Se bebió a gusto
las últimas cervezas
del año viejo.
Y lo hizo en pasado,
porque no sean las últimas.
 
Se ha vuelto el bar
un cuarto frío, una cámara
refrigerante.
No hay clientes ni dinero:
¡ah, la cuesta de enero!
 
Cuesta trabajo
deshacer la condena
que sobre el bar
-tirita el cantinero-
desde hace tiempo pesa.
 
Viene del fondo
y florece en mis  manos:
lo que devora
regresa transformado
en otra pulsación.
 
Quede la noche
de carcomidas puertas
como refugio
del infame noctámbulo:
el bar fue clausurado.
 
A fin de cuentas,
ignorancia y error fluctúan
sin tocar nunca
-límite de su pulsación-
el vestíbulo de lo exacto.
 
Pulsa el vacío,
lo que crece decrece
en otro punto:
se convierte en el centro
de este meteorito.
 
Ese vacío
que deja la TV
cuando se apaga.
Es el ruido de Dios
haciendo sus quehaceres.
 
Nunca ese vuelo
en forma de tropiezo
se ha interrumpido:
se lanza de cabeza
hacia un cielo de asfalto.
 
El arco iris
del insomnio fulgura;
en el eclipse
de luna, salta un gato:
se oye sólo el portazo.