Hugo de San Victor, filósofo, maestro y clérigo medieval, dice en su Didascalicon que la exposición de un texto comprende tres elementos: litteram (letra), sensum (sentido) y sententiam (significación).

La letra es la unidad mínima de un texto y una condición necesaria para que este exista. Es decir, no hay texto sin litteram.

El sensum es la correcta escritura de una idea (coherente o incoherente), la cual se consigue mediante la articulación de las letras en forma de palabras y la conformación gramática de las mismas. “Gire la perilla a la derecha” es un texto coherente que posee sensum; “La condensación de un perro es siempre impar” es un texto incoherente que posee sensum.

La sententiam es un mensaje encriptado en el texto, y que, por lo tanto, necesita ser descifrado por nuestra inteligencia o, si ésta no es suficiente, por un especialista. “Por el cielo va la luna con un niño de la mano”. Conociendo el contexto del Romance de la luna —o bien, la reiterativa metáfora de la luna como muerte a lo largo de la obra de Federico García Lorca— sabremos que que el mensaje encriptado es “el niño ha muerto”. De manera que el texto posee, además de  sensum, sententiam.

La teoría hugoniana se refiere a los textos, tanto a los sagrados como a los profanos; podemos hablar, entonces, de una teoría literaria. Ahora bien, ¿es posible llevar la tesis de Hugo al terreno de la creación sonora? Si bien la música, a diferencia de la literatura, no tiene fundamento en el lenguaje, sí posee estructura y carga significante. Tal vez esto baste para realizar el trasplante teórico.

Si el elemento mínimo necesario para conformar un texto es la letra, el de la música vendría a ser el sonido: sonum (para seguir con la latinidad).

El sensum de la música, es decir el sentido, correspondería al balance, estructura y proporción de la obra (lo análogo a la gramática en el texto), así como a la efectividad emotiva inmediata en el oyente (lo análogo al sentido literal en el texto). Para este caso no parece necesario un ajuste de términos. Veamos qué ocurre con la sententiam.

En la Sinfonía Fantástica de Berlioz hay un pasaje en tonalidad menor, de carácter  oscuro, el cual, para un oyente aficionado, posee únicamente sensum. Pero un conocedor del repertorio gregoriano podrá observar que la melodía que utilizó Berlioz es idéntica a la del Dies Irae de la misa de difuntos contenida en el Liber Usualis, lo cual, aplicando la sinécdoque, constituye una referencia clara a la muerte. De modo que en este pasaje de Berlioz está operando también la sententiam, pues más allá de su sentido se esconde un significado que un intérprete capacitado habrá de desvelar.

Al parecer, la idea de ajustar la teoría tripartita de la exposición textual de Hugo de San Victor al ámbito de las estructuras sonoras no resulta descabellada, por lo menos en la aplicación de sus principios elementales. Me pregunto si la danza, el teatro, la plástica, el cine o la pintura pueden ceñirse también a estos postulados. A falta de espacio, dejo la reflexión en las manos de su curiosidad.