Artículos a menudo citados en listas que tienen como propósito prepararse para el apocalipsis en Nueva York, el 21 de abril de 2020. (Bobby Doherty/The New York Times)
Durante años, una de las subespecies que más burlas causaban en el ecosistema tecnológico era la de los preparacionistas de Silicon Valley. Siempre se oía hablar de ellos, esos hombres con empleos fáciles y paranoias complicadas. El desarrollador de juegos de 0,99 dólares con un kit de supervivencia, el capitalista de riesgo con un búnker en Nueva Zelanda, el administrador de la nube que aprende cómo cazar con arco para un futuro de sobrevivencia. Los preparacionistas estaban viviendo en un futuro lleno de abundancia en una región hermosa, pero parecía que lo primero que hacían con su dinero era prepararse para el Apocalipsis. 
 
Ahora, con la COVID-19, se sienten reivindicados. Porque lo están. Los programadores y fundadores de los que desde hace mucho se ha burlado la gente por acumular harina y papel de baño tenían toda la razón.
 
Con su respectivo cubrebocas y bañados en desinfectante, están oponiéndose a una prensa tecnológica que creen que se burlaba de ellos desde fines de febrero por dejar de viajar y no estrechar manos. Desde luego, también están invirtiendo en una serie de empresas emergentes relacionadas con la COVID-19. Y un blog ecuánime llamado llamado The Prepared, con artículos como “Lista de preparación de una catástrofe para principiantes” y “Motivos racionales por los que deberías prepararte para una catástrofe”, está surgiendo como la voz del movimiento.
Artículos a menudo citados en listas que tienen como propósito prepararse para el apocalipsis en Nueva York, el 21 de abril de 2020. (Bobby Doherty/The New York Times)
John Ramey, desde hace mucho emprendedor de Silicon Valley, comenzó el sitio en 2018.
 
“La gente se está dando cuenta de que las últimas décadas estables han sido una racha de buena suerte”, me dijo por teléfono desde algún lugar en las Montañas Rocosas. “Ahora es el coronavirus, pero las personas han estado observando cómo cambia el clima, la desigualdad, el capitalismo de fase tardía, y los sistemas posteriores a la Segunda Guerra Mundial que se desbaratan. Nuestras instituciones han errado”.
 
Una cosa es ver todo eso. Actuar en consecuencia es otra. El momento en que empezaste a prepararte para el coronavirus quizá se ha convertido en el nuevo punto de evaluación más popular en Silicon Valley. Darte cuenta de manera temprana era señal de que eres alguien que analiza de cerca a China, ignora los medios oficiales de información, así como las burlas, y sabes cómo analizar datos. 
 
¿Por qué en la cosmovisión tecnofuturista siempre hay un desastre cerca? Seguramente es relevante que la industria esté construida encima de una zona sísmica. Pero quizá también haya algo sobre generar dinero en un segundo, pues eso podría predisponerte a imaginar que también puede desaparecer en un santiamén.
 
Puede ser que, si pasas todo el día pensando en maneras de desbaratar un sistema, te das cuenta de lo fácil que es hacerlo.
 
Pero quizá la razón más importante podría ser que en Silicon Valley, las mejores personas se entrenan para estar felices de verse sorprendidas. Hay una sensación entre ellos acerca de que la Costa Este es el viejo mundo, conservador, que mira hacia el pasado. Pero en el mundo de las empresas emergentes, es genial descubrir que no tienes razón o que una suposición es errónea. Eso probablemente implica una oportunidad para generar dinero.
Aficionados idiotas o sobrevivientes implacables
 
Sam Altman, director de OpenAI, un grupo que estudia la inteligencia artificial, se convirtió en estandarte del movimiento preparacionista del área de la bahía de San Francisco después de que se publicó un artículo del New Yorker en 2016 en el que reconoció que reunía “armas, oro, yoduro de potasio, antibióticos, baterías, agua, máscaras de gas de las Fuerzas de Defensa Israelíes, además de tener un gran tramo de tierra en Big Sur al que puede volar”.
 
Actualmente no está en Big Sur, todavía no. Cuando lo llamé hace poco, aún estaba en San Francisco, donde ha estado trabajando con su hermano, Max Altman, para organizar un pedido al mayoreo de mil millones de cubrebocas de un solo uso provenientes de China.
 
Para Sam Altman, los primeros días del coronavirus capturaron una tensión que se ha desarrollado desde hace mucho entre los líderes tecnológicos y una prensa que consideran despectiva y demasiado negativa.
 
“La pregunta interesante no es ‘¿por qué Silicon Valley tenía razón?’, sino ‘¿por qué todos los demás estaban tan equivocados?’”, comentó Altman. “Una teoría es que se debe a que inicialmente era en su mayor parte la industria tecnológica la que decía que la situación era pésima, y a los medios parece gustarles decir que está mal lo que piense la industria tecnológica, sobre todo si con eso ganan algunos clics; se burlaron de la gente que sonó la alarma”.
 
