El 17 de junio de 1867, faltando dos días para su muerte, Maximiliano, descendiente de los Habsburgo –linaje que dio al mundo a personajes como María Teresa la Grande, emperatriz de Austria; Carlos V, rey de España y emperador de Alemania y América; Felipe II, rey de España, Portugal y América; Francisco José I, emperador de Austria y rey de Hungría–, se preguntaba por qué todo había salido tan mal. Preso en el convento de Capuchinas en Querétaro, Maximiliano había sido derrotado por las tropas juaristas. Terminaba la Guerra Civil y triunfaba la República.

Casi un año antes, Carlota de Bélgica, emperatriz de México y de América, como se hacía llamar, viajó a Europa para suplicar y luego exigir a Napoleón III el cumplimiento del Tratado de Miramar, en que le ofreció a su esposo el trono de México. Pero las cosas habían cambiado y el emperador de los franceses había decidido abandonar a Maximiliano a su suerte. Luego Carlota obtuvo una audiencia con el papa Pío IX para pedirle su intervención y salvar el mandato de su marido.

Pero el pontífice le reclama que Maximiliano hubiera decidido mantener la Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos, la Ley de Matrimonio Civil, la Ley Orgánica del Registro Civil o Ley sobre el Estado Civil de las Personas y la Ley sobre Libertad de Cultos, lo que conocemos como las Leyes de Reforma, que habían acabado con el dominio del clero católico sobre la sociedad mexicana, por lo que la respuesta fue “no”. Maximiliano se había quedado solo.

Pasaron los meses y en México el austriaco se traslada a Querétaro donde sus tropas resisten algunos meses hasta que son sitiados. Se rinde ante el general Mariano Escobedo a quien entrega su espada imperial y es hecho prisionero.

Todo esto lo narró con maestría el escritor Fernando del Paso en su novela “Noticias del Imperio” (Editorial Diana 1987). Yo pude leerlo en 1988, gracias a don Mariano López Mercado, uno de los últimos políticos cultos y educados que tuvo Coahuila. Don Mariano leía a Del Paso y cuando le pregunté sobre el contenido de esa obra me dijo: “Ten, te lo presto por una semana”, al terminarlo te invitó un café y me dices qué te pareció.

Entendí que se trató de uno de los episodios más apasionantes, bizarros y extraños en la historia de nuestro apasionante, bizarro y extraño País. La trágica y efímera aventura del archiduque Maximiliano de Habsburgo, quien aceptó el trono de México bajo el nombre de Maximiliano I y su esposa la archiduquesa Carlota “su majestad Imperial la emperatriz Carlota”.

Que al triunfo de la República vino una de las decisiones más difíciles para Juárez: ¿Qué hacer con Maximiliano? Al final de cuentas era un Habsburgo, el hermano de Francisco José I, emperador de Austria y del Imperio austrohúngaro que aunque molesto con Maximiliano por haber aceptado la locura de venir a México, la sangre llamaba.

Las peticiones para otorgar clemencia a Maximiliano vinieron de casas reales europeas, legisladores de los Estados Unidos y hasta del escritor francés Victor Hugo, quien en una carta dirigida a Juárez le dice: “La América actual tiene dos héroes: John Brown y usted. John Brown debido a que murió por la esclavitud. Usted, debido a que ha hecho vivir la libertad. Ahora, muéstreles su belleza. Después del estallido, exhiba la aurora. El cesarismo que mata, muestre al pueblo que reina y se modera. A los bárbaros, la civilización; a los déspotas, los principios. Juárez, haga que la civilización dé ese paso trascendental. Juárez, es tiempo de abolir la pena de muerte en toda la faz de la Tierra. Será esta, Juárez, su segunda victoria. La primera, vencer a la usurpación, es grandiosa; la segunda, perdonar al usurpador, será sublime”.

La carta llegó a manos del héroe de Guelatao el 20 de junio de 1867. Un día antes, Maximiliano había sido fusilado en el Cerro de las Campanas. Su cadáver embalsamado y enviado en un ataúd de madera de pino abordo de la fragata “Novara”, la misma que lo había traído a México. El cuerpo llegó al Castillo de Miramar el 16 de enero de 1868 y actualmente está en la cripta Imperial de los Habsburgo, en Viena. La emperatriz Carlota vivió loca en el Castillo de Bouchout, en Bélgica, hasta el año de 1927, esperando “noticias del imperio” que jamás llegaron.

@marcosduranf