Su llegada fue anunciada por una deidad divina, un ángel. Dios mismo era su padre, el cual realizó el milagro de que la virgen, reina de los cielos, concibiera a su único hijo. Fue concebido en marzo y nació en el mes de diciembre, en el solsticio de invierno. Su nacimiento se festejaba con una procesión en donde se visitaba el sitio en donde se creía que su madre había tenido el alumbramiento. Su símbolo principal era una cruz.

A la edad de 12 años dejó sin palabras a los escribas; su elocuencia y sabiduría lo hicieron considerarlo un niño prodigio. Su nombre y su leyenda crecieron e incluso se dice que revivió aún muerto. El hijo de Dios tenía 12 ayudantes a quienes dijo que su papel en la tierra era el de interceder ante su padre para salvar las almas de los hombres en la hora del juicio final.

Fue asesinado un viernes, sepultado, embalsamado y resucitado al tercer día, según las escrituras egipcias. Se trata de la historia de Osiris, faraón egipcio que reinó hace más de 4 mil 500 años, varios miles de años antes del nacimiento de Jesús.

¿No me cree? Lea esta historia, la de la Epopeya de Gilgamesh, de origen sumerio que habla del diluvio universal y la construcción de un arca que habría salvado al hombre y a las especies animales que subieron a la embarcación de dos en dos. El relato escrito hace alrededor de seis milenios sucedió en lo que hoy conocemos como Irak, la antigua Mesopotamia.

La inundación de la Epopeya de Gilgamesh es un descubrimiento arqueológico que quedó inscrito en tablas de piedra y que mencionan que esto ocurrió alrededor del año 3 mil 300 a.C. Varios miles de años antes de que se escribiera el libro del Génesis, que cuenta la historia de Noé y su arca.

¿Y qué me dice del supuesto éxodo masivo de israelitas huyendo de la esclavitud egipcia? Nada, la historia de uno de los pueblos que mejor documentada dejaron su evolución, como fueron los antiguos egipcios, no menciona una sola palabra de lo que dice la Biblia acerca de los 600 mil hebreos cruzando el mar Rojo. No hay una sola evidencia científica, encontrada por la arqueología, que logre comprobar de menos alguna parte de esta dramática historia. No hubo tal heroísmo de Moisés ante Ramsés. Tampoco existieron las 10 plagas de Egipto.

Durante los últimos cuatro siglos, varios expertos se habían hecho la siguiente pregunta ¿Quién escribió la Biblia? La mayor parte de los investigadores serios de estas historias o leyendas, afirman que una buena parte de los textos bíblicos son compilaciones de antiguas historias judías y babilónicas. Moisés y Jesús son quienes se llevan la peor parte.

A Moisés se le reconoce como el autor del libro Pentateuco, pero nadie puede entender cómo fue que escribió el Deuteronomio en donde describe ¡Su propia muerte! Luego viene Jesús, de quien ya se ha escrito hasta el cansancio que buena parte de su vida, descrita en lo que llaman sagradas escrituras, está llena de historias que ya habían sucedido en otras culturas.

A esto se le conoce como sincretismo, en este caso religioso; un fenómeno que significa la unión de creencias, tradiciones, mitos y ritos. Una religión toma leyendas, mitos e historias de otra, las adapta y las hace suyas. No existe una sola religión en este mundo que no lo haya hecho, que no lo haga. No hay una sola iglesia original, pues en todas se puede encontrar la mezcla de tradiciones, de creencias antiguas. La adaptación para ganar fieles, para gobernar las conciencias de los humanos, ávidos de encontrar una respuesta a nuestra soledad en la tierra.

Se trata de los esfuerzos a veces planificados, en ocasiones obra del azar y de las circunstancias, para impulsar una nueva religión, una que unificara a todas. Para eso se necesitaban milagros, mitos y leyendas y, por supuesto, de hombres y mujeres que las creyeran. Del sincretismo se pasó al pragmatismo y en ocasiones al oportunismo religioso. Con mucha razón el escritor español Jaume Perich dice que la religión sirve para ayudarnos y consolarnos ante unos problemas que no tendríamos si no existiese la religión.

@marcosduranf