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Venerado por sus seguidores como si se tratara de un santo milagroso, El Divo de Juárez hizo vibrar al Auditorio Nacional en 2008; te presentamos nuestra crónica de aquel memorable concierto en el que VANGUARDIA estuvo presente

CIUDAD DE MÉXICO.- Con letras atropelladas por la angustia y con una leve ronquera de tanto cantar, Juan Gabriel subió al escenario y ofreció mas de 50 horas de música a los casi 200 mil espectadores que hicieron peregrinación durante tres semanas, para ser testigos presenciales de la obra de un compositor que ha sido colocado en el altar en donde reinan solitarios José Alfredo Jiménez y Agustín Lara.

La historia parece sencilla pero no lo es. Una casa de adobe en una polvorienta calle en Parácuaro, Michoacán lo vio nacer en 1950. Juan Gabriel, el menor de diez hermanos, presenció la locura y luego la desaparición de su padre, quien al prenderle fuego a un pastizal para poder sembrar, incendió accidentalmente varias propiedades. Su madre, trabajadora doméstica, viajó a Ciudad Juárez, en donde lo internó en un Centro de Mejoramiento Infantil, del cual escaparía para dedicarse a lavar carros.

Hasta ahí la biografía de quien parecía tener todo en su contra, pero que a los trece años aprendió a tocar guitarra en el internado y compuso “La Muerte del Palomo”: sin saberlo empezaría una carrera que lo llevaría a convertirse en lo que es ahora.

Hoy, cuando tiene 58 años y celebra 38 de carrera ininterrumpida, su historia es distinta. Y es que con un repertorio que rebasa las mil canciones, muchas de las cuales han sido interpretadas en más de 15 idiomas, más de 45 discos, 100  millones de copias vendidas y récord de asistencia en sus conciertos por el mundo, es difícil encontrar en el país a una persona que no haya cantado, tarareado o por lo menos escuchado una canción suya.
No cabe duda que sin música la vida sería un error, y Juan Gabriel ha contribuido para que este error no se propague. En México basta con encender la radio, en donde se presume que cada 40 segundos se escucha una canción suya.

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Pero hay quienes no se conforman con la radio o los discos y prefieren presenciar el fenómeno en vivo y así constatar una serie de mitos que se han tejido alrededor de un artista sumamente venerado.

Sin embargo, están los que no creen en los poderes sanadores que le atribuye su grey y asisten con cierta incredulidad a sus conciertos para comprobar ciertos rumores: que si sus presentaciones duran más de tres horas, que si los hombres terminan con la corbata amarrada en la cabeza imitando sus pasos, que si las mujeres se desgarran la garganta en cada tema, que si padres e hijos olvidan la brecha generacional y cantan juntos, que si el llanto es una constante cuando interpreta “Amor Eterno”, si los celulares se abren despechados cuando empiezan los acordes de “La Farsante”, y finalmente que si alguna celebridad se encuentra sentado en las primeras filas. 
Aunque no hay notario de por medio, quienes salen de sus recitales aseguran que todo es verdad. Habrá quien lo llame fanatismo, lo cierto es que el culto a “Juanga” se desborda cuando pone un pie en el escenario.

Y es ahí en donde todas las miradas confluyen. Las 10 mil personas que asistieron al noveno concierto en el Auditorio Nacional están a la expectativa. Hasta que de pronto, el primer lamento de la noche anuncia su llegada: “Este caso en realidad es de vida o muerte, necesito un amor urgentemente, ¡ay quítenme esta soledad!”.
Con el drama instalado en el lugar, el interprete por fin aparece arropado por los acordes que acompañan sus “Lágrimas tristes” y aunque no ha pronunciado palabra, el público ya está de pie recibiéndolo con una ovación.
Partiendo plaza, el matador camina con donaire, con la seguridad que le da un lugar rendido a sus pies. El repertorio promete una corrida inolvidable, dirigida por un hombre ataviado con un peculiar traje de luces color lila, zapatos del mismo tono y camisa blanca abotonada hasta el cuello. El cantante no trae corbata, pero sí un nudo en la garganta que pronto deja salir: “Que me gano yo con llorar, si a ti no te importa”.

