Romero Deschamps es el clásico dirigente, heredero del régimen tricolor, que se ha enriquecido a costa de su gremio y no tiene empacho en hacer alarde de los excesos que puede financiarse

La noticia se había anticipado desde hace algunos días: el sempiterno líder del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, Carlos Romero Deschamps, dimitiría de su posición tras mantenerse en ella durante más de un cuarto de siglo.

El pronóstico se cumplió ayer cuando, en una reunión privada de la dirección del sindicato petrolero, Romero Deschamps anunció que se hacía a un lado y dejaba vacante el puesto para que la dirigencia “se renueve”.

En condiciones normales la renuncia de un líder gremial –de cualquier sindicato– no tendría mayor relevancia porque se trata, en todo caso, de una decisión que compete a la vida interna de dicha organización.

Pero ni se trata de condiciones normales ni el petrolero es un gremio ordinario. Por el contrario, la renuncia de su hoy exdirigente se registra justo cuando el Gobierno de la República ha confirmado la apertura de un par de investigaciones en su contra, a partir de las múltiples denuncias presentadas contra Romero Deschamps.

La “caída” de Romero tiene por ello el tufo del “quinazo”, con el cual el expresidente Carlos Salinas de Gortari decapitó uno de los liderazgos sindicales que le fueron adversos en la contienda electoral de 1988. El otro fue el de Carlos Jonguitud Barrios.

Igual que Romero Deschamps hoy, a Joaquín Hernández Galicia se le señalaba de haber incurrido en actos ilícitos, por lo cual fue condenado y permaneció en prisión hasta 1997, cuando fue beneficiario de amnistía.

Pero a diferencia de su antecesor, todo hace indicar que Carlos Romero Deschamps ha “pactado” su ingreso al territorio de la impunidad y prácticamente no hay nadie que apueste en este momento a que los procesos abiertos en su contra prosperarán y, mucho menos, a que terminará en prisión.

La trayectoria pública del hoy exdirigente sindical no merece reconocimiento alguno y eso ha sido ampliamente documentado. Romero Deschamps es el clásico dirigente, heredero del régimen tricolor, que se ha enriquecido a costa de su gremio y no tiene empacho alguno en hacer alarde de los excesos que puede financiarse gracias a ello.

Resultaría sumamente decepcionante por ello que el ofrecimiento realizado por el actual Gobierno de la República, de erradicar la corrupción, se redujera, en este caso, a simplemente “arrebatarle” la dirigencia sindical a uno de los más vulgares ejemplos de perversión gremial de la historia reciente.

Con ello no solamente se manda el mensaje de que quienes han cometido ilícitos pueden estar tranquilos, sino que pareciera alentarse el mantenimiento de los espacios de corrupción que han caracterizado la vida pública del País, pues a falta de investigación y castigo los incentivos para violar la ley se mantienen o, en el peor de los casos, se incrementan.

No se ha escrito el punto final de esta historia, desde luego, pero la forma en que se desarrolló el episodio de ayer no da para documentar el optimismo. Valdrá la pena enterarnos, mañana, de que las apariencias nos han engañado.