¿Para qué vivimos? Desde Aristóteles a la fecha nadie ha dicho lo contrario, la respuesta es: para ser felices, para vivir bien, para estar contentos o para realizarnos como seres humanos. La eudaimonia es el objetivo.

Evidentemente en algunas ocasiones nos hemos confundido y hemos creído, porque la emoción nos invade, que somos muy felices –porque todos los que simpatizamos sanguíneamente en todos los sentidos estamos reunidos, porque compramos coche nuevo, porque tuvimos un aumento de sueldo, porque nos fuimos de vacaciones, porque logramos construir una buena casa, porque nos ha ido bien, porque vimos a las personas que tanto extrañábamos– pero la emoción tiene como característica ser de poca duración.

La felicidad tiene que ver más con estados de ánimo duraderos. Maslow le llama autorrealización y está en la cima de otras tantas necesidades que el ser humano logra cumplir, entre ellas las fisiológicas, las de seguridad, las sociales y las de reconocimiento.

El 20 de marzo de cada año se celebra el Día Internacional de la Felicidad y hay un ranking en el que, por cierto, nuestro País aparece en el lugar 36, y cómo no, si las gasolinas, la canasta básica, la educación, la salud, el empleo, la vivienda, los salarios, la economía, la inseguridad y otras tantas dimensiones humanas en México están muy lejos de su consolidación.

Hoy me encontré una nota de la BBC donde a pesar de la pandemia Finlandia es, por cuarto año consecutivo, el país más feliz del mundo. Esto a partir de una encuesta elaborada por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sustentable, una iniciativa de Naciones Unidas, digo por si preguntaban quién lo dice. Dicho de otra manera, nos contentamos con las migajas que caen de la mesa.

Finlandia es parte de la Unión Europea y cuenta con aproximadamente 5.5 millones de personas distribuidas en unas 10 ciudades, Helsinki es la más importante. Poblacionalmente la podemos comparar con Monterrey y su área conurbada, pero sólo poblacionalmente. Su economía es una de las boyantes de Europa, tienen uno de los mejores sistemas educativos; sino el mejor. Tienen un envidiable sistema democrático y siempre es, según Transparencia Internacional, uno de los países más transparentes –no corruptos– del mundo.

¿Por qué los finlandeses son los más felices?, ¿qué mide la encuesta? Mide la confianza en las instituciones, la desigualdad económica y la transparencia de sus ciudadanos. No se habla aquí de producción, utilidad o ganancias; sí de responsabilidad, honestidad y solidaridad. Lo nuestro tiene que ver con el libre mercado, ellos construyen la comunidad.

Para hacer intersección con el tema y sin ánimo de ofender, ¿qué se sigue pensando de los policías, los servidores públicos, las instituciones públicas y los partidos políticos? En ese mismo orden de ideas, ¿cómo andamos en el tema de la desigualdad económica?, ¿seguimos siendo el país más desigual de la lista de la OCDE?, ¿qué lugar ocupamos en el ranking 2021 de Transparencia Internacional? Para ser más prácticos, ¿cómo sigue el tema de la corrupción en nuestro País? Y finalmente, ¿qué tan solidarios somos? No, pues no. Ni para qué buscarle. Eso es lo que mide la encuesta.

Que el mundo nos tenga sin cuidado porque nos caracteriza la inconsciente, y que realmente seamos felices son cosas muy diferentes. Al fin que quienes nos gobiernan y nos han gobernado saben que cualquier piscacha nos contenta. Una cosa es ser feliz y otra tener ganas de serlo. A pesar del COVID-19, naciones como Dinamarca, Suiza, Islandia, Países Bajos, Noruega, Suecia, Luxemburgo, Nueva Zelanda, Austria, Noruega y por supuesto Finlandia han logrado mantener sanos de mente y de cuerpo a sus habitantes. No comencemos a justificar nada porque se nos da. Ya vimos cuál es la clave: responsabilidad, honestidad y solidaridad.

Alemania, el país más importante de la Unión Europea; Estados Unidos, el más importante del mundo; Inglaterra y Francia que siempre son mencionados en cualquier rubro, simplemente no despuntan en este tema, ¿por algo será? Te gusta aquello de: “donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. ¿Podría ser?

En un país donde todos vamos contra todos de forma sistemática, donde la dinámica es “que se haga la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre”, donde “honestos, honestos, honestos no somos, solamente somos honestos” o donde “que cada quien se rasque con sus uñas” es altamente complicado ser felices. No confundamos, una cosa es la alegría y otra la borrachera.

Responsabilidad, honestidad y solidaridad son una tríada muy recomendable que mide la encuesta sobre la felicidad, valores de los que hablamos mucho, pero operamos y gestionamos poco en nuestro País. Buena falta que nos hace a las familias, a las instituciones, a las organizaciones y particularmente a los gobiernos apostarle a la práctica urgente de estos valores si queremos salir del atolladero en el que nos encontramos desde hace tiempo. Así las cosas.