Prefiero regresar a lo ya dicho, con la esperanza de que algo se quede por machacona insistencia, a dejar que las ideas y los reclamos legítimos caigan en el olvido. Todos lo sabemos y parece que no hay discusión al respecto, el núcleo central, el único e irremplazable núcleo de la democracia es: la deliberación. Tan sencillo como esto: sin deliberación no hay democracia.

Si queremos mantener ese núcleo sano y, por ende, nuestra democracia funcionando, lo primero que debemos hacer es aprender a discutir sin descalificar, a conversar sin agredir y a proponer sin acusar.

En la actualidad, no nos estamos enfrentando a cambios en nuestra era, sino estamos encarando un completo cambio de era. Estamos dejando atrás viejas reglas del juego donde las ideas se formaban con tiempo, las conversaciones se escuchaban y la opinión pública tardaba en gestar. Ahora, en cambio, en esta era digital, las conversaciones se leen, la opinión se forma en minutos y las ideas fluyen en cataratas interminables que son difíciles de discernir. Nuestra realidad virtual es mucho más rápida que las estructuras de nuestra política, que nuestra capacidad intelectual y que nuestras herramientas argumentativas. Cuando la realidad se muestra de esta manera, las discusiones y las deliberaciones, terminan siendo gritos, insultos y descalificaciones que sólo arrinconan a los más sensatos, engrandecen los dogmatismos y fortalecen a las más reacias formas de fundamentalismo.

Si no logramos aprender a poner orden en nuestra forma de discutir virtualmente, la democracia terminará por desmoronarse. Debemos entender que el exceso de participación desinformada (aunque efusiva y entusiasta) puede resultar contraproducente para ese nicho en el cual fundamentamos nuestro activismo: la democracia.

Eso ya se ha dicho, hasta el cansancio creo, en los últimos años. Sin embargo, las cosas no parecen mejorar. Por el contrario, ahora no nada más son los gritos, los argumentos sin fundamento y los 140 caracteres de inventivos insultos, pues resulta que también nos encontramos ante nuevos retos. Los que ni en los mejores sueños de Isaac Asimov se hubieran imaginado. Robots, verdaderos robots, que logran discutir a partir de sofisticados algoritmos, como si fueran personas reales. ¿Cuántos de nosotros no hemos terminando discutiendo en una red social con una inteligencia artificial? … y, sin saberlo.

Si esta clase de realidades, no nos hacen repensar las bases sobre las que estamos construyendo la deliberación pública y nuestra democracia, estaremos, más pronto que tarde, dándonos cuenta de que este sistema político, que tanto esfuerzo y sangre ha costado, ha desaparecido.

No es poca cosa la que digo, pues, aún los años pasados, sigue siendo completamente válida la sentencia de Churchill cuando decía que la democracia es el peor sistema que hemos logrado, a excepción de todos los demás que se han inventado.

La única forma de gobierno que nuestra imaginación nos ha permitido para asegurar la justicia, la igualdad y el bienestar social es, sin lugar a dudas, el democrático. Una democracia que hoy, por paradójico que parezca, encuentra a su peor enemigo, en aquellos a los que pretende servir: los ciudadanos.