Hasta la fecha, el significado del tema Santa Lucía sigue siendo un misterio para los amantes de la música. Fue el natural de Córdoba, Mario Roque Fernández Narvaja, el genio que supo hilar estrofas para crear una de las canciones más emblemáticas del pop en español. En su natal Argentina, Narvaja integró la banda “La Joven Guardia”; más tarde, gracias al productor chileno Carlos Narea, el también guitarrista conocería a Miguel Ríos, quien en 1980 interpretó por primera vez la pieza que lo colocaría como uno de los cantantes más exitosos de su tiempo. Se dice que antes de emigrar a España, el compositor conoció la historia de una mujer invidente que por equivocación recibió una llamada telefónica. El hombre que estaba del otro lado de la línea quedó impactado con su voz y siguieron hablando. Gracias a las constantes conversaciones, cada uno sabía todo sobre la vida del otro, por lo que él insistió en quedar en un parque para conocerse; sin embargo, ella le había ocultado que era ciega y se resistió al encuentro. Así surge el canto que hace alusión a la patrona de los ciegos, Santa Lucía de Siracusa, a quien –de acuerdo a la tradición católica– le fueron arrancados los ojos por proclamar firmemente su fe. 

El nombre de la Santa también fue utilizado para bautizar la base aérea militar que será acondicionada con un par de pistas, mismas que permitirán desahogar (según se dice) el tráfico del Aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. Y aunque se afirma que el proyecto de NAICM en Texcoco está muerto y enterrado, lo cierto es que hay aspectos que revelan lo contrario y que podrían generar un vuelco en el final de la historia. Trataré de explicarme. Desde su campaña, el presidente Andrés Manuel López Obrador prometió la cancelación de la construcción por considerar que nuestro País no requiere un aeropuerto “faraónico”, además que –de acuerdo con su dicho– el correspondiente proceso de licitación estuvo contaminado con los más graves actos de corrupción. Su propuesta fue “ratificada” en una consulta ciudadana que, amañada o no, resultó en la confirmación de lo que quería el pueblo “bueno y sabio”: cancelar la obra de Texcoco y construir dos pistas en Santa Lucía. Al menos así lo votaron 747 mil personas, cifra que representó el 69 por ciento de los consultados. Sin embargo, a últimas fechas, el agresivo discurso en contra del nuevo aeropuerto y sus artífices, parece matizarse ante la dura verdad.

Según expertos, echar para atrás la edificación costaría a los mexicanos alrededor de 12 mil millones de dólares; monto mayor al requerido para concluirla. Esto, sin contar con las eventuales demandas que podrían promover los tenedores de bonos. Para evitar los litigios, el gobierno mexicano anunció la recompra de una tercera parte de los papeles de deuda emitidos para financiar la obra de marras; sin embargo, los bonistas han rechazado las dos ofertas de compra que hasta el momento se han efectuado, pese a que la segunda de ellas consistió en pagar dólar por dólar lo invertido. Por otro lado, la medida afectaría también a cientos de miles de trabajadores mexicanos cuyas ahorros para el retiro fueron igualmente invertidos. En este caso, si bien el impacto sólo produce minusvalías, las cuentas recibirían menos rendimientos al no obtenerse el retorno proyectado. Además, la TUA (Tarifa de Uso Aeroportuario), que originalmente sería invertida para la conclusión del nuevo aeródromo, ahora será destinada para costear –en parte– su cancelación. Por cierto, la mencionada tarifa tendrá un aumento del 2.5 por ciento a partir del 2019. Es decir, los pasajeros pagaran más por su boleto y una parte de ese dinero servirá para cubrir la supresión de la obra. Todos estos aspectos se encuentran aderezados con las presiones de los mercados internacionales y la pérdida de confianza por parte de los inversionistas, lo que podría acarrear secuelas económicas negativas en el corto y mediano plazo. 

Aquí en confianza, lo que un día será enterrado aún sigue construyéndose. Las obras del aeropuerto de Texcoco continúan hasta el día de hoy, esto para no incurrir en incumplimiento de contratos. La idea de que se recule en la decisión tomada parece lejana; sin embargo, quienes dirigen los destinos de este País deberán sopesar con objetividad las consecuencias de sus acciones, ya que Santa Lucía no protege a los que son ciegos por no querer ver.