San Virila pensó que el día se presentaba bien. Le dolía una muela, es cierto, pero el planeta seguía dando vueltas como siempre, había aire para que respirara todo mundo y el sol estaba en su lugar.

Salió de su convento aquel alegre santo que amaba a las creaturas por el Creador y al Creador por sus creaturas. En las calles de la aldea se cruzó con tres mujeres que lucían, felices, las evidentes señas de un próspero embarazo.

-¡Caramba! -exclamó San Virila jubiloso-. ¡Tres veces nos está diciendo Nuestro Señor que la vida va a seguir!

Cuando volvió al convento le preguntaron sus hermanos:

-¿Cuántos milagros hiciste hoy?

-Ninguno -respondió él con una gran sonrisa-. Pero vi tres.

¡Hasta mañana!...