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Después de 30 años de neoliberalismo ya es hora que los tan prometidos beneficios sociales se hagan realidad para más de 60 millones de mexicanos y mexicanas.

La determinación del salario mínimo se ajusta a las proyecciones de inflación ¿y por qué no a la inversa? Posterior a los altos índice en el crecimiento de los precios de los años setenta del siglo pasado, debido al excesivo gasto público deficitario, desde la década de los ochenta, la determinación que hace la Comisión Nacional del Salario Mínimo (Conasami) respecto al ingreso mínimo de los trabajadores se ha fijado en función  de la meta inflacionaria anual, así se sostiene que el salario es el principal factor de presión hacia los precios, lo que  analíticamente es limitado.

Actualmente el componente de la riqueza nacional (producto) correspondiente a los ingresos de empleados y trabajadores corresponde al 27 por ciento, mientras que hace 25 años dicho componente era alrededor de 40 por ciento, lo que ha mermado no tan sólo la capacidad social de compra, sino la demanda agregada como fundamento del mercado interno, es decir de colocación de la oferta de bienes y servicios.

Se argumenta que el incremento salarial debe fijarse por libre mercado, es decir oferta y demanda de trabajo, y que por tanto será la productividad la que determine si el salario individual se incrementa o no. Pero es precisamente por productividad que el volumen salarial se reduce, ya que por competitividad se tiende a reducir costos para aventajar en precios.  Asimismo el salario individual tiende a reducirse de manera proporcional según la producción individual. El salario mínimo no debe fijarse según el libre mercado sino por políticas distributivas que garanticen tanto el mercado interno como el bienestar. 

Aunque no la deseable, sí hay productividad en el país pero en capacidad adquisitiva los sueldos y salarios se han reducido alrededor de 40 por ciento en los últimos 20 años. Esto indica que el ingreso agregado puede influir en el índice inflacionario, pero no es el principal factor.

Asimismo se plantea  que si se incrementara el salario más allá de la proyección inflacionaria ésta crecerá por dos razones, primero por el incremento de la demanda que presionará los precios al alza y segundo porque como costo los productores lo trasladarán al precio y el efecto ingreso se nulificará.  Sin embargo, la competencia entre productores de bienes de consumo final,  y por tanto entre proveedores, se sostiene por calidad del bien o servicio, por el menor tiempo de disponibilidad en el mercado y, ¡oh rareza!, por precios competitivos, es decir que alguno de los competidores o todos buscarán mantener un precio ventajoso que les garantice sí la ganancia, pero también la venta para acumular más capital, así el productor no debe incrementar sus precios, so pena de reducir las ventas. Entonces el argumento neoliberal cae por su propio peso porque la meta de inflación no considera la competitividad integral, por tanto el principal componente del incremento de precios no es el costo salarial, sino contingencias  ad extra de la producción.

Para el 2016, la Conasami ya fijó el salario mínimo de 70.10 a 73.04 pesos diarios, un incremento de 4.19 por ciento, pero sí es viable que se incremente a 86.33 pesos diarios que señala el COneval como mínimo para superar la línea de pobreza de más de 5 millones de trabajadores y sus familias, y sin embargo aún faltaría. Más aun ahora que la nueva Ley federal del Trabajo ha provocado el incremento de quienes obtienen de uno a dos salarios mínimos y la reducción de quienes obtienen de tres a cinco salarios mínimos (el rango de 1 a 5 sm es alrededor del 70 por ciento de la población ocupada formal e informalmente). 

Después de 30 años de neoliberalismo ya es hora que los tan prometidos beneficios sociales se hagan realidad para más de 60 millones de mexicanos y mexicanas.