De ponerse sobre alerta con el fenómeno meteorológico ocurrido la semana pasada. Los pronósticos sí iban en el sentido de la lluvia que se avecinaba, pero muy pocos imaginarían sus características. Así, quienes son asiduos a este tipo de información a través de las redes sociales, los medios de comunicación y en general demás plataformas de Internet, sabían –o por lo menos estaban cerca de prever– que el viernes pasado se desataría un temporal.

La mañana se presentó con una temperatura fresca. A diferencia de otros días, en la atmósfera se respiraba un viento menos cálido que el de los días anteriores inmediatos. No terminaba de calentar el Sol. En las primeras horas deslumbraba una brillantez poco usual.

Había nubes que impedían el paso de los rayos solares, pero aun así la intensidad era tal que la luminosidad en el ambiente dificultaba la vista.

Poco a poco, de deslumbrante, de brillante, se fue tornando paulatinamente a una ambientación extrañamente oscura. Un cielo encapotado, con reverberación rojiza. “Como amenaza lluvia, se ha vuelto morena la tarde que era rubia”, diría Carlos Pellicer. Y lo moreno de la tarde se fue acentuando conforme pasaron los minutos, hasta que aquello que cargaban las nubes se vino abajo con estentóreo estrépito.

Incesantemente, una a una, cayeron a lo largo y ancho de la ciudad miles y miles de nada diminutas piezas de granizo: esferas de hielo que, según las imágenes de quienes se lanzaron sobre ellas, cabían en buena parte de la palma de la mano.

La ciudad, de sorprendida, a paralizada. En autos, hogares y, horror, al pie de las construcciones en donde tocó estar en ese momento, el salvaje estruendo dio lugar a uno de los sentimientos más primitivos de los seres vivos: el miedo.

Imaginar cómo, a pesar de los millones de años pasados, nos conectamos con los primeros habitantes de estas tierras en una sensación de temor ante el embate de la Naturaleza. Metidos en sus cuevas, lo mismo ellos que nosotros, experimentando el miedo ante lo desconocido.

La tarde se volvió el caos ya registrado: parálisis en el tráfico vehicular; intermitencias en la conexión eléctrica, y las alfombras de hojas caídas de los árboles, muchos de ellos, añadiendo su carga de fruta de temporada.

Llegó la normalidad, se clareó la atmósfera y se restablecieron en general las condiciones con que opera usualmente la ciudad. Pero nos queda una y otras reflexiones.

Una de ellas, la inmediata acción de resguardo. ¿Qué hacer en este tipo de condiciones en cuanto nos pilla en medio del tráfico? ¿Cómo preparar, cómo tener preparada a la ciudad y las casas ante fenómenos de naturaleza como este? Las alcantarillas de la ciudad son las primeras en las que hay que pensar siempre, mantener limpia la ciudad es una de las necesidades primordiales, lo mismo que en los propios hogares. La desconexión de aparatos eléctricos y la protección en los lugares más seguros del hogar.

Quizá sea una coyuntura como la ocurrida la que nos haga reflexionar en torno a las construcciones que se caen de viejas en el centro histórico. Muchas de ellas no necesitan de otra ayuda como la ocurrida para venirse abajo. Están al punto del desplome y muchas sobre las cabezas de los caminantes de calles como Pérez Treviño y Aldama u Obregón. Ya no solo se trata del mal aspecto que ofrecen, además pueden resultar muy peligrosas si se añaden condiciones meteorológicas como las experimentadas el viernes.

UNA BOLSA NEGRA DE BASURA

Mal aspecto, sí, hablando de las construcciones del primer cuadro de la ciudad, es una bolsa negra que ondea desde uno de los edificios más bellos y raramente conservados de Saltillo en su conjunto. Se trata del edificio donde se ubica el otrora llamado Teatro García Carrillo, hoy Centro Cultural Teatro García Carrillo.

Una ventana de ese hermoso edificio, no perteneciente al Teatro, pero que también da a la calle Aldama, está cubierta ¡por una bolsa de basura negra! en lugar de un cristal. En otras ventanas, ni bolsa ni cristal.

Saltillenses y visitantes que ascienden sobre la calle Ignacio Allende, alzan la vista y se la topan naturalmente, notando con ello el deplorable aspecto del edificio y la desidia de sus moradores.