Refugiada. María Leticia y su hija de poco más de un año y medio, llegaron a la ciudad a finales de 2019 procedentes de Honduras; aquí su pareja las abandonó; ahora se gana la vida vendiendo dulces en los cruceros. Fotos: JESUS PEÑA
Leticia nomás no ve la suya; salió de Honduras con su hija huyendo de la pobreza y la delincuencia. A medio año de su llegada a la ciudad, su vida y la de su hija en nada ha cambiado...

Todos los días María Leticia Martínez, una hondureña de 30 años, asilada en Saltillo, sale a las calles empujando una carriola donde transporta a su hija y una caja de dulces para vender.

Leticia no tiene marido, no tiene trabajo, no tiene casa, no tiene nada, y desde ya hace ya muchas semanas que ella y su nena, de un año ocho meses, se quedan a pasar la noche en el Albergue San Juan Diego, en el barrio del Ojo de Agua.

LA ABANDONA SU PAREJA

A finales de 2019, Leticia, apoyada por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, (ACNUR), llegó de Honduras, Departamento de Santa Bárbara, a Saltillo, en calidad de asilada, venía huyendo de las pandemias que azotan a Centroamérica: la delincuencia y la pobreza.   

“Por la economía que hay ahí, que uno no encuentra buenos trabajos y también corre peligros con la delincuencia, hay bastante delincuencia, empiezan a amenazarlo a uno, cuando le miran un negocio empiezan a extorsionarle, a sacarle impuesto de guerra, así le llaman allá, y si no paga… lo matan”, dice la mujer.

Hogar. Aquí es donde Lety y su hija recibieron hospedaje.

Vinieron con ella su bebé y su pareja, el padre de la cría, quien al poco tiempo y tras un pleito con Leticia las abandonó.

Que se iba a la frontera, dijo el hombre y no volvió más.

“Él agarró pa delante, como pa Piedras Negras”, relata.

Leticia y su hija se quedaron solas.

Al principio la ACNUR había colocado a la familia en el San Jorge, un hotel del centro, pero un día la pareja de Leticia empezó a violentarla con quién sabe qué amenazas, Leticia dejó el hotel y pensó marcharse con su hija a la Casa del Migrante.

Unos paisanos suyos, que también estaban hospedados en ese hotel, la convencieron de ir a Arteaga a buscar casa y ella los siguió.

“Allá estuve rentando con ellos”, dice.

Un mes después se fue con dos muchachas hondureñas a rentar una casa en la colonia Lamadrid, después en bTeresitas y luego en Landín.

Al rato la gente la vio yendo por la ciudad empujando una carriola con una niña, vendiendo dulces en cruceros peligrosos.

“Con eso me mantenía, alcanzaba a pagar la renta… Ahorita no he vendido nada…”, dice desesperada.

Necesidad. Empujando la carreola donde lleva a su hija, Lety sale a vender dulces todos los días.

ENGAÑADA Y GOLPEADA

Un día que Leticia estaba en el crucero, un hombre, como de 45 años, se le acercó y comenzó a hacerle la ronda.

Andando los días Leticia y aquel señor se fueron a vivir juntos y el hombre le propuso montar un negocio de lavandería, Leticia aceptó. 

“Mi idea es el negocio pues… Me dijo él que había un lugar de lavandería, que la lavandería era buena, que daba ganancias”, cuenta.

Consiguieron un local con varios cuartos en la avenida Hidalgo 2421-A de la colonia Landín, y con los ahorros que tenía Leticia, pagaron a la dueña, una mujer de nombre Mary Ramos, 3 mil pesos de renta y otros 3 mil de depósito.

“Dice la señora Mary ‘hay bastante agua, aquí no tienes problemas con el agua’, me puse a pensar, ‘sí puede dar ese negocio…’”.

El local resultó un desastre: tenía averiada la llave del agua y las paredes descascaradas. 

La ilusión de María Leticia de poner una lavandería propia se fue por el resumidero.

“Ya habíamos hecho todo el trato, la llave estaba trabada, no daba vueltas y goteaba mucho. El costo de la renta era muy alto, era una sola llave…  El local no estaba ni pintado. Yo me puse a pensar ‘no va a funcionar esta lavandería aquí’”.

Leticia le pidió a la rentera que le regresara el dinero, pero la mujer se negó.

“Dijo que no podía devolver el dinero, que lo único que podía hacer era pasarnos para otro cuarto”.

Leticia accedió de buen agrado. 

Al hombre con quien se había amancebado le enfadaba todo, le enfadaban los llantos de la niña y le enfadaba que saliera a jugar con los críos de las vecinas.

En uno de sus malos ratos el señor golpeó a Leticia con el puño cerrado en todo el cuerpo.

Cuando se hubo repuesto de la golpiza, Leticia lo echó de la casa.

“Le dije que se fuera, ahí nos separamos”, recuerda.

Habían pasado tres o cuatro días de haber ocupado el cuarto.

Entonces la rentera Mary Ramos le pidió a Leticia que abandonara la vivienda, con el cuento de que le traería problemas porque era hondureña y no tenía credencial de elector.

“La señora no quería gente hondureña sin papales”, relata.

Leticia hizo sus maletas y antes de salir exigió a la propietaria le devolviera los 6 mil pesos que la había pagado por la renta del local para la lavandería, pero la rentera le regresó únicamente 4 mil pesos.

“Dijo que 4 mil pesos me iba a devolver, que 2 mil pesos me iba a cobrar por los 3 días que había estado ahí, le digo, ‘está caro el cuarto’, dijo, ‘la culpa la tiene usted’, la señora me sacó, no fue que yo me saliera…”.

Leticia y las niña se fueron a vivir al Albergue San Juan Diego, donde meses antes, por no tener casa, habían pasado varias noches.

Ahora todos los días Leticias sale a buscarse la vida empujando la carriola con su hija y sus dulces, esperando que alguien se conduela de ella...

“No me parece justo que la señora se quede con 2 mil pesos para 3 ó 4 días que estuve…”, finaliza.

Qué mala suerte

Luego de llegar a Saltillo acompañada de su pareja, el hombre la abandonó para seguir su camino rumbo a la frontera.

En la ciudad, se va a vivir con un hombre con quien planea poner un negocio; la golpea y nuevamente se queda sola.

La dueña del cuarto donde vivía la echa de su casa.

Se niega a regresarle la totalidad de la renta pagada por adelantado; le roba 2 mil pesos.