VANGUARDIA acompañó a Arián Esquivel y Nazul Aramayo, dos ciclistas de corazón que se aventuraron en el viaje de un punto a otro; iniciando en el campus de Arteaga y enfrentándose a la mala infraestructura, caminos mal planeados, y sobre todo, a la falta de cultura cívica y de movilidad de muchos conductores de vehículos motorizados.

A Ciudad Universitaria de la Universidad Autónoma de Coahuila acuden diariamente alrededor de 3 mil 500 estudiantes; son 15 kilómetros los que separan a la comunidad estudiantil de 5 escuelas y facultades con el campus de Rectoría, ubicado en la colonia República.

Hay dos formas de cruzar Saltillo y llegar la CU de Arteaga, la más rápida es en vehículo particular, aunque desde el nacimiento del proyecto universitario se ofreció el Lobus para todos los matriculados.

Pero… ¿qué tal factible es para un estudiante o maestros acudir a la Universidad en bicicleta?

Impunidad. Aunque hay sanciones, son pocos los automovilistas multados por invadir la Ciclovía.

VANGUARDIA acompañó a Arián Esquivel y Nazul Aramayo, dos ciclistas de corazón que se aventuraron en el viaje de un punto a otro; iniciando en el campus de Arteaga y enfrentándose a la mala infraestructura, caminos mal planeados, y sobre todo, a la falta de cultura cívica y de movilidad de muchos conductores de vehículos motorizados.

Al menos seis kilómetros es la distancia de Arteaga a la entrada de Saltillo que  recibe al visitante con grandes letras de colores, todo ese recorrido se realiza en una Ciclovía sin forma; se trata de un parque lineal en donde de hecho están prohibidas las bicicletas, pero es el único camino seguro para miles de trabajadores y paseantes; si bien el asfalto no es de mala calidad, el camino está interferido en varios tramos por arroyos, hundimientos, zonas empedradas y entrada de empresas que generan un riesgo extremo para los ciclistas.

¡Increíble! El tramo más seguro es el parque lineal… pero está prohibido el uso de bicicletas

Llegar a Saltillo, después de varios kilómetros sin un camino especial para las bicicletas podría significar un alivio, pero no es así. Ulises tiene 19 años y desde hace casi 2 años entrena como ciclista y es la ruta hacia la Carbonera la forma en que se prepara para competencias.

Según el atleta, la ciudad es la zona más insegura para andar, por la cercanía de los vehículos y la imprudencia de los conductores porque “se estacionan carros, se meten en la Ciclovía y está muy difícil así, la zona de Fundadores es lo más complicado porque hay mucho paso de vehículos y no hay para dónde hacerse”, señaló.

¡De película! La Ciclovía pierde conexión y es necesario caminar para poder avanzar.
No respetan los pasos peatonales, mucho menos las señales que marcan la Ciclovía; le dices a la gente y se ríe… Les da risa poner en riesgo nuestra vida”.
Arián Esquivel.

El camino no fue sencillo, no solo calan los más de 30 grados a pleno medio día, sino afecta más la indiferencia de los automovilistas ante la necesidad de mover en bicicleta; el punto más álgido es el Distribuidor Vial El Sarape, con 6 semáforos para carros, 4 para ciclistas, de los cuales, ninguno de estos últimos funciona.

“Esa zona es peligrosa, no respetan los pasos peatonales, mucho menos las señales que marcan la Ciclovía; le dices a la gente y se ríe… Les da risa poner en riesgo nuestra vida”, dijo Arián, quien al menos en seis ocasiones, en un tramos de siete kilómetros, enfrentó con amabilidad a los choferes, quienes incluso lo insultaron por señalar su infracción.

Hasta que me subí a una bicicleta y me puse a recorrer la ciudad entendí el riesgo que se corre y que debemos aprender a respetarnos”.
Nazul Aramayo.

Dentro del recorrido hacia Rectoría, un paso forzoso es el campus de Camporredondo, en donde hay obstáculos distintos: son decenas de peatones los que se adueñan de la Ciclovía. Durante todo el recorrido solo vimos un usuario, a pesar de que justo en este punto, a un costado de la Ciudad Deportiva, se encuentra uno de los pocos módulos de renta de bicicletas que en ese momento solo contaba con 10 bicicletas viejas y oxidadas, además de 3 cascos.

Después de una hora y media de recorrido, llegamos al edificio de Rectoría, en donde a la hora pico inunda la calle de vehículos, algunos que se estacionan sobre la Ciclovía de la calle González Lobo, lo que provoca que los ciclistas deban ir “toreando” a los vehículos en el carril que queda despejado.

“Yo muchos años manejé coche antes de ser rodador de bici, la verdad es que no entendía el riesgo que viven y lo molesto que es no tener espacio para rodar, hasta que me subí y me puse a recorrer la ciudad. Creo que es un ejercicio que todos debemos hacer, sobre todo los choferes de trasporte público, porque solo así aprenderíamos todos a respetarnos”, dijo Nazul

Si hablamos de factibilidad, pudiéramos señalar que el costo de viajar en bicicleta es bajo, te ahorras varios miles de pesos en gasolina, reparaciones de automóviles, afinaciones, mensualidades… Sin embargo, pones en riesgo tu vida y hasta tu integridad ante una sociedad que todavía no visualiza una convivencia compartida entre automóviles, motocicletas, bicicletas, y mucho menos, peatones.

UNA ODISEA

En el trayecto de Arteaga a Saltillo, de repente se “pierde” el camino para el ciclista.

El área más riesgosa para el ciclista es el bulevar Fundadores, cerca del Distribuidor Vial.

En el DVS existen cuatro semáforos para el ciclista; ninguno funciona.

Son varios tramos de la Ciclovía que son invadidos por los automovilistas.

A lo largo del camino, el usuario de la Ciclovía se enfrenta a hundimientos, tramos empedrados y entradas a algunas empresas.

Con una ruta precaria y ciudadanos sin cultura de movilidad, así circulan cientos de ciclistas en Saltillo.