El software y las apps son al celular lo que la Constitución y las leyes son a un país. Las apps controlan “fierros” y las leyes controlan “carne y sangre”. Ignorar esto es catastrófico. Entenderlo pudiera salvar a México. Lo escribo para que a mí no me reclamen.

El milagro de la información no es pequeño. El achurado de un CD no pesa y produce música. Un iphone cargado con decenas miles de canciones o videos pesa exactamente igual que uno vacío. Un microchip, del tamaño de una uña, puede almacenar todas las leyes del mundo y no pesaría ni más ni menos.

La información hace su magia porque re-arregla diminutas válvulas o compuertas. La microenergía eléctrica que pasa es amplificada millones de veces. Así se logra capturar y controlar energía suficientemente potente para controlar los “fierros” de una grúa o la “carne y sangre” de un humano. Una señal nerviosa no pesa, pero gracias a la amplificación permite levantar una pesa de 100 kilos a un atleta olímpico.

La idea de que la Constitución mexicana es un “librito” debe quedar en el pasado. La constitución es información que se introduce a los cerebros de miles o millones y les dice qué se vale hacer y qué no. Claro, a los gobernantes nacos, ese inmenso poder amplificador los puede volver locos; ese es el riesgo del poder amplificado.

Nuestro problema es que hay unos “softwares” mejores que otros, más efectivos, más eficientes. Nuestra Constitución o software social es sumamente ineficiente, al grado de ser ineficaz. Está lleno de “bugs” (viene de cuando cucarachas provocaban cortos circuitos) que la traban e impiden que el “cuerpo social” funcione suavecito y parejito.

El sistema operativo o software social más sencillo del mundo es el sistema de gobierno de los Estados Unidos. Los fundadores fueron genios no solo en lo individual, sino asombrosamente como ente colectivo. Acá, nuestra leyes supremas siempre terminaron llenas de parches y contradicciones, producto de los jaloneos izquierdistas. Unas “apps” descontrolan la maquinaria, otras la paralizan o descomponen.

La virtud del sistema americano es un lenguaje sencillo. Cualquiera entiende las reglas. 1.- Libertad de hacer, pensar y expresarse. 2.- Entre todos aprobamos lo ordenado y lo prohibido. 3.- El poder judicial resuelve quejas y fallas. 4.- De preferencia, no hay lonche gratis.

México mal copió el sistema operativo americano, como Windows mal copió a Mac. Los parches que los socialistas le han ido agregado –en nombre de la justicia social–resultaron contradictorios. Durante 100 años hemos tratado en vano de corregirla con parches sobre parches. Unos pa’llá, otros pa’cá. Con tanto tironeo, los programadores de ambos lados están perdidos. Ya no saben ni qué –ni hacia dónde– moverle.

Allá, el sistema se construye sobre la libertad individual como principio; es sagrada. Acá en cambio, nuestro software, aunque parecido, da más importancia el cuerpo social que al individuo. Resultado: las reglas se complican de inmediato, nadie las entiende y la confusión impide trabajar con eficiencia. Ejemplo, las diputaciones “pluris”.

Los parches que favorecen el “cuerpo social” han arruinado el software libertario que quisimos copiar. Son sistemas incompatibles. Uno es Iphone, el otro es Android. ¡No combinan!

El Windows Vista nunca jaló. Hacerle al hacker con el sistema operativo de un país es cosa seria. Millones de vidas arruinadas, por la amplificación o efecto cascada de las fallas. México siendo rico en todo, es pobre en desempeño.

Neófito en programación, Andrés es el campeón de introducir “bugs” a nuestro software social. Un ejemplo: amplificó el desorden al tirar el Metrobús Laguna mediante una consulta a gente acarreada. Otras ideas peor de inoperantes –como subsidiar ninis– proliferan día con día. Lo poco bueno del software social de 1917 está siendo desmantelado para peor.

Conclusión: todo software genera poder amplificador. Uno malo arruinó a Venezuela. En México, estamos pasando el punto de no retorno. (No sean malos, acusen recibo de esta advertencia).

javierlivas@infinitummail.com