No solo en el Occidente actual, sino en todo el orbe, los ecos del clasicismo grecolatino continúan reverberando. La filosofía de Platón y Aristóteles sigue habitando el pensamiento moderno como germen primigenio, como sustancia matricial de la cual emana todo sistema de razonamiento. En el arte también podemos verificar las reminiscencias genéticas de los antepasados helénicos y latinos: en las obras de teatro modernas podemos intuir la presencia de Sófocles tras las cortinas; la arquitectura está plagada de guiños dóricos, frigios y romanos; la escala musical de doce sonidos, que ha reglado la música durante tantos años, se forjó en la expresión de los antiguos pueblos de Grecia y en el crisol pitagórico de las proporciones numéricas; fuerza especial tienen los mitos del panteón griego y romano, tanto, que la literatura de nuestro siglo lleva perfumes homéricos. Los ejemplos de las resonancias del clasicismo son ingentes, y los lectores conocerán muchos de ellos. Ahora quisiera dirigir mis letras hacia una interesante simbiosis artística que los ecos clásicos propiciaron hace 330 años. 

De los poetas latinos, Virgilio logró la apoteosis: cantó como ninguno, por eso se convirtió en canto. Dante fue el artífice de esta sublimación cuando llevó al mantuano a los tercetos de su Commedia. Desde entonces Virgilio es, además de poeta, poesía. Más de un milenio y medio después de que la Eneida viera la luz, Orfeo renació en Inglaterra. Me refiero a Henry Purcell, compositor que por su descollante talento fue comparado con el héroe Tracio que descendió a los infiernos en busca Euridice, y que logró penetrar hasta el corazón del reino de los muertos gracias al poder de su música. Pues bien, Purcell, llamado el Orfeo Británico, puso en música el relato del canto IV de la Eneida, logrando —con el texto de Nahum Tate— una obra maestra: Dido & Æneas.

Estrenada en Chelsea en 1689, en esta ópera se cuenta la tragedia del héroe troyano Eneas, hijo de Venus, quien  naufragó en las costas de Cartago, y de la reina Dido, quien naufragó en el corazón de Eneas. El amor es mutuo  y  la alianza entre una reina y un descendiente de los olímpicos parece propicia, pero si algo caracteriza a la narración clásica es la insistencia sobre el destino y su carácter inexorable: “…nadie considere feliz a quien todavía tiene que morir…”, podemos leer en los últimos versos de Edipo Rey. No es de extrañarse, entonces, que en Dido & Æneas el destino irrumpa despiadado. Y es precisamente en este punto donde el argumento clásico da el giro inglés: mientras que en la Eneida son los dioses quienes alejan al héroe de su reina, en la ópera de Purcell son las brujas quienes se encargan de fraguar su separación. 

Shakespeare ya había sancionado lo brujesco como un elemento del drama inglés; elemento que, por supuesto, se fundamenta en el folclor británico. Tres brujas agoreras aparecen en Macbeth; tres brujas son las que tejen el destino de los amantes en la ópera de Purcell. Pero aún este giro inglés se revierte al clasicismo, pues no es casualidad que en el panteón griego sean también tres mujeres, Cloto, Laquesis y Átropos —las Parcas o Moiras—, las tejedoras de los destinos de los mortales. 

En cuanto a la música, el cromatismo de Purcell acrecienta la fatalidad del libreto, y su potencia rítmica otorga brillo a los números de danza (que en esta ópera son imprescindibles). Por otra parte, su genio melódico se despliega de principio a fin con líneas musicales que dibujan con maestría lo sensual, lo profundo, lo luminoso y lo trágico… Los mismos adjetivos podrían atribuirse al trazo de los versos virgilianos. 

Dido & Æneas es un buen ejemplo de mezcla de linajes artísticos que renueva y al mismo tiempo da fuerza a los ecos grecolatinos. Es esta obra una exquisita refundición del canto de Virgilio en el molde de la ópera del barroco inglés, forjada por uno de los habitantes del Olimpo musical: Henry Purcell, el Orfeo Británico.