Tiempos sin rumbo nos asisten. Perdidos y sin brújula, tal vez el Apocalipsis jurado y escrito por Juan, el de Patmos, sea hoy y nunca mañana. Si usted cree en ese libro de libros llamado Biblia, pues entonces no duda de lo siguiente: el mundo nunca, jamás se va acabar. Así lo dicen sus versos. Hay varios parágrafos, pero hoy viene a mi recuerdo el siguiente: “(Jehová) Se levantó y midió la tierra… sus caminos son eternos…” (Habacuc, 3:6). Usted y yo nos vamos a morir, sin duda alguna (y es para bien, nunca para mal. No le tenga miedo a la muerte señor lector. Es aquel famoso beso de la flaca, el cual en una melodía al parecer la canta “Juanes”, al menos pide uno y daría todo a la mano posible por ese sólo beso). ¿Algo por hacer mientras esto llega en el calendario? Pues sí, una ocupación hoy desafinada: vivir.

Sólo eso: vivir y vivir bien. A todo tren, de ser posible. Tal vez haya (se “ocupa”, tal vez se “ocupe”, como dicen los disléxicos y afásicos regios, en una muletilla de lenguaje ubicua) necesidad de leer puntillosamente el Apocalipsis del maestro Juan. Hay necesidad de leer dicho texto y reflexionar sobre este tiempo. Tal vez el fin de los tiempos (de nosotros, claro) los cuales nos asisten, son para dar paso a otros tiempos y otras tramas. Apocalipsis también en su etimología no sólo es el fin de los tiempos, un cataclismo cósmico o una guerra nuclear como el Armagedón final. No. Apocalipsis también es quitar el velo, desvelar aquello oculto. Quitar una cubierta. Y está cubierta es precisamente la cual nos afecta a la humanidad hoy en día: los chinos y su bacilo de espanto nos quieren de rodillas o de plano, muertos. Pero, antes de morir, nos tienen con miedo, confinados, encarcelados dentro de nosotros mismos.

No señor lector. No cumpla al pie de la letra eso. Viva. Y al vivir, desarrolle usted un buen y sano optimismo… pero no al estilo de Pollyanna. No se vuelva usted o no desarrolle el “Síndrome de Pollyanna”. Conducta patológica la cual los gurúes de la comunicación asertiva, magos de la superación personal, profesionales del coaching, graduados de la psicología positiva y un largo, largo etcétera, tratan de vender como estampitas católicas milagrosas (fetichismo, pues). Recuerde usted: hasta el dictador de Andrés Manuel López Obrador, presidente de Morena, las guarda en su cartera y tiene su mantra primitivo al respecto: “detente fuerza maligna…”

Muchos comentarios me han llegado con la finalidad de seguir desarrollando el tema planteado en el “Café Montaigne 178” del pretérito sábado en estas generosas páginas de VANGUARDIA. El “Síndrome Pollyanna” es aquella conducta patológica extrema donde se sublima lo positivo, un optimismo exacerbado el cual nubla la percepción de las personas y les impide ver en su justa dimensión (no quieren enfrentarse) la realidad y sus acotamientos y hechos. A esta conducta patológica también se le llama padecer pollyannismo.

ESQUINA-BAJAN

Al parecer, hoy todo mundo es hijo de Pollyanna. Todo mundo quiere ser hijo de esa niña huérfana de 11 años la cual todo lo ve rosa y con una alegría y ensueño desbordante. El libo, la novela de Eleanor H. Porter la leí en su momento. No la tengo en mi biblioteca ya. Imagino está de gratis en Internet. Pero como a mí ni me va ni me viene esa ancheta cibernética, pues no sé ni he consultado si está disponible y de “grapa.” Con un amigo el cual tiene un bazar de antigüedades en Monterrey, he conseguido una edición, digamos escolar, un resumen de dicha novela. La edición es para una editorial española llamada “Servilibro”, la edición tiene 130 páginas, pero insisto, yo recuerdo una edición más voluminosa. En fin.

La niña de once años toda situación catastrófica la ve desde el lado positivo, optimista y bueno. Le voy a poner va riso ejemplos los cuales están descritos en la novela, luego los trasladaremos con ejemplos recientes y los mutaremos a esta realidad apocalíptica y desquiciante la cual nos asiste. La tía de Pollyanna ¿no come helado por tacaña y amargada? Pues hay un lado positivo: así se “evita dolores de estómago.” La señora Snow está tirada de tiempo completo en la cama aquejada por una emperrada y rara enfermedad. Cuando Pollyanna la vista, la anciana se lamenta de no haber pegado el ojo en toda la noche, a lo cual la huérfana le contesta: “No debe lamentarlo demasiado… se pierde tanto tiempo durmiendo… Mientras se duerme no se vive.” Al señor Pendleton de la novela se le rompió una pierna. Cuando éste se queja frente a la niña, ella dice: debería de alegrarse y agrega, “Piense que podía haberse roto las dos.”

Estimado lector, vamos a practicar el juego de la dulce niña. Vamos a pegarle a la patología y mamada de los gurús de la superación personal y ver y ser positivo y optimista donde nada más hay sombras y apocalipsis por llegar. Comenzamos: Andrés Manuel López Obrador recortó el presupuesto de salud federal en 0.9% con respecto al año pasado. Tenemos más de un millón de contagiados por COVID-19 y más de cien mil muertos en el panteón (cifra oficial). No hay presupuesto federal para pruebas del coronavirus, no hay presupuesto para el tratamiento del cáncer infantil, no hay presupuesto para las mujeres con cáncer de mama, no hay presupuesto para vacunas para los niños recién nacidos… Vea usted el lado positivo como Pollyanna: todo el país va a volver a usar la herbolaría, las hierbas medicinales como cura para sus males. Volveremos a tiempos de los aztecas y huachichiles…

LETRAS MINÚSCULAS

A usted lo atropellan, pierde sus dos piernas. ¿Hay algo positivo? sí, algún día tuvo piernas y eso debe de darle alegría. Según Pollyanna: recordar sus dos patas las cuales en su momento le movieron libremente, es una alegría. ¡De locos!