Dos pantallas gigantes muestran un acercamiento a su rostro, el cual revela algo de coquetería: tenue sombra en los ojos, maquillaje en las mejillas y labios ligeramente brillosos. No obstante, Juan Gabriel asegura que de una chica está enamorado, pero nunca le hablado por temor. El estribillo de “No se ha dado cuenta” da pie a que el primer coro de la noche lo acompañe en su dilema amoroso.

Pero el tema que acciona los resortes escondidos de las butacas y pone a todos a bailar es “Adorable mentirosa”. A ritmo de banda, “Juanga” deja atrás el tono lastimero y se pone lúdico, picante, se levanta el pantalón y los silbidos no se hacen esperar: “Si tú, y si tú, si tú me tratas muy bien/ y no eres más mentirosa/voy a darte un día una cosa/ que te va a poner feliz”, es la primera banderilla de la noche y para celebrarla lanza un beso que enloquece a los asistentes.

No cabe duda que el cantante ha conseguido algo inaudito: echarse a la bolsa a un país machista y homófobo que está dispuesto a pagar para irlo a escuchar. En sus presentaciones no falta aquél que, llevado por la emoción, canta sobre las butacas y al saberse observado, le grita “Chiquitita” para refrendar su hombría.

‘A chillidos de marrano, oídos de chicharronero’, dijo en una de sus presentaciones el cantante, quien provocativo y con suave movimiento de cadera, se dirige a una mesa de donde toma su copa de whisky y con una sonrisa franca dice: “Salud”, ese es su saludo de buenas noches.

Y es que sólo la embriaguez permitiría  soportar lo que viene: un angustioso pero disfrutable repertorio en donde la euforia y la celebración son precedidas por la desgracia, el despecho y los días grises, esos por donde deambula con soltura, no sólo el cantante, sino un público que lo respalda con sus gritos cuando entona “Mañana”: “Gracias, amores por cantar mis canciones. Si se las saben, cántenlas; si no, apréndanselas o súbanlas al YouTube”, comentó.

Los sacos se aburren en las butacas, las corbatas se deshacen del nudo, la señora Zoila acompañada de hijos y nietos se las sabe todas, presume su maestría y no deja de hacer coros, hasta que de pronto, todos coinciden en un grito que se convierte en la mejor introducción para “La diferencia”.

Y viene la revancha de los pocos que permanecían callados, es hora de ahogar las penas con una canción que se lleva en la memoria, que tiene como destinatario a quienes malgastan el amor, a los que llegaron demasiado tarde y aún así, deciden entregarse, a los que el único mal que han cometido es querer, a los que despiertan solos: “Que daño puedo hacerte con quererte/si no me quieres tú, yo lo comprendo/perfectamente sé, que no nací yo para ti/pero que puedo hacer, si ya te quiero”.

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‘El corazón tiene razones que la razón desconoce’, es lo que quiere decir el cantante, quien da una vuelta de tuerca a su adolorido repertorio y entrega el carpe diem: “Que bello es vivir”.

Pero con Juan Gabriel es tan corto el amor y tan largo el olvido. A través de “Cariño mío” se despide de eso que no pudo ser: “horrible es terminar la vida en soledad”, canción que sirve de preámbulo al otro amor que se le fue, al amor eterno, a la canción que  se ha convertido en el testamento de una nación, en obligada despedida.

Pero lo que anunciaba un drama seguro, se convirtió en risas cuando el cantante invitó al escenario a una tal “Allison”. “¿Dónde está esta muchacha?”, preguntaba el divo, quien al enterarse que no se trataba de una cantante sino de un grupo de rock integrado por cuatro hombres, dijo: “para que vean lo bien enterado que estoy”.

