Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, les contó a sus amigos en el bar: “Conocí a una guapísima señora que me invitó a su casa. Me dijo que iba a enseñarme su Monet. Qué chasco me llevé, amigos míos. ¡Resultó ser una pintura!”… En uno de sus más gongorinos poemas, Góngora habló de una hermosa mujer capaz de hacer “tórrida la Noruega con dos soles, blanca la Etiopía con dos manos”. Doña Frigidia, personaje de esta columneja, podría con el puro pensamiento congelar el desierto del Sahara, donde se han registrado algunas de las más altas temperaturas del planeta. Así de frígida es doña Frigidia. Cierto día, don Frustracio, su marido, se jactó ante sus compañeros de la oficina: “Anoche le hice el amor a mi mujer apasionadamente, tanto que por poco la despierto”… En la clase de ciencias naturales preguntó la maestra: “¿Hay algún pez mamífero?”. Arriesgó Pepito: ¿El pez-ón?”… Don Cornulio, esposo cuclillo, llegó a su casa antes de lo acostumbrado y encontró a su esposa entrepernada con un desconocido. Exclamó airado: “¿Qué es esto?”. “¿Lo ves? –le dijo la pecatriz a su encamado–. Te digo que no sabe nada”… “Se tambalea, tambalea, tambalea…” Así dice la letra, con pegajosa música, de una cumbia al compás de la cual las chicas mueven su apetecible caderamen en inconsciente –¿o muy consciente?– movimiento para convocar al varón a celebrar el rito eterno de perpetuar la vida. Pues bien: sin música ni letra se tambalea, tambalea, tambalea la corona que desde siempre, y aun antes, ha ceñido el PRI en el Estado de México. Ahí tiene el partido tricolor su fuente principal de votos y dineros. Ahora su prevalencia está amenazada. Hay, en efecto, lo que en argot de encuestas se llama un empate técnico entre el candidato priísta y la candidata de Morena, de modo que en esa elección, la más importante de las que tendrán lugar en junio, el PRI deberá echar toda la carne al asador, o todas las despensas y demás, pues si no obtiene el triunfo, su derrota será ominoso anuncio para el 2018. En caso de ser vencidos en tan crucial jornada, lo único que a los priístas les quedaría por decir sería: “Apaga y vámonos”… Don Algón, salaz ejecutivo, vio en la playa a una linda chica. Le dijo alegremente: “¡Qué grata coincidencia, señorita! ¡Mi chequera es exactamente del mismo color de su bikini!”… En la merienda de las señoras una de ellas se veía triste, pesarosa. “¿Qué te sucede?” –le preguntó una. Respondió la interrogada: “Me da pena decirlo, pero pesqué a mi marido haciendo el amor”. “¿Y eso te apura? –le dijo la otra–. No te preocupes: casi todas las que estamos aquí pescamos a nuestros maridos con esa misma táctica”… Una pareja –ella mucho más joven que él– llegó a la recepción del hotel. El hombre le dijo al encargado: “Mi esposa y yo queremos una habitación con baño de tina”. “Lo siento, caballero –le informó el empleado–. Sólo tenemos habitaciones con regadera”. Se volvió el señor hacia la mujer y le preguntó cariñosamente: “¿Está bien así, querida?”. Respondió ella: “Sí, señor”… Doña Panoplia de Altopedo, mujer de buena sociedad, le dijo a la linda criadita de la casa: “Te regalo este negligé, Floricia. Anoche me lo puse y no le gustó a mi marido”. “No tiene caso que me lo regale, seño –repuso la muchacha–. La otra noche también yo me lo puse, y tampoco le gustó al señor”… El orgulloso paterfamilias le mostró su hijo recién nacido a un compadre. Le hizo notar lleno de ufanía: “Mire, compadrito: tiene los mismos ojos, la misma nariz, la misma boca de su papá”. “Grábese todo eso en la memoria, compadre –le sugirió el otro–, a ver si con esos datos lo localiza”… FIN.