Especial

Yo creo que a estas alturas de lo que estamos viviendo ya nos va quedando claro –mi esperanza es tesonera– que todos nos necesitamos como sociedad para salir lo mejor librados de esta crisis de salud, sustancialmente, pero con repercusiones en todos los ámbitos en que discurren nuestras vidas, como son el social, el económico… ¿O no?

Porque no sólo se trata de contener la expansión del contagio, de tal suerte que no se colapse nuestra frágil infraestructura hospitalaria… sino también de cuidar la vida de médicos, enfermeras y personal que coadyuva en clínicas del sector público que han salido a decir que carecen de lo elemental para protegerse, toda vez que son el ejército de primera fila y por ende los más vulnerables a ser contagiados. Y está lo económico, en lo que resulta crucial evitar la crisis de liquidez, porque las consecuencias serían devastadoras en un país cuya economía ya estaba enferma desde antes del coronavirus, y que hoy sin las medidas idóneas se puede ir a cuidados intensivos.

Según cálculos del Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico (IDIC), sin un programa de reactivación económica integral por parte del Gobierno federal, podrían perderse hasta 875 mil empleos, con ello el consumo privado disminuiría alrededor de 2.4 por ciento, el tipo de cambio podría llegar a 28.35 pesos por dólar y se registraría una inflación de 4.8 por ciento.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha anunciado un programa de apoyo a micro, pequeñas y medianas empresas por 25 mil millones de pesos, pero lo que se requiere es uno de 288 mil millones de pesos. Asimismo se demanda eliminar obstáculos para la inversión privada y no aplicar ninguna modificación al marco regulatorio.

La pérdida de empleos significa contingencia, porque la gente necesita vivir y lo básico para hacerlo es comer y lo que le sigue. Y si esto se dificulta, Dios nos ampare. La inseguridad se dispararía, y el Chapulín Colorado no está para defendernos. La Guardia Nacional y el propio Ejército, ahora mismo, son blanco de burlas y ninguneo por parte de la delincuencia, no importa que ésta última esté desorganizada, si hasta las policías comunitarias se ríen y se carcajean y los insultan a placer, ya no hablemos de policías estatales y/o municipales. Esto tiene que resolverse, presidente López, sobre usted recaerá lo que venga… ¿O va a repartir culpas, fiel a su estilo de plañidera?

Estamos ante una enfermedad que no hace distingos entre los ciudadanos, aunque ya se tenga conocimiento de los sectores de población más vulnerables. Pero lo que está visto es que en mucho se debe a la irresponsabilidad de los políticos –sean de derecha o de izquierda, populistas o no populistas– la peligrosidad de contraer el virus, por su negligencia y retraso en aplicar las medidas sanitarias de confinamiento propuestas por la OMS.

El propio Presidente, haciendo caso omiso de las recomendaciones de los epidemiólogos hasta hace unos días, andaba desatado en encuentros masivos, repartiendo abrazos, besos, apretones de manos, con el “amparo” de su “fuerza moral”, y pavoneándose con el “yo les digo hasta cuando ya no nos movemos”. Yo no espero discursos como los pronunciados por Winston Churchill entre mayo y junio de 1940 al pueblo británico, preparándolos para enfrentar una guerra sangrienta y larga, ya que López Obrador no tiene el don de la palabra, es un pésimo orador, articular oraciones le representa toda una odisea, porque lo suyo es balbucear y quedar en blanco cuando habla, pero le hubiera reconocido como ciudadana, que desde el principio hubiera tenido la inteligencia de determinar que el manejo de la pandemia del COVID-19 es un asunto de especialistas en epidemiología y haberse cuadrado para dar ejemplo, en primera persona. Pero tiene un ego insufrible que lo avasalla.

No deseo que en mi País se viva la experiencia de despachar con una frialdad escalofriante a los ancianos, ni dejarlos en el abandono como ya ha acontecido en otras latitudes del mundo… ¿Sabe por qué? Porque también son personas y tienen los mismos derechos que los jóvenes. La prioridad es frenar los contagios, atender a los enfermos, darles los insumos requeridos a quienes los atienden en primera línea; y como sociedad, ceñirnos a pie juntillas a las medidas sanitarias y al aislamiento instruido por los que saben de pandemias. No nos vamos a morir de encierro, a ver si nos damos el tiempo en estas horas en casa, de revisar nuestras dispersiones colectivas que hoy van aflorando y encontramos la manera de sanearlas, para cuando esto acabe. Ojalá que salga lo mejor de nosotros.

¿Por qué no aprendemos de la naturaleza? De su perfección y su armonía. Hace unos días apenas la higuera del jardín que tan amorosamente cuida mi marido, lucía muerta y gris… y de pronto empezó a vestirse con las galas prístinas del verde más brillante. Se renovó como lo hace año tras año, y se alista para la carga más dulce que nos regala en agosto… Esto va a pasar, ojalá que fuéramos como ella… ¿se imagina que hermoso sería el mundo?

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.