En enero y febrero, observó cómo inversionistas prominentes de Silicon Valley —de manera notable Balaji Srinivasan, Paul Graham y Geoff Lewis— comenzaron a tuitear mucho sobre el coronavirus.
 
El 13 de febrero, cuando Vox publicó un artículo con el titular “‘Dejemos de estrechar las manos, por favor’: la industria tecnológica está aterrada del coronavirus”, muchos catastrofistas tecnológicos se enfurecieron, convencidos de que se estaban burlando de ellos, y de que el público no estaba escuchando. En ese entonces, gran parte de la cobertura noticiosa convencional dependía de la Organización Mundial de la Salud y de los mensajes del gobierno que desanimaban el uso de cubrebocas y menospreciaban los riesgos del virus.
 
Sin embargo, aumentó el número de preparacionistas tecnológicos. Un converso es Ari Paul, director de inversiones de BlockTower Capital, una firma de inversiones de criptomonedas, quien vio los tuits de Srinivasan y comenzó a acumular provisiones en febrero. “Compré unos guantes de nitrilo, un mes de alimentos, un mes de agua, y saqué algunos meses de efectivo”, me dijo Paul desde un lugar en la zona rural que no reveló. Ha comenzado a guardar un machete cerca de la puerta, solo por si acaso.
 
Y luego estoy yo. Durante años, consideré a los catastrofistas de Silicon Valley como una tribu local excéntrica, en el mejor de los casos aficionados idiotas, y, en el peor, separatistas de élite que fantaseaban con la idea de dejar que el resto de nosotros estuviésemos expuestos a la muerte.
 
Pero en enero, cuando comencé a darme cuenta de que los preparacionistas hablaban de manera especialmente preocupada sobre una suerte de neumonía en China, compré un poco de desinfectante. Después compré guantes y un par de cubrebocas. Encontré The Prepared y devoré sus consejos. El argumento central del sitio tenía sentido: prepararme significaba que ocuparía un lugar menos en el sistema de atención médica durante una crisis. Comencé a pensar en lo que daba por sentado. Era como un juego que jugaba de noche: tratar de imaginar cómo distintas partes de mi mundo podrían fallar y cómo podría seguir viva.
 
Poco después tenía un kit catastrofista. Adentro había medicina antigripal, linternas de minero, sardinas, guantes, antiparras, cinta adhesiva, una lona, una pistola paralizante Vipertek VTS-989 y algunos silbatos. Gracias a eso, he podido enviarles suministros por correo a mis padres, y pude darles gel antibacterial y cubrebocas de calidad a mis amigos. Terminé preparándome demasiado, así que doné los objetos adicionales a una clínica local.
 
Me he dado cuenta de que quienes primero se burlaron de los catastrofistas de Silicon Valley llamándolos alarmistas ahora tienen el instinto de llamarlos engreídos. En efecto, algunos de ellos lo son. Pero eso no cambia que ellos supieron que esta situación —o algo parecido— ocurriría.
 
¿Cómo adquiero un arma?
 
Hace casi una década, Ramey estaba viviendo en San Mateo, California, y trabajaba como director ejecutivo de iSocket, una empresa emergente de publicidad en línea. Un día, después de beber café con un colega fundador, Ramey abrió la cajuela de su auto, y sin querer reveló algo a lo que se refirió como su “Kit para llegar a casa”, lleno de cosas que podría necesitar si de pronto ocurría un desastre. (“Cosas básicas”, dijo: un kit de primeros auxilios, raciones de alimentos y agua, una radio, una herramienta multipropósito, un mapa, una brújula, cables de puente, una navaja para quitarle a alguien el cinturón de seguridad después de un choque).
 
Según Ramey, ese fue el momento que lo convirtió en “uno de los primeros preparacionistas que salió del clóset” en la comunidad de Silicon Valley. “Otros fundadores e inversionistas comenzaron a consultarme cuando lo necesitaban”, comentó. “Y me preguntaban: ‘¿Cómo armo un kit?’. Y después se quedaban callados y preguntaban. ‘¿Cómo adquiero un arma?’”.
 
Más tarde, Ramey comenzó a trabajar como asesor de innovación en la Casa Blanca durante el gobierno de Obama. Estuvo involucrado en la creación de la Unidad Experimental de Innovación de Defensa, un proyecto del Pentágono para mejorar vínculos entre el Departamento de Defensa y la industria tecnológica, antes una relación estrecha que según Ramey había empeorado. Desde ese entonces, el proyecto se deshizo de su etiqueta de “experimental” y se convirtió en una organización permanente dentro del Pentágono. Sin embargo, la experiencia de Ramey en el gobierno no le dio seguridad en torno a la capacidad del país de soportar una crisis.
 
