La impunidad, esa prima hermana de la corrupción, sigue gozando de cabal salud en los tiempos de la transformación de cuarta (T4). Pero no cualquiera puede acceder al círculo privilegiado de los impunes. Para conquistar ese espacio es preciso formar parte de alguno de los grupos de “favoritos” de nuestro Perseo de Pantano, el presidente López Obrador.

La evidencia es abundante a estas alturas y por ello puede señalarse, sin temor al equívoco, la existencia de tres grupos de individuos para quienes la corrupción y la impunidad constituyen un derecho en el actual Gobierno de la República:

El primero lo integran los líderes del crimen organizado. A los delincuentes de altos vuelos el gobierno del Iluminado de Macuspana les ha extendido, públicamente y sin rubor alguno, una patente de corso para desarrollar sus actividades sin temor a ser molestados por las fuerzas policiales o militares de México.

Si por error se les arresta, el mismísimo Presidente gira la orden de liberarles; si están siendo procesados en el extranjero don Andrés Manuel no dudará en atender los requerimientos de sus familias y, si hace falta, irá a visitar a sus mamacitas, a quienes no se puede dejar con la mano tendida, porque gestos como ese enaltecen la investidura presidencial.

El segundo grupo está conformado por los políticos “redimidos”, por los conversos de la T4 cuyo nuevo credo es la religión pejelagartiana consistente en jurarle lealtad ciega al tlatoani, y recrean cotidianamente la vieja máxima del régimen priista del cual es heredero destacadísimo el mesías tropical: “con usted, señor Presidente, hasta la ignominia”.

Nada importan los pecados cometidos en el pasado, la pertenencia a la “mafia del poder”, la militancia en ese adefesio político llamado PRIAN o los señalamientos acumulados a lo largo de una carrera dentro del “régimen neoliberal”: la genuflexión de hoy borra las faltas de ayer.

Finalmente están quienes portan uniforme militar, un grupo con el cual, a diferencia de los dos anteriores, el sumo pontífice de la T4 ha decidido compartir el poder y, en buena medida, entregárselos para gobernar juntos.

No importa cuánto tiempo se haya sido militar o a cuántos de los “corruptos gobiernos del pasado” se haya servido: el uniforme constituye una suerte de manto sagrado cuyo uso inmuniza frente a cualquier tentación y convierte a quien lo porta en una suerte de héroe patrio.

Si se pertenece a cualquiera de los grupos antes señalados, todos los actos personales, pasados y presentes –incluso los futuros– se encuentran absolutamente justificados, bendecidos. ¡Y el propio Presidente se encargará, llegado el caso, de hacérselo saber al pueblo!

Porque si mister “Yo Siempre Tengo Otros Datos” te ha escogido como compañero de viaje, entonces puedes ser corrupto, puedes incurrir en todas aquellas conductas a las cuales este gobierno dice haberles declarado la guerra y en cada misa mañanera se compromete a erradicar.

El ejemplo más reciente de ello es el del general Salvador Cienfuegos, exsecretario de la Defensa Nacional durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, al cual nadie duda en calificar como uno de los más corruptos, pese a lo cual el militar ha sido defendido con todo el poder del estado mexicano frente al “intento de injusticia” del cual fue víctima a manos del perverso gobierno de Estados Unidos.

Cienfuegos sirvió como alto mando militar no solamente en el gobierno de Peña Nieto, sino también en los de Calderón, Fox y Zedillo, al menos, pues su trayectoria en el Ejército es larga y sólo se llega a la máxima posición del organigrama recorriendo las casillas previas.

Pero como es militar, y el Ejército es el compañero favorito de viaje de López Obrador, entonces deben pronunciarse a su favor encendidas frases en las cuales se ponga por delante el estado de derecho, la presunción de inocencia y la expresión de un compromiso indeclinable con la justicia.

El costo puede ser a la postre altísimo para el país, pero para eso nuestro redentor tabasqueño cuenta con el respaldo del pueblo cuya voluntad era, es y será rescatar, sin reparar en gastos, a todo aquel a quien su manto bendito ha cubierto de pureza, castidad e inocencia.

ARISTAS

El abogado penalista Gerardo Pérez Pérez lo advirtió en una conversación el jueves pasado: es necesario leer la “letra chiquita” del acuerdo establecido por el Gobierno de México para rescatar al general Cienfuegos: el retiro de los cargos en Estados Unidos no equivale a una exoneración, sino solamente a una “suspensión temporal” de la persecución en su contra.

De acuerdo con las reglas del procedimiento criminal estadounidense, la Fiscalía puede retirar los cargos “sin reservas” o “con reservas”. Si se hace esto último el proceso puede ser reactivado en cualquier momento. Y en el caso de Cienfuegos, el desistimiento fue “con reservas”.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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