Todo indica que la supuesta burbuja inflacionaria que ocasionaría el aumento a los precios de las gasolinas que prácticamente arrancó con este año 2017 será de rápida evaporación porque la solidez de la economía mexicana no solo es capaz de resistir a ello, sino además al efecto Trump.

Todos creían que los precios se iban a disparar. Aquella declaración de Agustín Carstens a finales de enero, en plena efervescencia social por el llamado gasolinazo en el sentido de que los precios se moverían “marginalmente, una sola vez, y luego se irían ajustando” resulta tan cierta, como cierto el prestigio de quien dirige el Banco de México.

La muy justificada irritación social, y sus manifestaciones públicas: marchas, linchamiento mediático, negativo humor social, se convirtieron en elemento de un debate que sostuvo la ciudadanía, contra el gobierno que se asistió en la responsabilidad financiera para evitar daños mayores.

Finalmente el gobierno ajustó su estrategia, cuando ya había salvado el mayor escollo: la permanencia de los nuevos precios, y pospuso los aumentos subsecuentes que ya estaban programados conforme al avance del calendario del año. Mérito del propio Presidente de la República, Osorio, Videgaray, y el mismo Carstens.

Con todo y sus efectos políticos el gasolinazo parece haber pasado a mejor vida, aunque está latente el ejercicio de reacción que pudiera tener la población en los siguientes meses. Sin embargo, nadie puede dejar de reconocer que producto del debate  entre la gente y el gobierno se obtuvo como resultado una mayor sensibilidad de la política económica con respecto al sentir social.

Hubo muchos que pensaron que era el gran momento para la ruptura de la tranquilidad y armonía, que a querer o no persiste, entre gobierno, empresarios y trabajadores. 

No sucedió nada extraordinario.

Todo indica que conforme avance el año se irán acomodando las calabazas en el carretón. El dólar está rumbo a la estabilización en su paridad con el peso. 

Los momentos definitorios de la renegociación del Tratado de Libre Comercio todavía están lejanos. Difícil que haya avances sustantivos este mismo año.

Cada día que pasa el Presidente Trump irá descubriendo un universo de asuntos que aumentarán la competencia interna entre los grandes temas que forman la agenda pública nacional e internacional de los Estados Unidos.

De este lado, también las cosas irán despacio. El embate de Trump sobre México, y la corrección, casi en el límite, que hizo el Presidente Peña Nieto, orillado ciertamente por las circunstancias ha ocasionado que el sentimiento de unidad nacional vaya creciendo.

Al titular del Ejecutivo le quedan muchas cartas por jugar. En el verano, que ya está muy próximo, dado que estamos tocando las puertas de la primavera, se habrá de empezar a manifestar la decisión tomada en las alturas, en las más altas, si vale el término, de quien habrá de ser el candidato que represente al Presidente y a su Partido en las elecciones del 2018.

Ahí todo habrá cambiado.

Empezaremos a conocer una nueva visión para superar los grandes problemas del país, desde la óptica del Partido en el poder. Los opositores seguirán arreciando en sus críticas, pero una vez más quedará asentado que la política económica de México, política económica de Estado, está hecha a prueba de balas, obuses y similares. 

Ese es el gran activo del país. Y la capacidad de ponerse de acuerdo, aunque haya sido al costo de marchas y desordenes, algunos no tan menores.

Y entonces sí, silenciosamente se empezará a construir la gran decisión nacional para el año que entra. Estamos cada vez más cerca.