
Carlos Manuel Valdés