Ahí está.

Todos nos fuimos encontrando con ella en las aulas. Nos la presentaron esférica, giratoria en su eje y alrededor del sol. Es uno de tantos planetas. Está en un sistema solar en la galaxia Vía Láctea. Tiene un núcleo Ígneo. Sus válvulas de escape son los volcanes. En su superficie hay fuego, viento y esa maravilla inmensa que es el agua. La del mar y la de numerosos ríos y lagos.

Es el hogar de todos. La casa grande en que todos habitamos. Por ella han pasado muchas generaciones. Ya la recibimos sucia, dañada, con insuficiencias y desequilibrios, con menos bosques y más desiertos, con ríos y mares contaminados, con especies extinguidas.

Y ahora descubrimos que está en peores condiciones por lo que hemos hecho de ella los habitantes que ya no usamos sólo carbón o leña para el vapor sino gas, combustibles fósiles y electricidad para aprovechar los motores de explosión. Se ha contaminado el aire, hay calentamiento global, se derriten los hielos de los polos, sube el nivel del mar, se alteraron los patrones climáticos. Inundaciones, sequías y terremotos han propiciado los desplazamientos migratorios. Faltan filtros en las chimeneas. No se recicla toda la basura. Y hay pésimos hábitos minúsculos de desperdicio y de poluciones domésticas evitables.

Por eso elevan su grito las comunidades originarias. Aman la tierra (Pachamama), la respetan, la cuidan y están en continua comunión existencial con ella. Ven la creciente amenaza de las talas devastadoras, y protestan y reclaman y se manifiestan y se amparan.

Las grandes naciones contaminadoras hacen contratos sin aplicación y toman medidas insuficientes, politizan los encuentros y rompen acuerdos saludables.

Y la gente entonces señala que en la Tierra está la vida. La vida vegetal, la animal y la humana, y en la humana está la vida incipiente, inocente e indefensa, amenazada de muerte por los mismos vivientes. Se decide proteger vidas adultas asesinando las que están por nacer. Se toma el aborto como una operación médica y es en realidad un atentado criminal contra vidas sin culpa ni defensa. El pequeño o pequeña paciente se convierte en víctima de su médico, convertido en sicario por acción letal que lleva premeditación, alevosía y ventaja.

El camino de dar el hijo en adopción no se ha ponderado y organizado suficientemente. Recorrerlo significa que la madre, que no quiere al hijo que viene, no decide cancelar su viabilidad, interrumpir su proceso para nacer provocando su muerte con un aborto sino lo dona al nacer a una familia sin hijos. Será recibido en ella como un valioso regalo y bendición. Ya hay instituciones de gente consagrada que ofrece a mujeres embarazadas atención médica, psicológica y espiritual, hospedaje y alimentación, cuidado infantil y más para que no se sacrifique una vida inocente e indefensa.

Dejar de castigar un delito grave no significa justificarlo éticamente. Un asesinato siempre será condenable por ley natural. La legislación humanizada ha de reforzar y privilegiar toda la normatividad que requiera el que el hijo no deseado sea respetado en su dignidad humana y que, al nacer, pueda encontrar –en la adopción– el bienestar integral que puede darle una familia sin hijos o con voluntad de tener más...