La magistral cátedra de cine que bajo el título de “Roma” pone a consideración de las masas el mexicano Alfonso Cuarón, está llena de trampas en las que es peligrosa y deliciosamente fácil caer.

Y la mayor trampa es sin duda la de la nostalgia, siendo el problema de ceder a sus encantos el no trascender hacia lecturas más profundas de una obra tan acabada como compleja.

Los primeros intercambios que tuve con quien tuvo oportunidad de ver la cinta en salas se remiten inmediatamente a la impecable recreación del “México que se nos fue” y su capacidad para llevarnos a otros momentos de nuestras particulares vidas, como si fuera éste el único gran mérito del filme.

En efecto, la cinta revive no sólo el contexto urbano capitalino de hace nueve lustros con los altos estándares de producción asequibles para un realizador pulido en Hollywood; captura además la atmósfera más íntima de la familia mexicana del periodo echeverrista con la sensibilidad de un auténtico autor, que no de maquilador de productos al servicio de la industria.

Pero como ya le digo, pese a ser quizás el mayor reto de esta producción, su pulcra reconstrucción visual no es sino la capa más externa de una obra que versa sobre temas de la mayor trascendencia.

El primero sería la destrucción del ideal del hogar mexicano de clase media, nuestra fallida respuesta nacional al también fallido sueño del “american way”. 

Siendo su gran defecto y condenación aquel macho mexicano, heredado del viejo sistema de valores rurales, que no pudo, no supo o no quiso ser domesticado en la monogamia de aquella sociedad “moderna”.

Y así se revela la razón de ser de nuestro País eminentemente matriarcal, un país de papá ausente y mamá histérica, misma madre que sin embargo no se permitió el lujo de fracasar sino que, a prueba y error, salva el proyecto pese a que uno de los dos pilares incumplió con su parte del contrato.

En este sentido, la alegoría del automóvil familiar funciona maravillosamente: el aparatoso Galaxy como metáfora de un padre majestuoso, objeto de pleitesía, que ocupa todo el ámbito pero no resulta funcional en absoluto, no es práctico, ni equitativo. Un elemento que, pese a todo su peso específico, por economía y pragmatismo es mejor eliminar de la ecuación.

Aunque la madre –Sofía–, primero intenta asumir ese rol, no tarda en darse cuenta de que no se trata de ocupar el papel del hombre ausente, sino de sobrellevar a la familia de la mejor manera posible y se reinventa con un vehículo familiar mil veces más funcional, un nuevo empleo y una renovada actitud con la que saca a sus cuatro niños del cautiverio de su inocencia, diciéndoles las cosas como son, participándoles la verdad simple y llana por dolorosa que sea.

Pero la verdadera heroína de este relato es Cleo, la ayudante doméstica del hogar. Cleo experimenta el mismo descalabro tras la deserción masculina. Su hombre rehúye a la responsabilidad del hijo engendrado, aunque por tratarse de una mujer joven, soltera, muy humilde y de origen indígena, Cleo vivirá la misma decepción y dificultades que su empleadora desde su muy particular circunstancia. El contraste y las afinidades entre ambas historias nos servirán por supuesto para reflexionar en la marcada desigualdad de clases imperante en nuestra sociedad mexicana, sin embargo, “Roma” evita caer en los chantajes recurrentes del melodrama y ofrece al amor como única vía de redención posible para esta insalvable brecha social.

La otra grande e importantísima lectura es necesariamente política y es que, por debajo de ese México al que volteamos a ver con nuestra superficial añoranza, respiraba un monstruo dictatorial de cabezas intercambiables, un régimen represivo, sangriento y criminal.

Y si bien, el clímax de la cinta converge con los hechos de la Masacre del Jueves de Corpus o “El Halconazo”, estamos atestiguando al mismo tiempo la agonía de esa otra figura paterna, la del Gobierno omnipotente, brutal e incuestionable, que no deja de recitarnos sus bondades y al mismo tiempo nos asesina en aras de preservar los valores que considera supremos pero, como se demuestra puertas adentro del hogar, no son sino una patraña insostenible.

La familia mexicana queda redefinida y en ella nadie es imprescindible –y menos los machos patriarcas de papel–, sino que hay roles activos por igual para una abuela o una criada. En ella los lazos son tan fuertes y honestos que nadie le puede regatear jamás lo que es suyo por derecho propio: el título de familia.

De regreso a Cleo, su confesión final le aporta a su personaje la última dimensión necesaria para volverlo perfectamente humano, a la vez que hace catarsis con el espectador que desde el primer minuto aceptó dejarse llevar por ella.

Y muy  propósito del final, su última escena es tan poética y modesta que  observamos el regreso de un ser heroico, casi mítico, a su inexpugnable fortaleza, arriba, entre las nubes, los aviones y los tendederos, mientras que los falsos paladines, súper héroes de músculo y testosterona encarnados por el profesor Zovek, se quedaron al servicio del tiránico régimen gubernamental.

Disfrute el viaje por la añoranza, que es inevitable, después de todo, el realizador no deja de aguijonearnos con guiños a la nostalgia durante todo el recorrido, desde canciones de “Juanga” hasta tebeos de Editorial Novaro o piezas de culto como la “Ensalada de Locos”.

Pero por favor, escarbe más allá para que pueda acceder a esta obra con la madurez que una obra maestra, en toda su rica complejidad, nos exige.

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