No soy experto en urbanismo ni transporte público, tampoco pretendo serlo. Hay temas que nos pasan de noche y, hasta que nos afectan, ni siquiera volteamos a verlos. Uno de ellos –para mí– es la forma en que nos trasladamos de un sitio a otro. Pero soy un ciudadano y crítico desde mi trinchera. Creo que los gobiernos existen y debieran estar organizados para velar por el bienestar de la sociedad y administrar bien los impuestos; para ello se les paga.

Me gusta mucho la Ciudad de México, de clase media para arriba, ofrece todo lo necesario para vivir y más. En particular echo en falta la permanente y variada oferta cultural que puede ofrecer a las familias; pero el caótico tráfico la hace invivible. Las grandes urbes y ciudades medias comparten ese problema que, todo indica, seguirá agravándose. En Monterrey sucede exactamente lo mismo. Escucho críticas similares sobre Guadalajara, Tijuana y Ciudad Juárez. La zona metropolitana de la Ciudad de México se ha convertido en una mancha urbana, extensa e imparable donde millones de personas emplean, sus días laborables, hasta cuatro horas para trasladarse de su casa al trabajo y viceversa.

Hace algunos meses visité Los Ángeles. La emblemática ciudad de California, la quinta economía del mundo. Ni uno sólo de sus trayectos estuvo libre de tráfico, constante y permanente. Además daba la impresión de infraestructura vieja. Houston y Dallas disponen de la bonanza económica texana, carretadas de dinero. Los complejos pasos a desnivel con sus enormes circuitos constituyen toda una experiencia. Año con año construyen más y más vías, algunas de cuota, todo para su majestad, el automóvil.

Existe un principio de los urbanistas según el cual, mientras más vías rápidas construyas, más automóviles aparecerán para embotellarlas. Por eso se sigue llenando, las horas picos son agotadoras y frustrantes. Que no deje de avanzar la masa de vehículos es consuelo de tontos.

Conducir de San Antonio a Austin y después a Dallas, ya es en un recorrido urbano en compañía de un transporte de carga denso e intenso, riesgoso y fatigante. La única diferencia entre la interestatal 5 de California y la 35 de Texas es el oropel que prestan a ésta los dólares del petróleo texano; en el fondo la experiencia es la misma.

Las ciudades medias siguen el mismo ejemplo de manera puntual. El transporte público no tiene espacio, utilizarlo es lento y complicado. San Antonio se encuentra en construcción, cada nuevo embotellamiento origina un nuevo puente, distribuidor vial o paso a desnivel que liberan el tráfico por un tiempo, tarde o temprano, el embotellamiento se vuelve a presentar, corregido y aumentado. Así lo señaló Lewis Mumford, historiador, filósofo y sociólogo estadounidense, estudioso de las ciudades y de la arquitectura urbana: “Añadir carriles para remediar la congestión vehicular es como aflojar el cinturón para solucionar el sobrepeso”.

En México seguimos el mismo patrón. Las ciudades medias están alineando su presente y su futuro a los errores ya cometidos por las grandes ciudades. Sin duda existe mucha corrupción y lucha de poder en el proceso de desarrollo urbano, pero también existe gran ignorancia y desinterés de políticos y desarrolladores. ¿Para qué recurrir a expertos que conocen soluciones? El asunto es especular. León, Querétaro, Saltillo, Hermosillo y Tijuana. Son las grandes urbes en expansión. Viajar por los caminos de Guanajuato, en pleno boom económico, es más de lo mismo. Tráfico y más tráfico. Un domingo hice un recorrido de Silao al centro, primero fui a misa y después a una de las catedrales del consumismo: el mall. Por todos lados plazas comerciales, pequeñas, medianas y grandes, todas ofrecen lo mismo. Las calles chochean, pero no hay forma de repararlas. Su majestad, el automóvil, no para de multiplicarse.

Finalmente tenemos las ciudades de tercera generación. Piedras Negras es un ejemplo, no importa de qué calle se trate, si está o no alumbrada. El caos es absoluto. Pero ¡qué le hace!, el Estado de la mano del alcalde anunciaron ya el mejoramiento de las avenidas. No hay recursos para abrir nuevas vialidades, aunque no lo crea es una buena noticia, constituye la última oportunidad de salvar del gigantismo a este tipo de ciudades. Ganarle la partida al automóvil, en favor de una convivencia más humana y solidaria. 

La historia se repite en otras latitudes. De paso por Monclova o Ciudad Acuña podemos comprobar que a su majestad, el automóvil, le gusta el color gris y le incomoda el verde. Suele invadir y apropiarse de todo, calles, banquetas, camellones, estacionamientos y áreas verdes. Eso sí, de un tiempo a esta parte, las redes sociales y el celular hacen más tolerable el tráfico. Nos estamos mal acostumbrando.

@chuyramirezr
Jesús Ramírez Rangel
Rebasando por la Derecha