La Iglesia trató de espiritualizar de más lo que ya de por sí encerraba una bonita alusión al ciclo de la vida en la Tierra

El problema con México parece radicar en nuestra arraigada disposición a la anarquía, no como postura político-filosófica, sino como la expresión última de la espontaneidad de nuestro carácter.

Si algo hemos de reconocerle a la gente en países más desarrollados es la formalidad con que se conducen. Cuando la invitación dice a las siete, llegar a las siete y cuarto ya es considerado un retraso importante. El mexicano en cambio, a las diez y media está haciendo fila en la segunda caja del Oxxo y todavía tiene la frescura de llamar a los demás para preguntar si no se ofrece nada.

“¡Nomás que llegues, cabrón, tú eres el de la casa y tienes a todos los peregrinos helándose aquí afuera!”.

Por eso mismo, las fiestas en el Primer Mundo son un purgatorio de aburrimiento, en cambio las pachangas mexicanas son toda una aventura: nunca se sabe cuándo va a terminar aquello o en qué pueda derivar. Se sabe de unos amigos que un miércoles se juntaron para “algo tranqui” y terminaron formando la Banda Machos.

Con la presente semana inició la temporada de posadas, nueve tradicionalmente para culminar el 24 con la madre de todas las celebraciones litúrgicas: una bacanal en la que solía romperse una piñata de siete puntas que representaban los siete pecados capitales. Hoy en cambio, parece que se trata de recrear cada uno de los siete pecados en el mismo evento:

Pereza: “¡Perdón! Me quedé dormido, pero ya voy llegando, ya nomás busco dónde estacionarme” (se está metiendo a bañar).

Avaricia: “¡Te la bañas! Dijimos que el regalo para el intercambio sería de 300 pesos mínimo” (lo dice el que salió del compromiso con un roperazo).

Gula: “Perdón que me sirva otra vez, es que no almorcé nada” (y lo vieron ese día más temprano en Los Pioneros).

Ira: “¡Mtamadre! Otra vez un juego de toallas en la rifa y los inútiles de RH se sacaron todos una pantalla”.

Lujuria: ¡Tons qué! ¿Le seguimos en mi casa? ¿O te pega el novio? ¡Nahh te creas! ¿O sí quieres ir? ¡Nahhh! Pero si tú quieres vamos…”.

Envidia: “¡Mírala cómo traga y no engorda nada la desgraciada! ¡Claro, si está toda operada!”, dice la que no sería capaz de correr ni para huir de un asesino serial.

Soberbia: “¿Si les conté que este año la vamos a pasar en Aspen?” (sí, mamacita, pero tú vas a chambear de niñera).

Ya hemos defendido desde esta columna el origen pagano de las celebraciones de fin de año:

Los días se acortan más y más conforme se acerca el solsticio de invierno, lo que supone un renacimiento del astro rey, al menos en el hemisferio boreal.

Ya desde las épocas más remotas, la gente se entregaba al ocio y al fandango en estos últimos días previos al comienzo del ciclo solar. Después de todo, con un clima tan inclemente y tan pocas horas de luz, ya no quedaba gran cosa por hacer: el que había tenido buena cosecha y fue previsor, sobreviviría el duro invierno; y el que no, podía asesinar a aquel que tuvo buena cosecha y fue previsor.

De hecho, hoy 17 de diciembre se celebraban en la Antigua Roma las Saturnales o “Saturnalia”.

¿En qué consistía? ¡Vamos con Wikipedia!

“Importantes festividades romanas… un banquete público seguido por el intercambio de regalos, continuo festejo y un ambiente de carnaval en el que se producía una relajación de las normas sociales”.

¿Le suena familiar?

De acuerdo con lo consignado, la celebración era tan apreciada por el pueblo que éste agarraba la pachanga de largo y por su cuenta durante varios días. La gente decoraba sus casas con plantas e iluminación especial para simbolizar el renacimiento de la luz que estaba por acaecer.

En efecto, las fiestas culminaban con la celebración del Sol Invictus, el sol victorioso que derrotaba a las tinieblas y anunciaba a la humanidad un nuevo periodo de luz, calor y prosperidad.

No es entonces ninguna casualidad que los cristianos se hayan robado este simbolismo tan poderoso para adjudicárselo al Salvador que ellos promueven, resignificando el renacimiento del Astro Rey con el cumpleaños de Yisus H. Cráist.

La Iglesia trató de espiritualizar de más lo que ya de por sí encerraba una bonita alusión al ciclo de la vida en la Tierra, y falló miserablemente pues su fiesta terminó siendo un chocarrero carnaval de consumismo absurdo, santacloses gritones y desenfreno con tintes de mojigatería.

Resulta hasta contradictorio querer ponerse solemnes o místicos en una época de por sí melancólica, cuando la fiesta se instauró de hecho con el propósito de ahuyentar la tristeza de estos días fríos y oscuros.

Forzado es el carácter religioso que se le impuso a estas celebraciones, cuando lo único que necesitamos para alzar la copa es el sabernos vivos y la anticipada noción de que (al parecer) el año ya nos la pellizcó.

Que lo que inicie como posada, acabe como fiestas saturnales. ¡Salud!

 

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