“¿Quién me presta una escalera para subir al madero? para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno”. Las coplas de Antonio Machado interpretadas por Serrat retumbaron el camino a Morelia en el viaje familiar de pascua de 2013.

El camino que parte al lago de Cuitzeo, que ese día estaba lleno, impacta en la maravilla de esta tierra mexicana con sus garzas en desliz, el ibis (aves milenarias), y me imaginé la riqueza de charales tan famosos en la zona.

Antes de cumplir el objetivo de ese viernes se nos atravesaron los gazpachos –que son frutas picadas, normalmente piña, jícama, mango, sandía y pepino– a los cuales se les puede agregar queso cotija fresco y salsas de todos los picores o el famoso caldo de oso, que no es otra cosa que vinagre de piña, y ¡súrtete, papá!

Vecinos de León, Guanajuato, donde la vida no vale nada, nos cuestionaban el viaje alertado por las noticias de la inseguridad de la zona, sin embargo, durante los seis años de viajes a Morelia y a Pátzcuaro nunca fuimos testigos de actos de violencia para nuestra fortuna, eso sí, para nuestra comodidad y economía las tarifas hoteleras eran bajas y no se diga los menús de restaurantes.

Los portales de la Ciudad ofertan diversos restaurantes que incluyen normalmente platillos tradicionales, de los cuales engullí con singular alegría sopa tarasca (que está hecha de caldo de frijol, queso añejo, tiras de tortilla y chile en guindilla, al decir de tía Cecy); enchiladas morelianas de cotija y betabel frito, y unas insípidas corundas, que no serían nada sin la crema fresca y la salsa de chile manzano que completaron la aventura culinaria de esa tarde.

Cerca de las 18:00 horas nos trasladamos al Templo de las Monjas Capuchinas, lugar donde se rinde pésame a la inmensa imagen de la Virgen Dolorosa y en donde obtienes saetas para cantar en la procesión por módicos 5 pesos del águila.

La procesión, según el folleto repartido, “cubre un trayecto aproximado de tres kilómetros y comienza a las 20:00 horas en la Plaza Villalongín, para después continuar sobre la avenida Madero (antigua Calle Real), pasar frente a la catedral Moreliana y dar vuelta a un costado de la plaza de Armas para avanzar por detrás de la catedral y llegar a la plaza Valladolid, en donde tiene lugar la ceremonia de ‘Pésame’ a la Virgen de la Soledad, aproximadamente a las 21:30 horas.

“Posteriormente, la marcha continúa sobre la calle de Humboldt para dar vuelta en Vicente Santa María, luego en Padre Lloreda y en Velásquez de León, para llegar finalmente al templo de Las Capuchinas. A lo largo del recorrido hay 11 balcones en donde la procesión se detiene para la pronunciación de saetas, que son coplas breves y sentenciosas que, para excitar la devoción o la penitencia, se cantan en las iglesias o por las calles durante ciertas solemnidades religiosas como la Semana Santa”.

A eso de las siete y media o 19 con 30, nos acomodamos en la banqueta de la calle Madero para apreciar la procesión.

Impresionante la disciplina y ritmo de los peregrinos que descalzos avanzan al paso del tambor. Encapuchados soportan la carga de las imágenes de cristo de los distintos templos de Morelia, unos protegidos en urnas de vidrio, otros al aire libre. Las imágenes reposan en una plataforma pesada de madera que se remata en dos largueros que son el punto de carga para 8 a 10 hombres, que turnan en cierto número de cuadras y ofrecen el sacrificio al redentor.

Todo es silencio, bueno hasta los niños lo guardan, los rostros de los asistentes emiten un sentimiento triste y respetuoso hasta que el paso del desfile finaliza por el lugar de donde lo observas y quedas con un vacío muy difícil de describir.

Esta tradición del medioevo llegó de España para quedarse en el Bajío y resonar en los confines de una República que requiere de recuerdos de la redención, bendito sea.

El retorno a León fue con algarabía por la resurrección y la derrota a la muerte en una complicidad familiar que reflexionamos en el silencio.

En este 2021, el segundo de la pandemia, el Papa Pancho reflexiona: “Pidamos al Señor la gracia de sacar provecho de esta enseñanza: hay cruz en el anuncio del Evangelio, es verdad, pero es una Cruz que salva. Pacificada con la Sangre de Jesús, es una Cruz con la fuerza de la victoria de Cristo que vence el mal, que nos libra del Maligno. Abrazarla con Jesús y como Él, “desde antes” de salir a predicar, nos permite discernir y rechazar el veneno del escándalo con que el demonio nos querrá envenenar cuando inesperadamente sobrevenga una cruz en nuestra vida”. Feliz Pascua para ustedes.