“Con apostólico celo / y católico fervor / le suplico a Monseñor: / ¡usted no se pinte el pelo!”. Esa intencionada cuarteta se le ocurrió a la prima Celia Rima, versificadora de fin de semana, para comentar la designación de don Carlos Aguiar Retes como sucesor de Norberto Rivera Carrera en el cargo de Arzobispo Primado de México. La insólita costumbre de teñirse el cabello, cosa que en un clérigo se antoja reprensible vanidad, fue uno de los motivos, entre otros de mayor entidad y sustancia, que le enajenaron al Cardenal saliente la simpatía de innumerables feligreses. Tal frivolidad, que a juicio de muchos era impropia de un prelado de su elevada altura y condición, me hacía recordar a mi querida tía Adela, hermana de mi madre, que al igual que todas las Aguirre era dueña de ingenioso genio y de genial ingenio. Había en Saltillo un sacerdote que en vano trataba de cubrir con una peluca su unánime calvicie. Y comentaba la tía Adela: “A mí no me den por bueno a un cura que usa bisoñé”. Severo era su dicho, pues el presbítero poseía excelentes cualidades que su tupé no alcanzaba a ocultar, pero aun así la expresión de mi tía daba voz a la extrañeza de los fieles por esa muestra de mundanidad. Pero vayamos a lo sustancial. La cerrada defensa que don Norberto hizo de “los derechos humanos y divinos de mi madre la Iglesia” lo llevó, no pocas veces, a vulnerar los derechos divinos y humanos de sus hijos –los de la Iglesia, digo –, y a entrar en oposición con los nuevos tiempos y con lo que piden la caridad y la justicia. De ahí los señalamientos que se le hicieron de proteger a curas acusados de pederastia; de ahí su extrema posición conservadora en temas tales como los derechos de la mujer y de las personas homosexuales. Tarea urgente del nuevo dignatario habrá de ser, entonces, recuperar el prestigio del Arzobispado; acercarse más al pueblo que a los poderosos; ser un fiel intérprete del Papa, cuya actitud llana y sencilla y cuyos llamados a la misericordia distan mucho de las posiciones dogmáticas, y aun atrabiliarias, de algunos jerarcas mexicanos. 

Seguramente el nuevo Arzobispo Primado conoce la entrañable figura de un insigne antecesor suyo, don Luis María Martínez, de felicísima memoria. Su sencillez y prudencia; su sabio conocimiento de las cosas del cielo y de la tierra; el afecto que con su bondad y amable trato –y también con su travieso humor– se ganó lo mismo entre los potentados que entre los humildes, le servirán de luminoso ejemplo en su labor, que deseamos sea fecunda en frutos de bien para la Iglesia y para México… El padre Arsilio preguntó a los fieles: “¿A quién de ustedes le gusta el pecado? Póngase de pie aquél a quien el pecado le guste”. Todos permanecieron sentados, menos Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, que se levantó. (Afrodisio, no la carne). 

El buen sacerdote le preguntó, asombrado: “¿Cómo es eso, hijo? ¿Te gusta a ti el pecado?”. “Ah, perdone, padrecito –se disculpó Pitongo–. Yo oí ‘el pescado’. Pero, bueno, de cualquier modo me quedaré de pie. El pecado también me gusta bastante”… Llena de angustia la tortuga le preguntó al veterinario: “Dígame la verdad, doctor. ¿Cuántos años me quedan de vida? ¿Cien? 

¿Doscientos?”… En casa de doña Panoplia de Altopedo se conservaba la costumbre navideña de besar a las jóvenes que se pusieran bajo la guirnalda hecha de muérdago, planta distintiva de la temporada. Don Sinople, el esposo de doña Panoplia, le dijo a Babalucas: “¿Verdad que es muy agradable besar a una chica en el muérdago?”. “Es cierto –confirmó el badulaque–. Pero para eso se necesita tener mucha confianza con ella, y que no se escandalice porque se le besa ahí”… FIN.