Lord Feebledick regresó a su finca rural después de la cacería de la zorra. Venía mohíno, pues su fiel caballo Thunder le fue infiel. En vez de ir tras la zorra, según los cánones ordenan, fue tras la yegua de Miss Highrump con intención evidente de erotismo. Eso causó la hilaridad de los demás jinetes. Entró a su recámara el señor y lo que vio aumentó su enojo: lady Loosebloomers, su esposa, estaba en el lecho conyugal entrepernada con Wellh Ung, el toroso mancebo encargado de la cría de los faisanes. Bufó lord Feebledick varios juramentos, unos aprendidos en Eton, los demás en sus campañas de la India, y tras reprender severamente a Ung por descuidar sus deberes laborales fue a su estudio; llamó a Pricko, el mayordomo, y le pidió que le sirviera un vaso grande de whiskey, sin hielo ni agua, sino así, directo. Inquirió el criado, a quien sorprendió tan inusual demanda: “¿Le sucede algo al señor?”. Respondió, sombrío, lord Feebledick: “Mi mujer me es infiel”. “¡No es posible! –se indignó el mayordomo–. Entiendo que la señora engañe a milord, pero ¿a mí?”… En la discusión sobre el aborto hay quienes están en favor de que la mujer decida sobre su propio cuerpo y hay quienes están en contra de eso. Yo estoy en favor de lo primero. Creo que la mujer tiene el derecho de decidir lo que hace con su cuerpo. Con su cuerpo, dije, no con el cuerpo de otro. Sucede que, tanto desde el punto de vista biológico como jurídico y moral, desde el momento mismo de la concepción existe ya un ser nuevo, distinto de la persona de quien lo engendró y de quien lo concibió. Es decir, existe otro cuerpo diferente de aquél en que se está desarrollando, aunque dependa de él. El gameto femenino, fecundado, constituye un nuevo individuo, y es por lo tanto un cuerpo nuevo, microscópico, si se quiere, en las primeras horas, pequeño en los siguientes días y semanas, pero ya con todos los elementos de un ser individual, como se mostrará en los meses finales del embarazo. El hecho de que ese cuerpo no esté desarrollado plenamente como tal, ¿autoriza a confundirlo con una simple excrecencia brotada en el cuerpo de la madre, excrecencia de la cual ésta se puede deshacer como se quita un grano? Pensar eso es suponer que se puede matar también a un recién nacido porque no ha alcanzado el total desarrollo de un adulto. La definición formal de la palabra “cuerpo” afirma que cuerpo es, “en el hombre y en los animales, la materia orgánica que constituye sus diferentes partes”. Tras la fecundación existe ya esa materia orgánica que tiene en sí, en potencia, todas las diferentes partes que constituyen un cuerpo. Nada habrá en él –nada puede haber– que no haya estado ahí desde el principio. Es pues el óvulo fecundado un cuerpo con pleno valor individual, distinto del cuerpo de la madre, aunque esté íntimamente unido a él. Ese cuerpo es tan respetable y tan digno de protección y de cuidados como el cuerpo de quien lo concibió. Los partidarios del aborto reclaman el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Pero, ¿es su propio cuerpo lo que aborta una mujer que aborta?... La señora dio a luz. El tocólogo que la atendió le dijo: “Debo hacer de su conocimiento que su hijo nació hermafrodita”. “¿Qué es eso?” –preguntó inquieta la mujer. Respondió el facultativo: “El bebé presenta al mismo tiempo características de hombre y de mujer”. “¿Cómo? –exclamó la señora–. ¿Quiere eso decir que tiene pene y cerebro?”… Babalucas fue a una tlapalería y le dijo al dueño que en su casa tenía una plaga de ratones. El hombre le entregó una caja con unos polvos blancos. Le dijo: “Póngaselos en el agujero”. Replicó el badulaque, receloso: “¿Y en qué afectará a los ratones el hecho de que me los ponga ahí?”… Un tipo le preguntó a otro: “¿Es cierto que Menegilda Pompisdá es medio ligera?”. “¿Medio? –replicó el otro–. ¿Qué la partieron a la mitad?”… FIN.