Sucede con frecuencia en los procesos.

Parece que hay una puerta giratoria. Por ella entran los presuntos delincuentes y por ella misma, al poco tiempo, salen libres, sin ningún cargo. Ya sucedió como caso emblemático con aquella secuestradora francesa que entró como presunta culpable y salió al poco tiempo, por la misma puerta, libre de polvo y paja “por irregularidades en el procedimiento”.

Hay puerta giratoria también en las costumbres del lenguaje. A un sistema se le señala como pésimo por su simulación, por su inautenticidad, por anteponer intereses particulares a los públicos, por corromper las transacciones y permitir abusos en las contrataciones. Pésimo por transferir deudas privadas a un endeudamiento de toda la ciudadanía. Por tolerar fraudes para burlar votos. Por falta de transparencia y rendimiento de cuentas claras. Y después de entrar por esa puerta, se da el giro a llamarle sistema neo-liberal. Y neo es nuevo. Es actual, es moderno, es cresta de la ola, es el último grito, es lo que no tiene ni obsolencia ni anacronismo.

Y luego se suma ese noble vocablo de gran estirpe: liberal que señala el mayor valor de la libertad. No admite sojuzgamientos ni esclavitudes, ni ataduras, ni trabas. Se entra por la puerta del rechazo y, después de raudo giro, se califica con ese galardón semántico tan alto y tan digno. Es como la usanza de ponerle al crimen el atributo de “organizado”. Entrada de recriminación y salida de aplauso.

Hay puerta giratoria en lo económico. Se puede entrar por la puerta que lleva a “organizar la abundancia” y entrar a la antesala del “primer mundo” y, después del giro, descender hasta “tocar fondo. Se puede, en un régimen, hacer el despilfarro de comprar un avión suntuoso y encarecido y, en otro buscar recuperación disminuida, decidiendo venta y rifa para equipar hospitales que atienden a los más empobrecidos. Giros se dan en las puertas climáticas que llevan a grandes sequías o atraen a tremendos huracanes que causan inundaciones.

Gira la puerta de los estados de ánimo. Por ella vivimos entradas de euforias frenéticas o salidas apesadumbradas. Somos el pueblo de la fiesta, de la celebración, del jolgorio y la pachanga y también somos tierra fúnebre de asesinados, de fosas clandestinas. Pueblo de lágrimas y lutos.

Se quisiera una entrada -sin salida- a las virtudes cívicas de la recta conciencia que no admite abusos. Una entrada sin salida al sentido social en que se da una convivencia solidaria sin individualismos deshumanizados. Una puerta sin giros de complicidad acomodaticia, sin conformismo corrupto, sin sectarismo fanático y exacerbado.

Una puerta de entrada sí y también otra de salida. Por esa puerta trasera podrían salir todas las perversidades y las indiferencias, las mezquindades y las mediocridades. Las diatribas y las descalificaciones. Para dejar dentro, no un ambiente virulento de contagiados peligrosos, de desconfiados recíprocos. Sin puertas giratorias podría estrenarse el disfrute de una convivencia sana y próspera con el esfuerzo de todos, haciendo de las diferencias una victoriosa y constante complementación.

En lo provinciano se dan procesos. Se pasa de villano a citadino y a urbano. De villa en que todo es incipiente, a ciudad que pide civismo y después a urbe, que reclama urbanidad. Se van abriendo puertas de entrada. No tienen giro de regresión o de involución y así se abre, por fin, hacia el futuro, la puerta a la trascendencia... y lo agradecen los que van llegando...