“Tenía la creencia ingenua de que hay salas llenas de personas inteligentes que trabajan en los problemas esenciales que enfrentamos, y, en cuanto entré a esa sala, me di cuenta de lo equivocado que estaba”, dijo Ramey. “Literalmente aún ejecutaban nuestros códigos nucleares en discos flexibles”.
 
Cuando Donald Trump resultó electo a la presidencia, Ramey decidió que era hora de prepararse seriamente para una catástrofe. En 2016, se mudó del área de la bahía de San Francisco a un terreno en Colorado. Quería que se transmitiera el mensaje.
 
Sintió más que nunca que todos los estadounidenses debían prepararse. Pero primero debía enfrentar las percepciones populares sobre los catastrofistas: se cree que son personas rurales, muy conservadoras y extremadamente paranoicas, quienes alistan sus búnkeres para un ataque nuclear sorpresa o el Apocalipsis.
 
“Tan solo para averiguar cómo armar un kit para sismos, debías escuchar a alguien hablar de cómo Hillary Clinton se robaría a los hijos de las personas”, comentó Ramey.
 
Quería que el entorno de los catastrofistas fuera más acogedor para los cosmopolitas: personas urbanas, liberales, preocupadas por el cambio climático y la inestabilidad social, temerosas de que el gobierno de Trump agrave los problemas o genere una crisis.
 
Al principio, Ramey publicó consejos en textos compartidos en Google Docs. Cuando eso se volvió poco manejable, comenzó The Prepared y trajo a Jon Stokes, uno de los creadores del sitio de noticias tecnológicas Ars Technica. “En mi propio círculo, existía la idea de un tipo de ruptura en la que algo que de manera generalizada no se esperaba que fuera posible, de pronto ocurre”, dijo Stokes acerca de la elección de Trump. “Y, sabes, la gente pensaba: ‘Bueno, quizá el mundo ya no funciona como lo pensaba”.
 
Ramey describe la audiencia de The Prepared como “preparacionistas racionales”. Son personas a las que les gusta calcular los riesgos y abordar la preparación como si fuera un juego. El contenido, dijo Ramey, inevitablemente atrae a los que se oponen a las vacunas, pero los moderadores tratan de eliminarlos del sitio, conscientes de que a su tribu no le gustan las teorías de conspiración sin fundamentos. Muchos de los lectores de Ramey preferían prepararse discretamente para no parecerles excéntricos o paranoicos a sus amigos y vecinos.  
 
El coronavirus cambió esa situación y convirtió al catastrofismo en una tendencia convencional. The Prepared ha cuadriplicado a su personal; antes contaba con tres empleados y ahora son doce. Los inversionistas incluyen a los cofundadores de LivingSocial, Square, el creador de Google AdSense y Coinbase, así como los primeros ejecutivos de Facebook y Twitter.
 
‘Van a venir por nuestra comida'
Jon Stokes, editor adjunto de una guía en línea para catastrofistas, “The Prepared”, y sus hijas mantienen encendida una fogata con una cerbatana en su hogar en Georgetown, Texas, el 10 de abril de 2020. (Tamir Kalifa/The New York Times)
Incluso mientras los despidos afectan a las empresas emergentes, muchos ven en el caos una oportunidad para construir.
 
Los inversionistas han estado cazando empresas emergentes que quizá crezcan gracias a la pandemia. Un prominente ejecutivo de una red social me dijo que el virus traería cinco años de cambios en cinco meses. Los médicos que se habían resistido a las consultas remotas ahora están observando lunares en Zoom. Las escuelas que se mostraban escépticas respecto de los cursos en línea están transmitiendo conferencias. Las oficinas de todo tipo están adoptando completamente el trabajo a distancia. La demanda de compras en línea de abarrotes es abrumadora.
 
La lista es interminable. Los cines han abierto camino completamente a la transmisión en continuo desde casa, y los gimnasios a los videos y los rastreadores de aptitud física. Quizá incluso resucitarán tendencias fallidas de la década de 2010, como la realidad virtual.
 
Si incluso un porcentaje más grande de la economía estadounidense se acumula en Silicon Valley, estos cambios podrían acelerar el mayor peligro que temen los “preparacionistas racionales”: un conflicto social al nivel de una revolución. La desigualdad engendra inestabilidad, argumentan.
 
“Estamos viendo más conciencia”, dijo Ramey. “La clase de los multimillonarios está diciendo: ‘Oigan, ¿saben qué? No podemos seguir haciendo esto. Van a venir por nuestra comida’”.
 
Y así, conforme los catastrofistas urbanos adinerados superan la crisis del coronavirus —quizá con su riqueza intacta o incluso aumentada— están cada vez más conscientes de un nuevo peligro.

c.2020 The New York Times Company

The New York Times

The New York Times es un periódico publicado en la ciudad de Nueva York y cuyo editor es Arthur Gregg Sulzberger, que se distribuye en los Estados Unidos y muchos otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta 2018, el periódico lo ha ganado 125 veces.​