Desamparados. Estamos quedando sin pararrayos celestes o figuras tutelares. Desamparados. No bien he venido poniendo el acento en esta saga de columnas en de verdad ver, otear y leer lo importante, para desgracia de todos, el pasado jueves 12 de abril murió el maestro Sergio Pitol de 85 años de edad en Xalapa, Veracruz. Aunque, había nacido en Puebla, él escogió a Veracruz como su tierra nativa a donde fue avecindarse y donde finalmente murió. Sin él, quedamos más desamparados y en orfandad, como nunca. Aunque en honor a la verdad, esta era su segunda muerte, fue su segunda muerte. Desde hace al menos cinco o seis años, Sergio Pitol estaba en cama y no tenía conciencia de nada a su alrededor. En palabras del narrador Armando Oviedo Romero, “ni supo cuándo le llegó la muerte”.

Oviedo tiene razón. Desde hacía al menos 12 años, el maestro luchaba contra una emperrada enfermedad degenerativa la cual lo fue secando de poco en poco y de trozo en trozo. De hecho, en 2006, cuando recibió el Premio Cervantes, fue evidente el inicio de esta enfermedad la cual lo empezó a meter en aprietos al hablar. Ya luego llegaría la afasia. El arrastrar penosamente un bolígrafo para dejar su firma en libros y apenas, con una huella, una señal, una palabra como dedicatoria. Posteriormente la cama, de la cual nunca más se paró. Ya no reconocía a nadie. Hoy los buitres (al parecer, su propia familia, aunque lejana pues. Como Charles Dickens, cuando tenía cinco años de edad, murió el padre, la madre y la hermana del escritor, por eso se fue a casa de su abuela a Xalapa, donde se crió) se ceban en los despojos de su vida: libros, medallas, reconocimientos, una caja fuerte cerrada en un banco; caja fuerte de la cual no aparecen las llaves y en fin, sus apuntes, libretas y afectos personales los cuales se evaporan desgraciadamente. 

Conocí al maestro Sergio Pitol, donde he conocido a la mayoría de este tipo de hombres de estatura: en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco. Eso fue en varios años, pero el encuentro más afectivo, fue el de 2010. Por varios motivos a saber los cuales aquí deletreó a trompicones. Ese año y deambulando en los pasillos atascados de libros, topé con el Premio Cervantes, autor de varios libros de perfección espartana, entre ellos, “El arte de la fuga”, “El viaje” y “El mago de Viena”. Ese día y por azares del destino el cual todo lo teje, sólo minutos antes había comprado bajo el sello de la Universidad Veracruzana el volumen “El volcán, el mezcal, los comisarios”, de ese ser atormentado y alcohólico hasta el final, Malcolm Lowry. Claro, en traducción del maestro Pitol. Por lo cual no dudé en saludarle y pedirle una firma en el libro recién comprado.

ESQUINA-BAJAN

Gentil, caballero, el maestro Sergio Pitol no sólo me dedicó una generosa dedicatoria la cual hoy atesoro, sino, esa ocasión, se puso a platicar por buen espacio de tiempo y en pleno corredor, sobre un libro suyo el cual es de cabecera en mi formación literaria, “El viaje.” Pero, en ese año, su habla era muy parca, siempre asistido por su acompañante. Hablaba en susurros, en balbuceos y cuando me firmó mi ejemplar, pedía indicación de su asistente sobre la letra a estampar; es decir, si era de frente o “al revés” la grafía de dicha letra, por ejemplo la “e” de Jesús. El temblor de esa mano se adivina en mi libro el cual el sabio maestro tuvo todo el tiempo en las suyas y yo acopio como un afiche invaluable. 

Ya luego, en viaje hacia la hermana República de Chiapas, y para no perder mi espalda en los autobuses y su lento trajinar de tiempo y espacio, decidí partir en tres episodios el viaje: de Saltillo a la ciudad de México, reposar unos días en sus bares y cantinas. Luego, de México a Xalapa, Veracruz por un día de descanso y de allí, hasta Tuxtla Gutiérrez. Bella ciudad, decidí quedarme a caminarla por dos días, aunque en la década de los noventa del siglo pasado, ya había estado en ella. En un restaurante de los clásicos allí, los meseros me platicaron de la siguiente estampa literaria, aunque ya casi extinta por ese entonces: “el maestro Sergio Pitol salía a pasear con sus perros, dos o tres, los cuales los sujetaba con correas a sus manos ya poco a poco entumecidas. Sonrisa aún en los labios, ya poco se le veía caminar al maestro”, me contaron en su ciudad aquella vez.

Debo de tener casi toda la obra de Sergio Pitol. Muchos hoy hablan de sus traducciones de autores de varias partes del mundo. El maestro Pitol traducía del inglés, húngaro, italiano, polaco y ruso con sobrada sabiduría. Yo la verdad, lo sigo prefiriendo en su obra de creación: sus ensayos los cuales se leen como novelas y sus cuentos y novelas en los cuales ensaya su erudición enciclopédica. Las fronteras de los géneros literarios se han abolido ya hoy y el maestro Sergio Pitol fue uno de los principales animadores de este derrumbe académico el cual nada o poco tiene de importancia en las letras y su creación cuando se apuesta la vida, como lo hizo el maestro políglota. 

LETRAS MINÚSCULAS

¿El mejor homenaje? Pues sí, leerlo y dudo mucho quien haya leído más de tres libros de él aquí en Saltillo. Regresaré con un tríptico.