Siempre tuve la curiosidad de conocer qué era y dónde estaba la fosa común.
Vaya usted a saber si por morbo o vaya usted a saber por qué,
Me parecía un lugar tan intangible.
Tan lejano.
Y hasta fuera de la realidad.
Y cuando lo conocí.
Que supe que existía,
Sentí como una suerte de tristeza, mezclada con piedad.
Quién iría cada 2 de noviembre a llorar sobre esa tumba multitudinaria.
Anónima.
La tumba de los sin nombre.
La tumba de los nadie.
Seguramente que nadie.
Y tenía yo el anhelo de conocer ese lugar.
No para llevar flores.
Ni para rezar una plegaria.
Simple y malamente, porque quería conocerlo.  
Por fin sucedió el año pasado, allá por finales de noviembre en que realizaba un reportaje sobre el laboratorio de genética forense de la Fiscalía.
Fue en el Panteón de la Paz, recuerdo.
Ese que está por la salida a Torreón.
Me imaginaba ver un gran cerro de tierra como tapando un gran agujero al final del cementerio.
Y me topé con una serie de tumbas sin lápida ni cruz, una junto a la otra, casi a la entrada de la necrópolis.
Encima de cada una un conjunto de números pintados burdamente sobre una barda.
Números, que seguramente serían muertos, cadáveres.
Que tremenda soledad reinaba en aquel sitio.
Y ese silencio que roía los huesos y erizaba la piel.
De quiénes serían aquellos despojos.
Quiénes estarían enterrados bajo esos montones de tierra.
Y cuáles serían sus historias.
Quién sabe.
¿Descansarían en paz?
¿A dónde irían a parar sus almas?
Tanta soledad me dio miedo.
Pero aun así me quedé contemplando aquel lugar por un rato.
No sabía si rezar o

Pero a quién le iba rezar.
Por el descanso de cuáles almas.
¿Y las familias de estos seres?
¿Dónde estaban?
Pensé mientras el polvo del panteón arrasado por el viento me golpeaba la cara.
Qué solos estaban aquellos muertos.
Sin cruz, sin flores, sin plegarias, sin lágrimas, sin nada, sin nadie

¿Por qué terminarían así?
En la fosa común.
Apilados con montones de cuerpos desconocidos.
Sin identidad.
Los muertos huérfanos de familias huérfanas.
Los muertos que nadie lloró, y que nadie vendrá a llorar el próximo 2 de noviembre.

Jesús Peña
SALTILLO de a pie