"… En una de mis excursiones, subiendo los escalones de un palacio de mármol, 

pensé en la costumbre china de vendar los pies. 

No tengo idea de por qué se me ocurrió esa cruel práctica. Tal vez me dolían los pies. 

Todavía subiendo por la escalera, fui a dar con otro pensamiento inquietante:

 al tiempo que las zapatillas de punta realmente mejoran la capacidad expresiva de la bailarina, 

los maestros de ballet diseñaron una manera de vendar el cerebro".

Gelsey Kirkland

 

Anteriormente comentamos sobre la aparición de la zapatilla de punta y cómo se convirtió en ícono de la Danza Clásica, y con esto, en el sueño de muchas niñas que se acercan al Ballet.

Mencionamos también las múltiples interrogantes que en torno a este tema aparecen, envueltas en mitos y verdades, sobre esta acción biomecánica de cargar el peso del cuerpo sobre los dedos de los pies, implicando 24 huesos, articulaciones, ligamentos y tendones; en una superficie de apenas ocho centímetros cuadrados.

La primera pregunta generalmente se refiere al momento adecuado para iniciar en el trabajo de puntas. Es  comprensible la preocupación de los padres debido a la exposición a múltiples riesgos de lesión que esta práctica antianatómica conlleva. No existe como tal una edad cronológica ideal para iniciar, obedece más bien al alcance de ciertos requerimientos de maduración del sistema osteomuscular y del sistema nervioso, (aunque suelen alcanzarse a partir de los 11 o 12 años de edad) principalmente el desarrollo propioceptivo de la correcta colocación y alineación conjuntamente con el acondicionamiento físico requerido en cuanto a la fuerza y resistencia muscular no sólo de pies y piernas sino de todo el cuerpo, así como el rango de flexibilidad del tobillo, el metatarso y los dedos.  Estos requerimientos demandan un entrenamiento de al menos dos o tres años en los que puede alcanzarse la base técnica sólida que permita subirse sobre las puntas sin riesgo de lesiones.

Además de los aspectos físicos, otro requerimiento escencial es el desarrollo de habilidades intelectuales e incluso emocionales, pues el trabajo de puntas es duro y puede llegar a ser doloroso, desilusionando a quien no está preparada para sus exigencias. Si bien es cierto que puede haber ampollas, y en algunos casos extremos, ocasionar cierta deformidad en los pies, también es cierto que con el trabajo adecuado pueden disminuirse los riesgos de cualquier lesión en esta actividad que por sí misma implica cierto grado de agresión corporal. 

La orientación del maestro comienza desde la elección del calzado adecuado, analizando cada tipo de pie de sus alumnas. Actualmente existe en el mercado una gran variedad de marcas y modelos, cada vez más “ergonómicos” que pueden adaptarse a necesidades muy particulares en cuanto al ancho, alto y largo de la caja (la parte que sostiene los dedos); el grado de rigidez/flexibilidad de la suela, (el “alma” de la zapatilla que soporta los músculos y huesos plantares); el alto del talón, entre otras especificaciones. Lo ideal es que el maestro brinde acompañamiento y asesoría al elegir el primer par de puntas para una bailarina, cuidando que la talla ajuste perfectamente (sin dejar espacio sobrante que permita el roce que provoca las ampollas), considerando también el tipo de punteras que se usarán en caso de ser permitidas. La asesoría no termina con la adquisición del par de zapatillas, cuyo costo oscila entre los $800 y $3,000 aproximadamente; el maestro además deberá orientar sobre la forma en que deben sujetarlas, para permitir el ajuste que brinde soporte al tobillo sin obstruir la circulación sanguínea ni oprimir los músculos, tendones y ligamentos; posteriormente habrá que orientar sobre el cuidado de las zapatillas y su correcta ventilación, para prolongar su vida útil, así como identificar cuando por ser demasiado blandas deben ser sustituidas, pues también pueden provocar lesiones ligamentosas como esguinces, hasta tendinitis o fracturas por estrés de los huesos metatarsianos. Todo esto sumado a la estructuración de una clase correcta que se ejecute por lo menos dos o tres veces por semana, junto a la práctica regular de una clase completa de ballet (barra, centro y allegro), siempre cuidando de proporcionar al cuerpo el calentamiento y trabajo previo requerido.

En definitiva: iniciar en el trabajo de puntas puede ser una experiencia distinta para cada bailarina, todo dependerá de que reciba la correcta orientación de un profesional, para que durante sus formación adquiera las herramientas físicas, técnicas, cognitivas y emocionales que le permitan disfrutar su ejecución sobre el escenario, mostrando, al igual que la Taglioni hace casi docientos años: "… una ligereza que se alejaba de la tierra; si puede decirse así, ella danza por todas partes como si cada uno de sus miembros fuese llevado por alas".