Comparten una misma historia. Todas las mañanas empeñan su esfuerzo para preparar juntos lo que venderán a la salida de las fábricas o escuelas. En verano, refrescos, yukis y helados. En invierno, elotes asados o churros.

Van juntos en una misma motocicleta a la que han adosado un carrito donde ofrecer su mercancía a los empleados o a los niños. Algunos de ellos los miran con curiosidad, otros con ternura. Otros más con indiferencia, colocando más bien la mirada en los productos, que a las dos de la tarde se convierten en deseables antojos para calmar el estómago.

Han concluido su venta el día de hoy. Abandonan el punto en cuanto se acaba el potencial público de compradores. Y entonces su historia en común se hace más evidente ante los ojos de los automovilistas.

Él, al frente, dirigiendo la motocicleta; ella sosteniéndose de él. Se disponen a cruzar la avenida. Una avenida sumamente transitada en ambos sentidos. No hablan en ese momento, pero mientras él está atento a la circulación de los autos que vienen en el sentido de la izquierda, ella escruta en el de la derecha. Finalmente cruzan la vía y se pierden a lo lejos. Continuará su historia y al día siguiente nos los toparemos de nuevo.

Jóvenes aún, han dejado atrás el punto de la venta, la escuela. Mientras, ahí permanece para un rezagado y pequeño grupo un hombre ya mayor (¿75?, ¿quizá mucho más?) que sonríe a la gente y vende, por su parte, glorias y dulces de leche en esta temporada de invierno.

Por muchos años, la venta de conos de nieve fue su negocio en la ciudad. Se instalaba en un punto del centro, que quien lea estas líneas y sea de la época de quien esto escribe, imaginará. Basta con decir aquí, no obstante, que era el primer cuadro, en el pomposamente llamado centro histórico de Saltillo.

La venta de conos de nieve en invierno y de cajeta en verano, hizo a sus manos adquirir un síndrome. No puede ya sostenerlos sin que le cause dolor. Pero no se amilana. Abandonó la venta diaria de los conos y se dedica ahora a la de los dulces en invierno y bolis en verano. Y decimos diaria porque de vez en cuando sí se permite, igual de animoso, vender los domingos, fuera de alguna iglesia.

Bello y enternecedor es que le acompaña una nieta, quien permanece atenta a él. Es el hombre quien realiza la venta, pero ella quien cuida de él, sonriendo a su vez cuando su abuelo atiende a uno de esos chiquillos que salen exultantes de la escuela.

Es posible que no necesite de la venta para subsistir. Pero la necesidad de salir a hacer lo que por décadas ha acostumbrado le empuja a levantarse y le prepara para el día.

Lo mismo le ocurrió al dueño de Beto, el hombre que por años se apostaba en el bulevar Venustiano Carranza haciendo sonreír a los niños desde los autos. Los sin corazón que le robaron el muñeco hace unos meses se toparon con una ciudad que se volcó en su busca y se lo rehicieron.

Tenemos rostros reconocibles como estos de los que acabamos de hacer referencia. Rostros en nuestra ciudad que forman parte de nuestro paisaje, de nuestro transitar diario.

A los rostros que nos acompañaron en la infancia, acompañan a nuestros hijos en la suya, se han agregado decenas de otros que permanecen sólo un tiempo atravesando la ciudad. Nos los topamos unos minutos en los semáforos o los vemos andar de un lado a otro con las cobijas en el hombro o bajo el brazo.

Es casi seguro que no los volveremos a ver. Van hacia otras tierras en busca de sueños y perseguidos por el hambre y la violencia.

Escriben sus historias. Algunos con sonrisas; otros, con un inocultable dejo de tristeza o de amargura; manos extendidas. Monedas provenientes de apresurados ciudadanos.

Y en tanto, en los escritorios, firmándose su destino.