Los acordes de un contradictorio happy punk se dejan escuchar y el cantante recibe con los brazos abiertos a sus invitados, como lo haría también en sus otros conciertos con Maldita Vecindad, Ely Guerra, Vicentico, Aleks Syntek, Playa Limbo, Café Tacvba y Pambo, entre otros.

Para enterrar el sonido distorsionado, en los pasillos del ‘Coloso de Reforma’ aparecen 72 mariachis para  respaldar los gritos desgarrados de quien sigue en la misma ciudad y con la misma gente. El cantante entregó “Se me olvidó otra vez” y la respuesta fue inmediata: “que sólo yo te quise”. 

Y fue así, con un ejemplo de lo mejor que ha entregado su pluma, como el compositor se atrevió a llamar sobre el escenario al poeta mayor. En el repertorio de quien quiera echarse al público a la bolsa, no pueden faltar las etílicas letras del hijo del pueblo, y eso lo tiene claro uno de sus alumnos más avanzados: “Si vamos a hablar de canciones, hablemos de José Alfredo”, dijo para arrancar con un momento entrañable.

Desde el más allá, José Alfredo brinda por su “Paloma querida” y aunque no sabe cuánto vale la vida, hoy se la viene a entregar. El Auditorio, que bajo la tutela de “Juanga” recibió su dosis de desamor, con la rienda suelta, grita y se recupera: “que bonito amor, que bonito cielo, que bonito sol”.

Mientras un grupo de amigos cantan eufóricos, uno de ellos saca su celular y le roba la palabra al cantante: “Solamente la mano de Dios podrá separarnos, nuestro amor es más grande que todas las cosas del mundo”, dice el mensaje y oprime la tecla “send” para convertir a José Alfredo en mensajero y reconciliador.

“Vámonos” se convierte en la despedida perfecta para quien le robó reflectores al “Divo de Juárez”, el cual entona desde los más profundo una canción que le llega: “Vámonos, alejados del mundo, donde no haya justicia, ni leyes, ni nada, nomás nuestro amor”.

Para no quedarse atrás, Alberto Aguilera Valadez saca de lo mejor de su repertorio “Hasta que te conocí”, los aplausos no disminuyen, porque él también sabe dar con certeza en el centro del corazón.

Con “Abrázame nuy fuerte” se interna en un tema pantanoso abordado por la filosofía y la literatura: el tiempo, ese invento de Satanás. Y así comparte la experiencia angustiosa de la brevedad de la vida.

Y es que con su música, Juan Gabriel ha roto todo tipo de fronteras y se ha metido, no sólo hasta la cocina de la periferia, sino también se ha colado en las zonas exclusivas, en donde también de dolor se canta y en aquellos lugares reservados para la alta cultura. Sus composiciones no discriminan y gracias a ellas pisó el Palacio de Bellas Artes.

Tampoco es una casualidad que sea materia de estudio para Carlos Monsiváis, quien le realiza un certero perfil en su libro de ensayos “Escenas de pudor y liviandad” en donde asegura: “El caso de Juan Gabriel es semejante al del escritor Salvador Novo. A los dos una sociedad los eligió para encumbrarlos a través del linchamiento verbal y la admiración”. 

“Yo quisiera pintar como Juan Gabriel”, declaró al ser abordado por Semanario, Daniel Lezama, uno de los pintores  contemporáneos más cotizados y prometedores del país. Y es que en su obra “La gran Noche Mexicana”, en donde intenta plasmar la laberíntica identidad del país, aparece el cantante como figura central: “Lo escogí porque Juan Gabriel es el único que puede fungir como maestro de ceremonias de un país, porque es el alma de la fiesta y la fiesta es México”, aseguró el artista quien ya  tenía en las manos los boletos del último de los conciertos que ofrecería el cantante: “Cuando lo ves en vivo es un delirio, no se cómo puede tener esa energía, es pasión con el público, esa humildad monstruosa, es un artista ejemplar, está cabrón, es el mejor”, aseguró.

