Se ha vuelto (no volvido) común encontrar expertos de todo en distintas plataformas y medios informativos. A donde vayamos nos cruzamos con individuos capaces de hablar con autoridad sobre temas que van desde el alcance de los misiles norcoreanos hasta la desaceleración de la rotación del planeta Tierra. Hay quienes saben, o por lo menos opinan, todo sobre Bitcoin, la política nacional, el NAFTA, Trump, que AMLO es Chávez, la honestidad y preparación ejemplar de Meade, las cobijas de “El Bronco”, la valuación del peso, la inflación o el clima (de moda en el norte del País).
 
Enfrentamos una epidemia de desinformación o, en el mejor de los casos, de información parcial y sesgada. No hay vacuna contra este mal, al contrario, siguen surgiendo medios y plataformas que alimentan al monstruo no sólo de las fake news, sino de la pereza mental de ir más allá de un titular o del primer párrafo de un reporte serio. Conforme “aprendemos” o “entendemos” sobre un tema entramos en un círculo vicioso que consiste en rodearnos y acopiarnos de más información superficial que sustente y pruebe nuestras nociones sobre el mismo. Nos rodeamos de información que valida nuestras creencias y rechazamos en automático (y a veces inconscientemente) aquella que reta lo que pensamos, entendemos y creemos sobre algo. Los temas no tienen que ser profundos o muy relevantes. Podemos hacernos a la idea que el número ideal de tequilas para la salud es de dos al día, porque así lo vimos en un reporte o que tomar vino tinto y comer chocolate es bueno para el corazón (de esto no tengo la menor duda) porque lo leímos en Twitter.
 
Creemos habernos vuelto (no volvido) expertos (muy superficiales) de muchos temas. Las excepciones son los verdaderos expertos, investigadores, estudiosos de las ciencias y disciplinas humanas. Ellos son especialistas y conocen de uno o varios temas a una profundidad que la mayoría de nosotros no estamos ni interesados ni dispuestos a explorar. Ellos son la esperanza de la verdad y son a quienes debemos respetar y siempre guardarles un lugar en nuestro cerebro y en los presupuestos de empresas y entidades públicas.
 
No podemos vivir de editoriales (como este), comentaristas de radio o televisión o de publicaciones en Twitter o Facebook. 
 
Aun en estos casos, es conveniente tener una mezcla de opiniones, contrastar unas con otras y hacernos un juicio lo más educado posible sobre temas simples y especialmente en los complejos. Dudemos siempre de las intenciones de quien publica algo, casi como dudamos cuando nos llega un correo electrónico que dice que tenemos un tío en Nigeria que nos heredó 100 millones de dólares o ese mensaje de texto que dice que ganamos unas vacaciones a Europa.
 
Empezaremos el año bombardeados de publicidad electoral y fake news de todo tipo, incluyendo de expertos vendidos a uno o a otro candidato o partido y probablemente de Gobiernos extranjeros. Hay que ejercitar nuestra capacidad de ir a mucho más profundidad en los temas relevantes, poniendo en duda toda la publicidad y el rollo con el que nos saturarán.  Ese puede ser un buen propósito para el año próximo. Mientras, no duden de lo que dije del vino tinto y el chocolate.
 
@josedenigris