ESMIRNA BARRERA
Lo dice el dramaturgo español Víctor Ruiz: “Uno debe sonreír, aunque nuestra sonrisa sea una sonrisa triste, porque aún más triste que la sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír”

A mi padre…

Dice el Papa Francisco: “Siempre vale la pena sonreír, aunque la prueba por la que estés atravesando parezca insoportable, sonríe. La sonrisa es una poderosa aliada contra la apatía y el miedo, es capaz de iluminar el rostro de quien la recibe y regala esperanzas. Sonríe siempre, aunque el dolor quiera abatirte (…) Sonríele a la vida, sonríele al tiempo y a toda circunstancia, sonríele al mundo y comienza a restar tristezas y sumar felicidad a tus seres amados”.

Muy cierto

“Una sonrisa significa mucho. Enriquece a quien la recibe; sin empobrecer a quien la ofrece. Dura un segundo pero su recuerdo, a veces, nunca se borra”, ciertísima sentencia. La sonrisa es una de las más bellas y vitales expresiones del alma, es una de las maneras como intenta cambiar para bien el mundo, para hacerlo más habitable.

La sonrisa alarga la vida, hay estudios que afirman que esta expresión predice la longevidad;   por ejemplo, la Universidad de Wayne State  investigó a un grupo de beisbolistas de los años cincuenta, encontrando que los jugadores que no sonreían en las fotos analizadas vivieron un promedio de sólo 72.9 años,  mientras que aquellos con sonrisas relucientes vivieron una media de 80 años.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto trabajo sonreír?  Tal vez debido a que navegamos por mares repletos de indiferencia, incredulidad  y desesperanza,  aguas tormentosas que nos impiden mirar  lo bueno que podemos llegar a ser y las maravillas que se hayan a nuestro alrededor,  mares que nos muestran lo que no tenemos y que nos vuelven miopes para comprender lo que la vida a todos cotidianamente nos regala.  

¿Vinagre?

Somos hacedores de cultura, pero hay ocasiones en que aquello que edificamos impide que alcancemos la felicidad y muestra de ello es como ha menguado nuestra natural capacidad de sonreír.

¿Qué nos ha pasado?, ¿Por qué ahora la cultura que hemos construido nos aleja del bienestar genuino?, ¿Por qué tantos medios y tan pocos fines? ¿Por qué abundan los rostros acartonados, rígidos y avinagrados?

No tengo repuestas a estas interrogantes, pero algo me dice que gran parte del problema radica en que hemos dejado de ser creativos porque ignoramos como extraerle a la vida su sentido, su esencia; además, las preocupaciones cotidianas y la perdida de sentido empañan el mismísimo gozo de vivir.

Ver las estrellas

Tal vez nuestra generación ha olvidado que tenemos el compromiso de vivir la existencia a plenitud. Y miren que no soy ingenuo,  sé  que la vida, en muchas ocasiones, nos hace caminar cuesta arriba, por sendas espinosas y dolorosas, pero también reconozco que eso es parte de nuestra naturaleza, si no fuese así seríamos otra cosa, pero no seres humanos.

De hecho, nada es más humano, y nada es más nuestro, que la indigencia,  que padecer ese sufrimiento que calladamente asecha a la vuelta de esquina, nada es más nuestro que resistir infinidad de dolorosas pérdidas, nada es más humano que la incertidumbre.

No existen paraísos sin serpientes, pero a pesar de todo, creo que siempre habrá razones para vivir alegremente, causas que nos ayudan a encontrarle el significado al sufrimiento y a nuestros frecuentes quebrantos, pues si no fuese así, la misma existencia sería un total absurdo. Tal vez por eso Tagore afirmaba  “si lloras porque el sol se ha ocultado, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”.

Lo dice el dramaturgo español Víctor Ruiz: “Uno debe sonreír, aunque nuestra sonrisa sea una sonrisa triste, porque aún más triste que la sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír”.