‘Yo quiero ser una chica Almodóvar’ canta al otro lado del océano Joaquín Sabina, pero en México, al que todas quieren es a otro. Es por eso que mientras termina su canción Juan Gabriel aparece en las pantallas abrazando a Lola Beltrán, María Félix, Lucha Villa, Katy Jurado, Isabel Pantoja, Rocío Durcal y muchos amigos más.
Y para seguir echándole sal a la herida, toca el turno de homenajear a una de las más populares intérpretes de Juan Gabriel, gracias al cual se ganó el título de la española más mexicana: Rocío Durcal.

La imagen de la cantante inunda el recinto, las pantallas la muestran bailando con el cable de su micrófono, dándole vuelo a la cauda de su vestido, levantando su mano y regresándola mientras la tuerce en el aire con un toque de flamenco, su carisma es incuestionable, su voz, que brilla más que su vestido, lleva el repertorio del cantante hacia lugares insospechados.

Juan Gabriel no deja mirarla, no pronuncia palabra alguna, sólo toma el micrófono y entona a solas un tema que tantas veces cantó junto a ella. La letra de “Tarde” empieza con sabor a reproche: “Hoy que te hago tanta falta, ya es muy tarde”, parece reclamar ella desde arriba, desde las pantallas que la muestran en el mejor de sus momentos.

Las peticiones no cesan y cuando empieza la siguiente, los coros suenan con tanta potencia que ocultan por momentos el tono nostálgico del cantante: “Que vives solo, triste y angustiado…”, es cantada a todo pulmón por la multitud, que toma un respiro para seguir con las próximas: “Quédate conmigo esta noche”… “no lastimes más mi corazón…” “pero que yo te olvide no es tan fácil…”.

Todos ovacionan el homenaje y celebran una amistad que rindió suculentos frutos, una intensa colaboración que dejó grabada en la memoria colectiva un compendio de temas que son repetidos como himnos.
Van casi tres horas de concierto y el cantante no para: “¿Están cansados?”, pregunta sarcástico antes de interpretar una de sus canciones más traducidas: “No tengo dinero”, la cual es cantada en japonés por el reggaetonero venezolano Enzo.

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Juan Gabriel, que anunció que para esta serie de conciertos se había reinventado, se contorsiona, agita su cabello, mueve con destreza los hombros, practica un streap tease, contesta rapeando, improvisa y no para de bailar.

Luego, hace un alto para ofrecer el mejor toro de la noche a quienes le han dado la materia prima y han colaborado para construir lo mejor de su elenco: los amores difíciles, a quienes dedica: “No vale la pena” y “Así fue”.
Casi al término de su presentación se entienden muchas cosas: por qué la calle donde nació lleva su nombre y una estatua con su figura fue develada en la plaza principal de Parácuaro, por qué tiene una estrella en el Paseo de la Fama en Hollywood y numerosas nominaciones a los premios Grammy, por qué el Palacio de Bellas Artes le abrió las puertas, incluso se entiende por qué sería más rápido enumerar a los artistas que no hayan grabado un tema suyo, por qué una televisora fracasó en su intento de veto y por qué se le perdona su abierta filiación partidista: Juan Gabriel con su música se ha convertido en el cómplice sentimental de un país con una enorme vocación por el melodrama.

El final es inminente. Aún se escucha un coro que no suelta el “Perdona si te hago llorar…”, cuando los mariachis inundan el escenario para convertir al auditorio en un lugar de ambiente. El “Noa Noa” se convierte en algarabía, en fiesta, en batucada, en destape, en declaración de principios, se trata de la canción con la que el cantante se libera y lo dice todo.
 
Con ella sale en hombros, los pañuelos en el aire, la plaza está eufórica y él, sin necesidad de mancharse las manos de sangre, ofrece la estocada final y se lleva en las manos rabo, orejas y el cariño de un público devoto que le reza en las noches de parranda. Definitivamente lo que se ve no se pregunta: Juan Gabriel es fenomenal.