A veces, la cabal comprensión de un fenómeno nos elude a causa de nuestra obstinación en observarlo, cuantificarlo, describirlo y juzgarlo desde una sola perspectiva, como si se tratase de un fenómeno unidimensional.

Un error elemental y especialmente grave cuando de analizar la ola feminista se trata, ya que siendo un movimiento mundial que convoca a la mitad de la población que habita este planeta, es obvio que encierra muchos más aspectos que los que podemos reconocer como esenciales. Geométricamente hablando, es un poliedro de muchas caras y cada una merecería su propio estudio particular.

Conforme la tendencia se convierte en una imparable bola de nieve, es inevitable que se le vayan adhiriendo impurezas que poco o nada tienen que ver con los reclamos originales, que son por demás incuestionables y apremiantes:

La exigencia de justicia para víctimas de la violencia machista; la igualdad de espacios, oportunidades y remuneración (sin caer en las concesiones gratuitas y cuotas); la reivindicación y protección de los derechos de las trabajadoras domésticas y sexo servidoras; el reconocimiento de su sojuzgamiento histórico; la demolición de preceptos que confinan a la mujer al rol de seres complementarios, de soporte o subordinados al hombre, y todo lo que usted sea gustosa agregar.

Pero al mismo tiempo encontraremos protestas más enardecidas como irracionales, que demandan castración y muerte para básicamente cualquier hombre; la deconstrucción de todo lo femenino, que no se le reconoce ninguna base biológica y se le desdeña como invención de ese ente maligno, omnipresente y amorfo del patriarcado, cuyo derrocamiento definitivo es parte de sus exigencias a la vez que la instauración de un nuevo orden que les garantice su empoderamiento total; la idealización de la sangre menstrual; la satanización del amor romántico; la destrucción de los cánones de belleza impuestos por las grandes corporaciones; la abolición del depilado…

Por supuesto, entre más radical la postura, entre más ambiguo, descabellado o irreal sea el reclamo, más estridente el grito, más enardecida la consigna y más violenta la manifestación.

No es raro entonces que cuando el movimiento -que se formó para exigir cosas bien concretas a personas y autoridades bien identificadas- se contamina de extremistas con visos fundamentalistas, pierda en credibilidad.

La experiencia ya nos debería haber enseñado que es virtualmente inevitable que una lucha se desvirtúe en diferentes formas.

Imagine la causa más noble, con los ideales más puros, con líderes intachables y un pliego de demandas claro, factible, aterrizado y bien visto por el derecho humano internacional (el movimiento feminista de hecho es el mejor ejemplo de esto).

Dado que un reclamo social alude por necesidad (directa o indirectamente a la autoridad) será inmediatamente apoyado por la oposición, que mostrará su total empatía con la causa, con tal de que la causa le sirva a su vez de ariete contra el régimen, sin importar que estos opositores jamás hayan comulgado antes con los principios del movimiento en cuestión.

Para tapar sus fallas y omisiones, una administración desestimará los reclamos y a los manifestantes, aduciendo que son grupos “cilindreados” por la oposición política (y quizás tenga una minúscula parte de razón, pero en lo esencial su deuda es innegable). No conforme con esto, los gobiernos no titubean en infiltrar agentes violentos y radicales a cualquier asociación, marcha o protesta que le resulte inconveniente. Estos “reventadores” desacreditan la mejor de las causas y dan pie a toda la mala prensa y comentarios negativos que pueda recibir un movimiento. Incluso, desaniman y alejan a la militancia racional y pacífica original.

Y como si no bastara con los agentes políticos, todavía hay que sumarle el miserable factor humano:

No podemos negar que si algo sobra en el mundo es gente frustrada que ve en cualquier expresión multitudinaria la ocasión perfecta para validarse.

Pese a no haber sufrido jamás la verdadera violencia de género, gente tan ávida de atención que equipara  en gravedad un piropo a una violación o un asesinato (desviando así la atención de las víctimas verdaderas) se suma a una muchedumbre para purgar todos sus fracasos personales y adjudicárselos al patriarcado, al Estado, a Harvey Weinstein, a la muñeca Barbie y sus irreales proporciones, a los penes, a la letra “O” (así como lo lee, a una estúpida letra, que debe ser sustituida por la “E” porque es verdaderamente neutra), y no dudará en destruir la propiedad pública o privada para que el mundo la voltee a ver y asuma que tiene con esa persona una deuda impagable.

A estos especímenes se les reconoce porque les importa más la selfie en sus redes sociales, que la causa en sí.

Como pilón añádale la pobre empatía masculina: Hay hombres que quieren ser solidarios, pero no pueden despojarse de su odioso paternalismo pinche; luego otros, a causa de las rémoras que venimos explicando, desdeñan la legitimidad de los reclamos originales; y por supuesto, los que simplemente son estúpidos y creen que las mujeres están a toda madre y no tienen nada que exigir. ¡Ahí, en nombre de todos estos chiles descerebrados, una disculpa!

El feminismo auténtico está fundado en la razón, no en argumentos fascistoides; es apolítico, le exige a todas las autoridades del presente y del pasado; es plural, no excluyente; de reclamos concretos, no de exigencias mamonas de las “hijas de las brujas”; busca la coexistencia igualitaria, no un nuevo apartheid de los sexos.

Si usted es inteligente, sabrá distinguir los accidentes insalvables de un movimiento (pelusas que irremisiblemente se pegan en el trayecto), de lo que le es esencial, siendo en el caso del feminismo, un reclamo justo e inaplazable.