Melanie Griffith. Foto: Tomada de Internet
“Lo que sucede es que cuando cirugías, tratamientos, sustancias y otros trucos para lucir más joven, se usan en exceso, el efecto es exactamente el contrario al deseado.”
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La actriz norteamericana Melanie Griffith nació el 9 de agosto de 1958, así que justo tiene 58 años cumplidos. Curiosamente, a pesar de haber trabajado con las más grandes estrellas de Hollywood y por más de cuarenta años, no podría decirse que ella haya logrado convertirse en una leyenda inmortal de su generación. Melanie, nacida justo el mismo año que Madonna, Ellen DeGeneres, Sharon Stone y Michelle Pfeiffer, se ha mantenido en ese extraño lugar en el que habitan aquellos que son muy famosos pero no son grandes figuras inolvidables y consagradas.
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La verdad es que Melanie tuvo un lugar muy privilegiado y muchas ventajas desde su primer día de vida. Hija de Tippi Hedren, una de las actrices fetiche y gran obsesión de Alfred Hitchcock quien poseía una abrumadora belleza según los estándares más clásicos del siglo XX, la Griffith siempre tuvo los contactos correctos para hacer una gran carrera en el mundo del espectáculo internacional. ¡Y vaya que se empeñó en hacerlo desde muy temprana edad! Para los once años de edad ya había aparecido en un montón de comerciales y actuado como extra en diferentes producciones. En 1975 tuvo su primera gran oportunidad en la película Night Moves en la que hizo escenas muy intensas a los 17 años de edad.
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Siguió trabajando en distintas películas hasta que en 1988 protagonizó junto a Harrison Ford y Sigourney Weaver la cinta Working Girl que en Latinoamérica conocimos como Secretaria ejecutiva por la que incluso llegó a estar nominada a un premio Óscar. Sin embargo, quizá uno de los principales problemas a los que Melanie Griffith se enfrentó fue a su propia inseguridad. En un mundo donde la apariencia física es sumamente importante para destacar como actriz hollywoodense y siendo hija de una mujer que fue considerada una belleza icónica, debió haber sido muy difícil para ella sentirse cómoda con ella misma.
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Y tenemos varias razones para confirmar esta teoría. Debido a la imagen que tuvieron los personajes que hizo en su juventud, Melanie nunca en su vida lució particularmente joven o como una adolescente. Por lo menos en las producciones que le dieron fama internacional. Por ejemplo, en Working Girl aparece con unos trajes sastre de hombreras tan monumentales y corte tan severo, coronada por el típico peinado esponjado y estridente de los años 80 del siglo pasado, que parece una señora amargada y enojona cuando en la vida real ella era ¡la jovencita de la película!
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Ese tipo de imagen, aunado al hecho de que no fue nunca tan esquelética como su madre, debió haberle hecho sentir mucha inseguridad a Melanie. La prueba esta en que ahora, ya casi llegando a los 60 años de edad, usa una cabellera sedosa y juvenil, mientras se pasea por todos lados con jeans, vestuario llamativo y prendas muy a la moda que sientan mejor en muchachas veinteañeras. Además, pasó por un escalofriante período en el que usó y abusó de todos los procedimientos estéticos que encontró para intentar devolver a su rostro la frescura de los primeros años. Ya en la recta final de su matrimonio con Antonio Banderas, Melanie parecía la tía llamativa del actor español.
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Lo que sucede es que cuando cirugías, tratamientos, sustancias y otros trucos para lucir más joven, se usan en exceso, el efecto es exactamente el contrario al deseado. Las personas empiezan a lucir tan tensas y artificiales que la frescura y naturalidad de la juventud termina por desaparecer completamente. En una entrevista otrogada hace unos días, Melanie Griffith aseguró que estaba muy arrepentida por todo lo que se había hecho en el rostro y que acudió con un médico muy famosos para “deshacer muchas operaciones del pasado. Afortundadamente, parezco mucho más normal ahora.”
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¿Ah, sí? ¿Ahora luces mucho más normal? Ese tipo de comentarios son como los que hacen aquellos que publican miles de fotos mientras están en el gimnasio: “¡A darle, que un cuerpazo no es gratis!” “Ya sé que el camino es largo, pero ¡vamos bien!” como para que todos les den la razón. ¡Esto es como obligar a los demás a emitir halagos para uno! Por piedad. Otra de las pruebas que tenemos para saber que Melanie no es feliz con ella misma es la adicción a las drogas y al alcohol que ha combatido desde hace muchos años. Pobre niña rica atrapada en el cuerpo de una señora sexagenaria, cansada y enojada con su destino.

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