Para resolver un problema debemos reconocer su existencia. Por tanto son absurdas las reticencias de los políticos profesionales a dos hechos: estamos en guerra y tenemos una tragedia humanitaria. 

En El deshabitado, Javier Sicilia detalla los infiernos recorridos por los damnificados de las guerras del narco. Con una honestidad poco común detalla sus introspecciones y reacciones a la ejecución de su hijo, en marzo de 2011, por criminales tolerados por el Estado. El poeta se detiene poco en los perpetradores y se lanza contra la raíz del problema: “la corrupción del sistema y de una buena parte de la sociedad”. 

Personaliza la responsabilidad del Estado en Felipe Calderón Hinojosa, el presidente que sacó al demonio de su jaula. Lo considera “mediocre”, “visceral”, “maquiavélico”, “bravucón”, “vulgar” y “puritano”; denuncia que intentó cooptarlo ofreciéndole cargos y becas por medio del cuñado, Juan Ignacio Zavala; le reprocha la falta de empatía y compasión hacia su hijo y las víctimas. 

Sicilia desmenuza los efectos de la tragedia en sus relaciones. La parte más conmovedora es la interacción con su hija que le reprocha las ausencias y el ponerles en riesgo por andar luchando por “causas perdidas”, pero termina confesándole que está orgullosa de las luchas de su padre. También destacan sus vivencias con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), un organismo determinante en rasgar los sudarios de silencio que escondían a un país lleno de víctimas. 

Sicilia zarandea a los políticos profesionales. La excepción es Margarita Zavala de quien alaba la “sencillez de sus modales”, la “bondad natural” y la “transparencia de alma”. Con estos adjetivos en mente leí Margarita, mi historia, donde ella confirma que quiere “ser presidenta de México”. El libro es un cortejo a sus electores. Se presenta como una católica, madre y profesora ejemplar que usa “aretes de jarrito y rebozos”; subraya su vocación de servicio, su pasión por los derechos humanos y su apuesta por la equidad de género; presume de haber “recorrido el país varias veces” y de que, “como esposa del presidente conocí el mundo entero”. Insiste en ser independiente y pone como muestra que jamás se cuelga el “de Calderón”. 

Evade con determinación la parte más incómoda de su biografía personal y política: su papel como esposa de Felipe Calderón. Fue discreta, es cierto, pero también fue la confidente y asesora de un presidente polémico. ¿Aprobó o criticó su estrategia bélica y su trato a las víctimas? Cuenta anécdotas sobre lo que hizo en unos cuantos casos (Villas de Salvárcar y la Guardería ABC, por ejemplo), pero no hay una reflexión de fondo sobre el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad o sobre Javier Sicilia. La omisión importa porque participó en todos los encuentros del poeta con Calderón. 

Para diferenciarse de su marido tendrá que esclarecer ese ángulo y aclarar, por cierto, cómo piensa acercarse al México maltratado. En el libro incluye 26 fotografías. En todas aparece sonriente, en la mayoría está junto a reinas, primeras damas y mandatarias. Presume de su cercanía con las élites, pero en ningún momento aparece con las víctimas. 

Con esos gestos termina comportándose como la mayoría de los gobernantes mexicanos; incapaces de ponerse en el lugar de quienes sufren o de reconocer abiertamente la responsabilidad de las instituciones del Estado. Ningún presidente ha tenido el gesto de pedir una disculpa por el papel jugado por el Estado en la violencia política o criminal. En tragedias humanitarias como las que vivimos, es inaceptable que quienes aspiran a la presidencia se escabullan a la hora de las definiciones. Margarita Zavala nos debe un libro o un posicionamiento sobre su sexenio en Los Pinos y sobre estos temas. Una obra tan transparente como su carismática sonrisa. 

Confrontemos el pesimismo dejado por 10 años de guerras, ineptitudes y corrupciones amparándonos en el optimismo de la voluntad. Sicilia reproduce una frase de Lorenzo Meyer sobre el MPJD: “Un día, cuando esto termine, la historia dirá que en la época más oscura de la nación hubo hombres y mujeres buenos”. Mi deseo para 2017 es que los “buenos” enfrenten el galope desbocado de los cuatro jinetes de nuestro Apocalipsis: la desigualdad, la corrupción, la mediocridad de los gobernantes y la violencia. 

Twitter: @sergioaguayo