“¡Se quedó solito “El Señor de la Capilla”! -soltó esta frase el abuelo con un profundo sentimiento y prosiguió con un suspiro melancólico abriendo su catarata de recuerdos a su nieta-. Me acuerdo, hijita, que desde niño bajábamos con mis padres por la calle de Hidalgo en la madrugada, a la misa de las cinco. Yo caminaba adormilado, pero cuando entrabamos a la catedral y llegábamos hasta su altar se me abrían los ojos al verlo tan grande, con tanta gente de rodillas que lo miraba con tanta veneración que hasta lloraban. Yo era un niño, no entendía nada, solamente oía la voz de mi madre que nos había dicho: mañana empieza el novenario y vamos a visitar a “Diosito”… y ese Diosito, que después supe que le decían “El Señor de la Capilla” y luego “El Santo Cristo de  la Capilla”, se me metió en el corazón  y no se me ha salido.Y todos los años sin faltarle he ido a su novenario… y cada año se me vuelve a meter en corazón. Cuando salgo de misa, ya no es de noche, ya está saliendo el sol y siento mi corazón diferente”.

“Por eso entenderás, hijita, que este año estoy apesadumbrado todos estos días. Por primera  vez en mi vida no lo he venerado. Mi corazón extraña su imagen que me contagia el entusiasmo de amanecer y cantar su alabado que se me metía en el alma cada año, igual que todos los que llenaban la catedral.”

“Pero este año se quedó solito y en mi corazón hay un hueco que ya se irá llenando con los días y con ustedes… el Santo Cristo volverá a su capilla. Y como ha sucedido durante cuatro siglos y medio, esta pandemia, igual que las otras, también pasará y ya no va a estar solito. Sus  fieles van a regresar a mirarlo y a cantarle, a pedirle y  agradecerle el amor que desparrama y los milagros que necesitan”. La nieta abrazó al abuelo, lloró con él y… luego sonrieron. El Santo Cristo no estaba confinado en su capilla.

Por primera vez en más de 400 años su templo estuvo vacío. El fervor del pueblo estuvo ausente ante su altar. El silencioso “alabado” se quedó en las gargantas de  los fieles confinados. El contagio de la fe que ha inundado las calles y los barrios durante siglos no pudo explotar en los corazones, ni sus luces relampagueantes iluminaron las noches de los que lo veneran porque lo necesitan.

El Santo Cristo de la Capilla de Saltillo se quedó en su templo de puertas cerradas. También fue confinado por motivos de “salud pública”. ¿Lo han privado de su libertad de expresión saludable, revitalizante, redentora, reconfortante? Aunque su imagen ha estado confinada durante siglos, no se ha evitado contagiar a las mentes y corazones de una manera diferente de vivir y de amar. Porque nunca ha sido un peligro de muerte. Es una propuesta de  libertad y de salud humana y eterna.

Y ese río secular de mujeres y hombres, familias y ancianos cada año acudían a contagiarse de su ejemplo amoroso y crucificado, este año no pudieron acudir. Hoy no hubo ese contagio de fe por temor al contagio de muerte. Como si la muerte no tuviera un contenido de fe y la fe verdadera no incluyera la muerte de la esclavitud. El Santo Cristo no tuvo la comunidad de fieles que necesita para justificar su presencia en nuestro mundo. Sin embargo, tiene una silenciosa familia de creyentes, una extensa e incalculable comunidad de fe que lo extraña, lo añora y lo tiene presente en su corazón y en su historia como lo tienen presente el abuelo melancólico y la nieta que se contagia de la fe del corazón y la esperanza del amanecer.

El Santo Cristo de la Capilla nunca ha estado “solito”.