Son tiempos difíciles para (el) ser humano.

La sociedad digital y globalizada en la que vivimos nos ha facilitado mucho la vida: controlamos la gran mayoría de nuestras actividades cotidianas a través de los dispositivos que llevamos con nosotros en nuestros bolsillos. O, como mucho, en nuestra mochila. Tenemos el mundo al alcance de un clic.

Esto nos permite ahorrar más tiempo y en el mismo laxo de tiempo en que antes realizábamos una actividad, ahora ya estamos en condiciones de realizar cuatro o cinco de ellas. Sin embargo: ¿cuál es el precio que estamos pagando?

Pensemos en la comunicación. Aunque, según algunos, yo entraría en la categoría de los millennials, recuerdo muy bien el significado de escribir una carta, con pluma y tinta. Así como tengo el vivo recuerdo de la emoción que sentía cuando pasaba el cartero y traía correspondencia para mí.

Ahora, de la bandeja de salida de mi correo electrónico salen cada día un promedio de 50/60 correos, más decenas y decenas de mensajes de WhatsApp y de Messenger, la mayoría de los cuales no se construyen en una reflexión profunda. Son mensajes de comunicación instantánea, fácilmente digeribles para quien los escribe y para quien los lee.

Pensemos en las relaciones familiares y sociales. Antes, las reuniones familiares y entre amigos eran la ocasión para poder compartir con las personas queridas nuestras vidas, nuestras emociones, nuestros desencantos.

Ahora, un mensaje de WhatsApp es más que suficiente. O quizás podemos pasar horas chateando en las diferentes plataformas, comentando posts en Facebook y poniendo like a las fotos de Instagram. Pero en hacer esto a lo mejor descuidamos a esa persona que tenemos en frente, que quizás solo está esperando que la miremos a los ojos, que percibamos su felicidad o su tristeza.

Estamos y no estamos. Estamos en un lugar, al mismo tiempo en otros diez y en ninguno.

Pensemos en nuestra dimensión colectiva. Estamos permanentemente bombardeas de miles y miles de noticias: de actualidad, de política, de deporte, etc. En las redes y en internet, unos algoritmos seleccionan para nosotros las noticias que, según lo que buscamos en Google, nos pueden gustar o disgustar.

Hay toda una estructura invisible que se dedica a la construcción del disgusto, del miedo, del prejuicio, de la ignorancia y de la intolerancia, mediante la circulación de noticias falsas, de insultos y ofensas graves. Son los empresarios de la deshumanización.

Hay personas detrás de estos algoritmos, que se dedican a construir realidades paralelas para que nos convenzamos de que los migrantes son los responsables de nuestra pobreza y de las crisis que viven nuestras sociedades: económica, social, política, de seguridad, etc.

Me parece que la situación que se está planteando es particularmente grave ya que el uso de las redes sociales y de la plataforma digital para este tipo de procesos genera unos efectos alarmantes. Desconocemos las reales consecuencias de este tipo de acción. Muchas noticias se viralizan en tiempos muy reducidos, a veces minutos, limitando nuestra capacidad de prever las consecuencias y plantearnos posibles remedios. Las consecuencias son impredecibles.

Si pensamos, por ejemplo, a la propaganda de odio nazi, nadie puede dudar que se trataba de una propaganda construida ad hoc para, por un lado, justificar el régimen y, por el otro lado, legitimar el exterminio de los judíos.

La propaganda de odio y de deshumanización contemporánea no tiene un objetivo determinado: si el objetivo del odio nazi eran los judíos, juntos con los gays, los roma y unos grupos más, el objetivo del odio líquido en redes es igual de líquido y líquidos son sus efectos y consecuencias. Se odian a los negros, a los gays y a las lesbianas, a las mujeres, a los musulmanes, a los migrantes, a los gordos y a los feos. Se odia hasta a quien se limita a hacer su trabajo y tiene éxito.

Nos hemos convertido en seres tan chiquitos que el éxito de los demás nos genera un problema existencial y tenemos que destruirlo, como sea, independientemente del número de muertos que dejamos en el campo de batalla. Nuestra incapacidad de generar resultados positivos nos lleva a destruir los resultados de los demás. Si yo no puedo construir, destruyo lo tuyo.

Tópico de los prejuicios machistas contra las mujeres (perpetuado por las mismas mujeres) es que las mujeres con éxito y que llegan a posiciones de poder es porque se acuestan “con alguien”. Y si un hombre logra resultados en su actividad es “por corrupto”. Y hay miles de ejemplos como estos.

Y ni hablemos de la facilidad con la que circulan amenazas e injurias, sin que sea posible protección efectiva alguna. Es un odio silencioso, así como silenciosos son los gritos de sus víctimas: y cuando llegamos a escuchar ya es demasiado tarde. Porque estamos y no estamos.

Son tiempos difíciles para (el) ser humano.

La autora es Secretaria Académica de la Academia IDH.