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El autor se ha ido con numerosas historias sin contar, pero no faltan las palabras de aquellos que lo recuerdan

Fernando del Paso: la alquimia de la transcripción histórica 

Mariel Curiel-Ferman

Sólo unos pocos pueden entender a México como un imperio, uno de noticias álgidas y tormentosas; de noticias dulces, como ecos provenientes de aquello que nunca ha podido ser en su totalidad y que en el camino se queda como un mero sueño del inconsciente colectivo mexicano. Pero sólo hay, hubo, habrá, un escritor como Fernando del Paso que haga posible la alquimia de la transcripción de la historia y la sensibilidad del verdadero país que es México, más allá de los lindes postrevolucionarios, conservadores o modernistas. 

Hay, en la literatura mexicana, muy pocas obras que sitúen a México en su contexto real, sin juicios y sí con toda su indiscutible, rara, extraordinaria belleza; con sus pros y contras, su plasticidad para transformarse y consumirse y volverse a crear; su valor estético que deambula pero nunca falla, y su perdición ética, siempre a la búsqueda de la redención, sea filosófica, política, histórica o artística, siempre avanzando en este juego de serpientes y escaleras en donde unos pierden más mientras otros tantos ganan otro poco para luego ser un Uróboros y volver a comenzar el juego sin fin que implica vivir en este país. Fernando del Paso, Fernando de México, las escribió y abrió las puertas a otros con su ejemplo de escritor temerario y amoroso de la literatura. Las letras, la belleza y la verdad por encima de todo, a pesar de todos, para redención de todos. 

La muerte se lleva la carne y los huesos de Fernando del Paso Morante, sin saber, la muy tonta, que en sus más de veinte títulos de todos los géneros literarios, entre los que deslumbran Palinuro de México, Noticias del Imperio y Bajo la sombra de la Historia, se encuentra el elixir de su inmortalidad. Viva Fernando del Paso. En la lectura y relectura de su obra está su eternización. 

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Del Paso: el malentendido de la fama

Alejandro Pérez Cervantes

Recluido tras el estrafalario personaje por el que se conoció desde hace un par de décadas –sus coloridos sacos, su vocación por la plástica o la declaración hilarante- con del Paso muere en nuestro país quizá el último escritor total.

Un autor que -como Sada o González Rodríguez- no se preocupaba sólo por la construcción de una obra dentro de una dinámica de promoción y mercado, sino como un ejercicio que trascendía las barreras del lenguaje. Del Paso fue ante todo un renovador de la lengua, y Barthes pareció hablar de él cuando dijo: “un escritor es ante todo alguien para quien el lenguaje, más allá de su utilidad o belleza, es un asunto problemático”.

Como Borges, en él se encarna la tragedia del escritor genial: multicitado y famoso pero poco leído. Leído, pero leído a medias. Leído a medias, pero mal leído.

Porque la escritura del autor de Noticias del Imperio era difícil, exigía un alto reto para el lector. Incluso él mismo no recomendaba para primerizos su obra más querida: José Trigo, la novela que fue despedazada por Carballo, primera en su corpus narrativo y que vino a cimbrar la literatura hispanoamericana. Porque más que novela proletaria, sobre las luchas ferrocarrileras, la jerga popular o la Cristiada en los llanos de Colima, ésta es una novela sobre el lenguaje.

En tiempos de autoficción masturbatoria y loas a la falsa épica de las drogas ¿Qué otro autor en sus  25 años –tardó otros 5 en concluirla- puede presumir de haber escrito un monumento al idioma como este absoluto ladrillo?