Tal parece que sólo en nuestros sueños encontramos el alivio de las miserias para los que las sufren despiertos. Total, soñar no cuesta nada

Rosa Parks tenía el pecado original al nacer: ser de raza negra y, lo peor, hacerlo en el Estado de Alabama. Los blancos le harían pagar esa afrenta, y lo hicieron cuando la mañana del 1 de diciembre de 1955 en Montgomery, Alabama, ella subió a un autobús y se sentó en un lugar disponible. De inmediato, fue increpada por el conductor del vehículo que le ordenó se levantara para cederle el lugar a alguien de raza blanca, así lo establecían las leyes municipales. Ella se negó y fue encarcelada.

El caso lo conoció Martin Luther King Jr., entonces de apenas 26 años. Reverendo bautista, con un doctorado en Teología en la Universidad de Boston, el Dr. King era un luchador por los derechos civiles de la raza afroamericana en un país donde les negaban la dignidad y el respeto como personas y como pueblo.

Luther King se trasladó a Alabama para llamar a un boicot contra los autobuses. “No tenemos otra opción que la protesta. Han sido muchos los años de notable paciencia, hasta el punto de que, en ocasiones, hemos dado a nuestros hermanos blancos la impresión de que nos gusta el modo en que nos tratan”. Las protestas fueron pacíficas, pues no podían permitir que degenerara en violencia. “Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma”, decía el doctor King.

Su lucha continuó y, un año más tarde, logró que la Suprema Corte de Justicia prohibiera el sistema de segregación en los transportes públicos. Lo conseguido era apenas el inicio por la igualdad del negro para moverse, trabajar y educarse. 

Cuando le preguntaban a Martin Luther King cuándo estaría satisfecho, cuándo cedería en su lucha, él contestaba: “Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipi no pueda votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente”.

Luego vino aquella mañana del mes de agosto de 1963, cuando 200 mil personas se reunieron al pie del monumento a Abraham Lincoln, en la ciudad de Washington, para escuchar al doctor Martin Luther King Jr. pronunciar el discurso: “Tengo un sueño”, una arenga inolvidable que, aunque con menor intensidad, aún retumba en las conciencias de muchos.

“Sueño con el día en que esta nación se levante para vivir de acuerdo con su creencia en la verdad evidente de que todos los hombres son creados iguales. Sueño con el día en que mis hijos vivan en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por la integridad de su carácter. Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: que todos los hombres son creados iguales. ¡Hoy tengo un sueño!”

Al año siguiente del discurso, al presidente Lyndon B. Johnson no le quedó otra que promulgar la Ley de Derechos Civiles, que prohibía la segregación racial, la discriminación educativa y laboral. Martin Luther King obtuvo el Premio Nobel de la Paz, pero en su propio país, tipos como J. Edgar Hoover, director del FBI, lo consideraban un fraude, un corrupto, enfermo sexual y aliado de comunistas y radicales que buscaban desestabilizar con “tonterías” como la segregación. ¿Pero fue Martin Luther King Jr. un hombre perfecto, sin pecados? De ninguna manera, esas personas no existen.

De esto pasaron ya más de 50 años y, mientras tanto allá sigue el ataque a los afroamericanos en un país que se encuentra dividido como nunca. Y por aca en México, seguimos soñando –para lo cual hay que estar dormidos– con que un día se acabará nuestro “apartheid a la mexicana”. Uno con 50 millones de mexicanos en la pobreza, 10 millones indígenas, otros tantos discapacitados y un montón más de migrantes.

Soñando con un México seguro, igualitario y con justicia. Un país sin pobreza, con oportunidades de desarrollo, una nación solidaria. Pero tal parece que sólo en nuestros sueños encontramos el alivio de las miserias para los que las sufren despiertos. Total, soñar no cuesta nada. Aunque lo que no podemos olvidar es algo muy simple: si deseas que tus sueños se hagan realidad... ¡despierta!