Redondos casi perfectos y del color del sol. Duraznos en almíbar. Confinados en un frasco de cristal, se ofrecen a la venta a los paseantes en esta calurosa tarde de domingo, en San Antonio de las Alazanas.

Deslumbrante, un picante sol no parece dará tregua a la lluvia, vistos sus remanentes a lo lejos y caídas algunas gotas venidas desde las sierras a la vista. No sabemos.

La plaza de San Antonio luce magníficas muestras de la producción local: los ya dichos duraznos, uvas, ajos, tunas, nopales y, por supuesto, la fruta que les da identidad: manzana espléndida, dulce, incitadora. La frescura, su generosa virtud. Recién cortadas, aparecen las piezas en los andadores de la plaza, que comparten espacio con objetos de labranza: hachas, rastrillos, así como artículos antiguos y del hogar. Se desborda una multicolor fuente de dulces impecablemente protegida del polvo con cubiertas transparentes. Para el fortísimo calor, las nieves de garrafa, helados o yuki, vestido de un vibrante fosforescente.

El paseo contiene mucha gente de fuera y de dentro. Los de fuera han decidido estacionarse lo más cercano posible a la iglesia, y muy cercanos a la plaza. Los habitantes de San Antonio se saludan afectuosamente e intercambian productos cultivados en sus casas. La vida pasa en un calmado transitar. Ahí la mujer, valerosa y fuerte, de 87 años, madre de “cuatro hombres y cuatro mujeres”, se acerca con bastón a la plaza para recordar sus tiempos de venta ahí. “Me anima venir acá. Me gusta mirar gente, platico con ella, aunque mis hijos se preocupan y me preguntan cómo estoy, y se me quedan viendo para ver si de verdad estoy bien. Yo les digo que me gusta estar aquí. Ya luego me voy a mi casa, luego a cenar y luego a dormir. Así”.

Recibe los saludos de los pobladores, sonríe y se despide. Mira a la iglesia y a ella se dirige, con presteza y optimismo.

Por el lado en que se fue, un joven trae consigo una sonrisa roja: acaba de morder con entusiasmo una jugosa tuna, y en sus manos sostiene un recipiente con cuatro más desbordándose. Un muchacho que camina por ahí, más o menos de la edad, morador de San Antonio, le hace un guiño y, con la misma frescura que muestra la fruta, toma una pieza al tiempo que dice: “Oye, me das una”. Tranquilo se marcha (¿alcanzaría a escuchar “Sí, claro”?), pero no hay problema. Lo ha dicho de manera tan natural que pareciera que entre ambos chicos la vida hubiera sido cercana desde chiquillos.

Alrededor, único paisaje: el entramado de la sierra de Arteaga. Se alza magnífica. La transparencia del aire permite llegar hasta la cumbre, en donde es posible vislumbrar cómo se corta en el inacabable horizonte añil. Mismo aire que lleva de un lado a otro el aroma de la leña cortada y puesta al fuego. Ese inconfundible y peculiar aroma que lleva al recuerdo: nostalgias que esbozan espacios y amadas personas lejanas en el tiempo, idas ya con el viento.

Sus siluetas dibujadas en una atmósfera que permanece únicamente en la memoria. Las palabras. Las voces. Los pasos. De todo ello, hebras de un tejido desteñido, armado únicamente para el recuerdo. De la naciente población fundada a instancias del gobernador Santiago Rodríguez, para protegerse del ataque de los indios, a nuestro hoy.

Como ocurre, la iglesia –en contraste al bullicio de la plaza– en un calmoso silencio. La figura de San Antonio de Padua, el patrono de la población, carga al Niño Jesús y luce la sencillez de su hábito franciscano y los humildes lirios, el símbolo del candor y la pureza del santo. Las historias en torno a los lirios que San Antonio conservó frescas en Italia son el también orgullo de la población que muestra esas mismas historias escritas a mano, en la entrada de la iglesia.

La misa de la una y media de la tarde mueve hacia ella a los moradores y a algunos turistas. El sol va cediendo paulatinamente su espacio. Son ahora nubes cargadas de lluvia las que toman su lugar. Algunos de los dueños de mercancías se guarecen. Otros más, al amparo de los árboles de la plaza, esperarán a ver si se decide o no a caer la que parece ser intensa lluvia. Ha llegado ya de lo alto de la sierra. Pronto apagará el fortísimo calor.

Mientras, la vida pasa.