La última jornada de cada calendario es, en esencia, un día exactamente igual a cualquier otro: tiene 24 horas y cada hora contiene los mismos 3 mil 600 segundos que cualquiera otra del resto del año. Sin embargo, se trata de un día al que concedemos un significado especial.

Esto se debe a que la especie humana ha convenido establecer como un ciclo relevante, para nuestras existencias, el tiempo que al planeta le toma dar una vuelta completa alrededor del sol. Así, la medianoche del 31 de diciembre constituye, al mismo tiempo, la conclusión de un periplo y el inicio de uno nuevo.

El suceso implica, por un lado, realizar un balance de lo hecho durante los 12 meses previos y reflexionar respecto de las ganancias y las pérdidas del año que, al concluir, pasa a formar parte de nuestra historia individual, así como de la memoria colectiva.

Por el otro, implica la realización de propósitos, el establecimiento de metas, la enumeración de los desafíos que nos planteamos vencer durante el nuevo ciclo. En otras palabras, el inicio de un nuevo año se convierte en la oportunidad para renovar la esperanza.

Porque, sin importar el resultado del balance que hagamos del año que ha terminado, iniciamos el nuevo esperando que sea mejor, que nos brinde la oportunidad de crecer y que se convierta en el espacio en el cual nuestros sueños se hagan realidades.

Es, sin duda, una buena costumbre la de clausurar e inaugurar los años con esta actitud. No podría ser de otra manera, por lo demás, si consideramos que en nuestra naturaleza está considerar que los mejores tiempos son los que están por venir, es decir, que el futuro siempre es un lugar para estar mejor.

En el proceso de renovar la esperanza, sin embargo, vale la pena considerar las lecciones incrementales que nos deja el pasado y que constituyen un instrumento sumamente valioso para encarar los desafíos del futuro.

Los tropiezos del año que concluye son algo más que un conjunto de sinsabores que debiéramos desechar de la memoria. Representan un cúmulo de enseñanzas que nos permitirán, realmente, ser mejores en los días por venir porque evitarán que cometamos los mismos errores.

De este cúmulo de experiencia es entonces de donde podemos alimentar la certeza de un futuro mejor, pues en la medida en la cual asimilamos las enseñanzas del pasado nos volvemos más sabios, lo cual quiere decir que incorporamos a las herramientas con las cuales tomamos decisiones, la prudencia, el buen juicio, la paciencia.

Dispongámonos pues a la realización del balance de este 2018 que llega a su fin y recibamos con renovadas esperanzas el nuevo calendario. Hagámoslo con la convicción de que la experiencia del pasado nos ha equipado mejor para enfrentar el futuro.

Démosle la bienvenida al 2019 y dispongámonos a convertir en realidad la premisa con la cual iniciamos cada nueva vuelta alrededor del sol: ¡que el año nuevo sea mejor!