La vida…

Es necesario desacelerar el ritmo de la vida, es preciso recuperar la capacidad de sonreír, comprendiendo que esta posibilidad nace de la alegría de emprender gustosamente lo que nuestras convicciones individuales reclaman, y esto sucede cuando optamos por mirar más frecuentemente el lado positivo de la vida,  cuando elegimos la serenidad, cuando nos sabemos personas indigentes y sufrientes, pero también poseedoras de la fuerza de trascender a nuestros inevitables dolores; en fin,  cuando aprendemos a  extraerle a la vida su profundo sentido.

Quizá la persona que sabe sonreír es la que ha aprendido a ganar todo sin perder su espíritu, la que ha sabido encontrar la magnificencia, sabiendo que su caminar también debe inducir la alegría de los demás.

Calendario emocional

El que sonríe es esa persona que sabe que nadie le quita nada, es quien tiene buen humor al no tomar tan a pecho los inconvenientes de su propia humanidad, es quien, en lugar de quejarse por lo que no  tiene, agradece a Dios todos los días por el regalo de la vida.

Así, paulatinamente, se gesta la alegría que luego se convierte en el dulce huésped de su alma la cual luego la anima a seguir adelante, fortaleza que a su vez genera gusto por la vida, gusto que se manifiesta mediante su sonrisa. Es un don de las personas que han entendido que las cosas grandes de la vida se encuentran en los pequeños detalles.

La alegría  es una cuestión de actitud, es una decisión personal,  que cada quien la escoge y está presente para quien quiera hacerla suya.

La  sonrisa es la manifestación visible de las personas que optan por vivir la vida con alegría,  que gustan de la convivencia y la comprensión. Es el signo distintivo de quienes saben construir momentos memorables de aparentes insignificancias.

Así pues,  quien se obstina por la dureza encontrará  dureza, quien se aferra por la humildad encontrará perfección, quien busca alegría, dando sonrisas, encontrará la esperanza de un mejor futuro.

No cabe duda que dentro de nosotros habita un desconocido que desea sonreír, ¡dejémoslo ser!  Démosle un calendario emocional  en el cual se pueda apoyar a fin de que transforme la existencia en un tesoro repleto de alegría.

El alma

A propósito, la sonrisa es contagiosa  y la medicina y psicología, la consideran como el mejor medio natural para contrarrestar los efectos dañinos que a la salud ocasionan situaciones negativas como las enfermedades y la alocada vida que acostumbramos llevar.

Sonreír reduce el nivel de las hormonas que incrementan el estrés, además aumenta el nivel de hormonas que levantan el ánimo como la endorfina y reduce la presión sanguínea; es decir,  es una estupenda medicina que no es necesario comprarla en farmacias.

Es necesario convertirnos en artesanos de una civilización fundamentada en el amor, pues sí bien es cierto  que "el alma dura en su amor propio se endurece", también es verdad que el alma plena, generosa, gozosa y llena de significado, expresa su grandeza y la magnitud de su amor mediante una sonrisa humilde,  improvisada, gozosa y profunda,  por eso “la gente que ama mucho sonríe fácilmente. Porque la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a sí mismos. Un amargado jamás sabrá sonreír. Menos un orgulloso.”

A la antigüita

La sonrisa como el amor son cualidades del ser humano, pero necesitamos construirlos pacientemente, percatándonos que ambos son muy escasos porque quizás hemos olvidado que somos precisamente eso: seres humanos acogidos por Dios; por  eso, como lo expresa Martín Descalzo, “en toda sonrisa hay algo de transparencia de Dios, de la gran paz (…) Porque es el signo visible de que nuestra alma está abierta de par en par”.

Sonreír aminora las penas y enaltece nuestra humanidad debido a que es la más barata de las ayudas que podemos dar,  sonreír  nos hace reconocernos como personas y es un hábito de quienes han sabido encontrar el sentido de su personalísima existencia. 

Así pues: empecemos el día con una sonrisa auténtica. Iniciémoslo con el calor de la alegría y permitamos que ésta nos ilumine en nuestros quehaceres y obligaciones. Y así, de paso, vamos a vernos más apacibles y amables, y también mucho más competentes, porque ese es el inmenso poder que ocultan las humildes sonrisas.

En fin, aprendamos a sonreír primero a la “antigüita”, porque ahora el reto es mayor: aprender a  sonreír con los ojos.